El
desteteEl acto de
separar a los hijos de las madres se
llama desahíjo o destete. Cuando el
becerro está ya desarrollado,
cuando
se ve que puede sobrevivir por si mismo,
o que la madre esta vieja o agotada, se
hace esta faena. Generalmente de dos
tandas. Primero, con las crías tempranas
y finalmente con las que nacieron más
tarde, cuando unos y otros llegan a los
siete u ocho meses. Para hacer menos
dañina la separación de la leche
materna, es aconsejable ponerles una
tolva con pienso para que al separarlos
sigan comiendo con normalidad.
El apartado se hacia a la manera
antigua en varios corrales donde
quedaban las madres en una cerca y las
crías en otra. A caballo o a pie era muy
importante el sabio manejo de las
puertas. Ahora casi todo se hace en los
cómodos corrales con puertas correderas
donde es muy sencillo separar a las
madres sin darles una brega innecesaria.
La noche de la separación es quizá la
más triste y emocionante de la vida de
una finca. Hijos y madre se pasan la
noche bramando llamándose unos a otros,
como si supieran que ya vivirán
separados. Si los corrales están cerca
de las casas esa noche no puede dormir
nadie. Para mayor seguridad, se dejan en
corrales de tapias altas porque esa
noche las vacas saltan todo lo que se
les pone por delante.
Se llevan las madres lo más lejos
posible a una cerca que tenga buena
comida para que se entretengan. Pero da
lo mismo. Las he visto atravesar dos o
tres cercados hasta llegar al corral de
los becerros y pasarse la noche entera
llamando al hijo. Este dolor de la
orfandad dura, casi siempre, alrededor
de ocho días. Los becerros no pueden
salir del corral, donde comen y beben
hasta que se tranquilizan y salen a otra
cerca bien tapada donde ya hacen el
careo normal.
Sin embargo en todas las ganaderías
hay siempre dos o tres casos imposibles,
de becerros que se las arreglan para
colarse por donde sea y volver con su
madre o de vacas que no hay paredes ni
alambradas que las detengan. Hay crías
que tardan mas de un año en destetarse,
prácticamente hasta que a la madre se le
seca la leche.
Las vacas sufren más porque tienen
que soportar la calentura de las ubres
que al no vaciarse se les agolpa la
leche y a las más abundantes le sale a
chorros de la hinchazón que tienen. Pero
no hay mal que por bien no venga porque
con esa calentura de la leche salen a
toro las que todavía no estaban
cubiertas.
Normalizada la ruptura
materno-filial, los machos jamás
volverán a ver a sus madres, a no ser el
que saldrá elegido para semental, que
lógicamente se evitará que monte a la
madre por los problemas de
consanguinidad que acarrea el complejo
de Edipo.
Son las crías las que nos dan una
desoladora lección del desarraigo de los
hijos porque superada la faena de
herradero, las añojitas vuelven al
cercado de sus madres. Y no les hacen ni
caso. Nunca pastorean juntas. Las añojas
hacen pandilla con sus hermanas de
camada. Con ellas carean, con ellas
juegan y con ellas discuten. Si me
apuráis creo que no saben cuál es la
madre que las crió, y esto se da a lo
largo de la vida de todas las hembras.
Van en grupos distintos. Por años, por
camadas. Veréis juntas a las eralas, a
las utreras todas en otro grupo. Hasta
que ya se hacen mayores y vuelven a
mezclarse, aunque también hasta en esto
hay distingos.
Las vacas golosas van siempre aparte.
Están a la que salta. Aprovechan la
menor oportunidad para brincar a otro
cercado que tenga mejor comida. También
las mas pastueñas, las mas docilonas las
veréis juntas. Como las personas buscan
la compañía más adecuada a su carácter.
Pero no deja de ser curioso y
decepcionante, que siendo un ganado con
una memoria prodigiosa, no se acuerdan
de sus madres cuando ya, hechas unas
señoritas, vuelven al cercado después de
ese acto de presentación en sociedad que
es el herradero.
Hablaremos en otro capitulo de la
memoria, ya que la hemos mencionado de
pasada. Hay ejemplos increíbles de cómo
en un momento fugaz en la vida de una
becerra se le queda grabado para toda la
vida. Os contaré una cosa que me pasó
con una vaca de Domingo Ortega en un
tentadero, o de la reacción de una
becerra criada en la caseta del vaquero
que al salir loca del dolor del
herradero, tuvo un comportamiento tan
lleno de gratitud y de ternura como para
emocionar a cualquiera.
En contrapartida y como excepciones
inexplicables se dan casos de vacas
“olvidadas” que al retentarlas se
comportan como si jamas hubieran visto
un capote. Inocentonas, siguen el capote
y la muleta como si estuvieran vírgenes.
Recuerdo una vaca de Garci-Grande que la
toreamos tres veces en la plaza de
Baltasar Iban y seguía tan tontona como
el prime r
día.
Eral:
Se denomina así al becerro que ha
cumplido dos años de vida. A esta edad
en los pitones tienen una especie de
cáscara denominada “bellota” que entre
los dos y los tres años se le desprenden
para que se les puedan desarrollar y
crecer. A esta edad se lidian en
novilladas sin picadores.
|