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Víctor Arrogante
 

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TauromaquiA

 
La tienta

Se aprende mas en una tarde de tentaderos que en una feria entera. Me refiero a una tienta seria con un torero sabio que no tiene porqué ser un figura. A ser posible retirado, con esa madurez reposada de los toreros viejos que estudian la reacción de la vaca antes de dar un paso o un pase. Recuerdo una mañana de agosto donde solo estábamos en la plaza Manolo Escudero, el vaquero y yo. Retentamos unas vacas viejas cuando compramos una parte de la ganadería de Paco Belmonte de Carlos Núñez, cuando tener Núñez era un sueño de cualquier ganadero; y yo tarde un mes en deshacerme de esas vacas conservando solo dos por el simple detalle de ser coloradas. Porque teniendo lo bravo de Arranz no iba a caer en la estupidez de quedarme con una ganadería “de moda” cuando las modas son algo tan pasajero que a estas alturas de los innumerables ganaderos que compraron Núñez, ya no embisten ni los propios Núñez.

       Aquellas vacas viejas y astifinas parecían más grandes en la soledad de la plaza y sin el calor del publico. Pero algunas salieron tan inocentonas y tan olvidadas que el placer de torear era muy superior al que pueda sentirse ante una erala virgen. Hubo un momento que Escudero dio un respingo, tiró la muleta y salió corriendo despavorido. Ni la vaca ni el torero tenían nada que ver con aquella espantada. Es que en uno de los agujeros de la pared había un avispero y cuando estaba citando, Manolo sintió en un brazo el aguijón de una avispa que le produjo un pánico mucho mayor que enfrentarse a la vaca cornalona.

      Otro día en la sierra de Madrid, cerca de Colmenar, estrenaba su ganadería murubeña ese gran aficionado que es Antonio Méndez. Allí estaba nada menos que Gitanillo de Triana, retirado ya hacia muchos años y Rafael Ortega “Gallito”. Gitanillo murió poco después, cuando volvía de una fiesta en casa de Luis Miguel. “Gallito sería años mas tarde el que le veía y afeitaba los toros (o así) de El Cordobés. Ver en el campo, en una incomoda plaza cuesta abajo, el embrujo de la gitanería de dos toreros viejos es de los recuerdos que perduran siempre. Como ver a Pepe Luis Vázquez enfadarse un día en Utrera y echarle las dos rodillas al suelo a una vaca de Guardiola. O estar dos días encerrado en la finca de Alfonso Lacave perdida en lo más agreste de los montes de jerez con el gordo, calvo y barrigón de Rafael Ortega que ha sido uno de los toreros más puro y auténtico de los últimos treinta años. Prototipo de lidiador clásico torero profundo al que no le hicieron justicia los críticos de la época (vendidos a Luis Miguel y a Ordóñez) pretendiendo que pasara a la historia como un gran estoqueador cuando siendo un maestro del volapíe, tenía mucho más mérito su forma de hacer el toreo autentico. Pero Rafael era gordo, calvo, sin leyendas y sólo podía gustar a los verdaderos aficionados.

      Recuerdo otro tentadero con domingo Ortega y Antonio Bienvenida, cuando Domingo tenía ya cerca de setenta años y toreaba con guantes y los viejos zahones encima de un jersey azul asomando las puntas de una camisa blanca. Llevaba un lacio sombrero gris con las alas caídas y unas gafas de cegato como el culo de un baso. Antonio Bienvenida y yo lo mirábamos absortos como paraba las becerras sin mover más que los brazos y cómo las dejaba en suerte al caballo con un solo capotazo, templado y preciso. Luego le echaba “las bendiciones” que era el acto de supremo dominio, cuando al rematar el capotazo hacía un gesto con la mano y se marchaba andando de espaldas a la vaca, muy despacito, sabiendo que no iba a moverse hasta que no la citara el picador.

      Recuerdo cuando el tentadero era un rito solemne y se guardaban las formas y las normas, cuando llegaba al "Rual” de los Pachecos Parrita y Manolo, dos Santos que ya llevaba encima el sello de perfilerismo decadente que trajo Manolete y yo me escapaba de la escuela y cogía la yegua del prado de la Marquesa y me iba montado a pelo con un ronzal en vez del bocado para que no se enteraran en casa. Y luego los Pachecos no me dejaban torear si no llevaba un permiso de mi padre por escrito. Allí en aquella plaza chica y costanera perdida entre las encinas vi la primera vez a un venezolano desconocido que no llevaba encima más que un jersey raído por donde se colaban los aires helados de antaño. Era Cesar Girón, que esa misma temporada ya se hizo figura. Un torero de casta donde los haya, aunque no encajara en mis gustos.
Poco a poco, a medida que pasaban los años, el campo iba degenerando y las tientas se tomaban mas a chirigota. Sin la seriedad que deben tener estas cosas. Una Semana Santa nos fuimos a vivir a la finca de Manzaneda, un millonario solterón al que llamaban en Salamanca “El Gran Visir”. Aquello fue una tormenta. Estaban El Tino de Alicante, El Turia, Rogelio Madrid que luego se hizo artista de cine, los dos Pirri, Parrita de Triana que murió en un accidente al tragarse la dentadura. Tentábamos la ganadería entera y cada vaca era una guerra porque todos queríamos salir a la vez.

      Recuerdo otro tentadero en una finca cercana a Palma del Río donde el ganadero tenia una corte de chavalillos que querían ser toreros y los tenia para todo, para mozo de comedor, para los recados... y decían las malas lenguas que para más cosas cuando se hacía de noche. Allí me llevó Luis Segura que se murió de un infarto toreando en un festival.

      Poco a poco van cambiando el sentido de las tientas. No es lo mismo ver a Pepe Luis o a Rafael Ortega o a Gitanillo que ir, como aquellos tres días en Huelva, con Tomás Prieto de la Cal en “La Ruiza” donde todos estábamos locos por tirarnos a una doncella preciosa y luego resulta que era una putilla que se había traído Tomas desde Madrid para que le calentara la cama.

      Pero de las tientas hay mucho que hablar. Ahí está el secreto de las buenas ganaderías y la verdadera técnica del toreo. Seguiré escribiendo de la técnica de poner a una vaca en suerte y de cuando un día en la finca de Felipe Laffita mis hijas y Julito Aparicio le rayaron con unos cristales el “Mercedes” de Colás Aparicio padre y había que ver y oír al maestro de la Fuente del Berro, invocando a Herodes.....


Tientas de hembras

Esta faena de campo, dentro de la ganadería de bravo, es imprescindible y fundamental pues de ello depende en gran parte el buen resultado, funcionamiento y productos de la ganadería.
Consiste en “medir” a cada hembra, tanto en el caballo, -viendo la bravura y acometividad-, como en la muleta calibrando su embestida y nobleza.
Para picar siempre se pondrá el picador contraquerencia, es decir, en el punto diametralmente opuesto a la salida de la vaca, en esta situación se coloca a la hembra a la distancia que requiera su embestida, y tantas veces como cada ejemplar se estime oportuno.

Los criterios

Cada maestrillo tiene su librillo, pero en general hay una serie de normas comunes para todos los ganaderos a la hora de aprobar o desechar una erala en el tentadero. Los hay que ya valoran poco la suerte de varas y mucho mas la nobleza en la muleta. Los hay siguiendo el rumbo comercial de los tiempos, buscan mas la suavidad que la bravura, pero cuarta arriba o cuarta abajo todos se mueven por parecidos cánones y lo contrario son ganas de equivocarse. Por muy brava que haya sido una vaca en el caballo no se puede aprobar si llega a la muleta echando la cara al suelo y quedándose corta.

           Del mismo modo, por muy noble y muy cómoda que haya sido para el torero en la muleta, esa vaca debe ir al matadero si le pega un par de coces al peto, si se duele, sale suelta y tardea tonteando en ir a cada puyazo. Se puede tener alguna tolerancia en el caballo si la falta no es grave y la calidad de la embestida es mucha. Porque un semental más alegre puede equilibrar la nota baja del caballo. Pero no es aconsejable tener debilidades que a la larga se pagan. El ganadero debe desechar sin duelo. Ser inflexible y dejar sólo las que superan con clase todas las pruebas.

            Es la única forma de que la ganadería mantenga una línea de regularidad sin caer en esos baches” tan frecuentes que tienen su origen en levantar la mano con las hembras y sobre todo con los sementales.

            Dicen algunos ganaderos que las hembras son sólo vasijas” y que el macho lo pone todo o casi todo. Y no hay tal. La base de la ganadería son las vacas aprobadas con rigor. El semental es el que debe dar el punto. El que debe subir la casta cuando la ganadería ande baja o el que debe suavizar el temperamento cuando hay el peligro de pasar de la bravura al genio peligroso. Pero las hembras son algo mas que una vasija, y no olvidemos que la vaca tiene que ser la madre de un semental. Ya sé que no es lo mismo tentar un Santacoloma que Parladé. Que con este último hay que tener en cuenta que es una casta “fría” que tarde un poco mas en fijarse y romper a embestir. Que muchas veces parecen mansas porque salen distraídas y hasta son abantas.

           Pero una cosa es la tolerancia y otra la norma. Un ganadero de sangre Parladé debe procurar que esas salidas sosotas vayan desapareciendo y que la selección rigurosa vaya ganando en fijeza y alegría desde salida para que tenga un comportamiento normal a medida que se van quitando los desechos. Esta es una labor paciente, como quitarle el vicio de escarbar. Y al cabo de cuatro o cinco años se empiezan a ver los resultados. Hay que ir sólo al aprobado de la vaca completa en todos los tercios. Y si ahora anda la moda de darle mayor importancia a la muleta, a la vista están los fracasos y la degeneración de muchas ganaderías famosas, donde se perdonaban muchos fallos en el caballo o en la envestida alegre que debe tener una res brava.

            La tienta hay que hacerla con seriedad, silencio, con un torero que sepa obedecer lo que se le ordena y sin dejarse influir por nadie a la hora de calificar. Las vacas hay que verlas sin prisas. Darle los puyazos que hagan falta, para ver hasta donde puede ser buena, y si es mala seguirle pegando para comprobar hasta que punto es mala. Hasta donde puede llegar la frontera de los defectos de esa ganadería. Para saber luego que cuando un toro salga malo en la plaza, conocer sus límites. Un toro te puede salir deslucido o mansote, pero no un barrabas ilidiable y cobardón. Y eso se sabe apurando el juego de las vacas malas hasta todo lo que den de sí. No vale eso de ¡puerta vista! para evitar la vergüenza del mal juego.

            La técnica del tentadero es diferente a torear en la plaza. El torero debe comportarse con eficacia y sobriedad en la primera parte de la faena de muleta. Esos seis pases por cada pitón llevándola larga y sometida para que el ganadero sepa como va. Luego ya puede torear a su manera. Mucha mayor importancia tiene ponerla y quitarla en el caballo, donde el picador jamás debe taparle la salida como se hace en las corridas. Soy partidario de que tome lo dos primeros puyazos sin torearla de capa. Luego pararla y fijarla con un mínimo de lances, buscando en cada uno el sitio donde debe quedar. Se coloca en el primer puyazo a una distancia prudencial para que la vaca se entere y sepa lo que le espera en el peto, después se va abriendo y colocando mas lejos hasta que “diga” todo lo que lleva dentro. Es importantísimo colocarla siempre de frente al picador y no de espaldas o atravesada, y sobre todo el torero a partir del segundo puyazo debe estar muy colocado para dejarla en suerte con un solo capotazo. Es muy sencillo, pero casi ninguno sabe hacerlo.

             Cuando la vaca está en el peto, el torero se coloca detrás, la llama y se la lleva andándole hacia atrás sin darle el lance. Cuando llega al sitio indicado por el ganadero le da un capotazo y se marcha al burladero contrario, donde puede estar la querencia de la vaca. Esto de saberse ir es importantísimo, porque si el torero no deja fija la vaca, se la lleva detrás y hay que volver a ponerla en suerte. El capotazo debe ser un recorte por abajo para que la vaca quede “clavada” en el sitio donde debe ir. Y además no hay que precipitarse en sacarla del peto. Cuando mete la cabeza y aprieta hay que dejarla por si se duele o quiere irse. Tentando así, viendo las vacas a conciencia y aprobando solo las buenas, es muy difícil que una ganadería no vaya a mejor en muy pocos años. Hace falta mucha afición, mucha seriedad y no dolerse a la cartera de los desechos. Conozco un ganadero que comenzó con 20 vacas de desecho y al cabo de cinco años ni escarbaban, ni berreaba, ni se iban de la muleta buscando las paredes. La ganadería es lo que quiera el ganadero. El que tiene que empezar por “arrancarse” es el dueño. Mal puede tener casta una ganadería si el ganadero es manso.


Tienta de hembras


 Una vez visto todo lo necesario en el caballo, se pasa a la muleta y en la cual se analiza su embestida en todos sus matices: fijeza, recorrido, acometividad, repetición, nobleza, etc. En suma raza, casta y clase, en una palabra bravura. Cuando el ganadero la da por “vista” llega la selección y analizando éste sus notas, la hembra queda en el campo como “vaca de Vientre” si su comportamiento ha sido bravo y futura madre del “Toro Bravo” o, por el contrario se desecha y se sacrifica en el matadero.
Esta bella faena campera se realiza cuando la vaca tiene dos o tres años, es decir, de erala a utrera, según el criterio del ganadero. La labor muleteril generalmente la realiza un profesional del toro, en sus distintas categorías de matador o novillero y a su vez sirve a éstos para su entrenamiento y puesta a punto, pues se realiza siempre en época invernal.

según Alfonso Navalón

Víctor Arrogante

 

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 visitas   15/11/2006