Joaquín
Vidal
El País 15 de abril 1997
Joselito
salió a hombros por la puerta del Príncipe: quedan ustedes informados.
Rivera Ordóñez estuvo a punto de salir también a hombros por la
puerta del Príncipe, pero esto es sólo una impresión barruntativa.
Dice la impresión barruntativa que si Rivera Ordóñez llega a hacer lo
que no hizo -matar sus toros a la primera- sale por la puerta del Príncipe abriendo el
cortejo, en loor de multitud y la afición detrás, pegando saltos mortales.
La afición veía lancear de capa y pasar de muleta a Rivera Ordóñez,
y no se lo podía creer. No por nada, no porque el autor les sea malquisto, sino porque
esa forma de torear, de dominar y de arrimarse, ya no se llevan. La forma de torear, de
dominar y de arrimarse Rivera Ordóñez pertenecen a otra época. Valga la de Lagartijo y
Frascuelo, dicho sea a manera de orientación.
Joselito le instrumentó al primer toro unos ayudados excelsos que
también emergían de la noche de los tiempos. ¿Diríamos Domingo Ortega -el maestro de
Borox- en la posguerra? Quizá. De ahí y aún antes.
Los ayudados de Joselito, arqueando la pierna contraria no por estudiada
composición sino por cargar a fondo la suerte, los dio a dos manos, y ésa ya era la
quintaesencia del arte de torear. A dos manos y luego a una -la izquierda-, con la que
remató la tanda echándose todo el toro por delante en el pase de pecho.
La faena que siguió fue musicada, oleada y aclamada, según solían
expresar los viejos revisteros. Se musicó, se oleó y se aclamó todo: desde los
naturales sin reunión a los circulares con ella. La culminación se produjo cuando
Joselito trazó el molinete que llaman pase de las flores para empalmarlo con el circular,
el toro no obedeció, repitió tras parsimonioso preparativo, ahora sí obedeció el toro
y lo metió en un circular de vuelta y media que pareció no iba a tener fin. Y estalló
de entusiasmo la Maestranza.
Otros circulares se aclamaron igualmente. Los naturales, menos.
Seguramente no era cuestión de embestida. Arrojó Joselito la espada, toreó al natural
con la derecha, y lo que resultó tampoco era como para tirar cohetes. Cobró un espadazo
delantero perdiendo la muleta y le concedieron las dos orejas.
Al sobrero cuarto, un aborregado animal de escaso trapío, lo mató
mejor Joselito después de una faena premiosa, larguísima, escasamente reunida. Y obtuvo
otra oreja que, siendo la tercera, alcanzaba la suma mínima exigida para franquear en
triunfo la puerta del Príncipe.
Rivera Ordóñez también quería abrir la puerta del Príncipe y los
toros no le dejaban. El primero de su lote, manso declarado, huía al galope, pero no
sabía con quién se estaba jugando los cuartos. Rivera Ordóñez, decidido y sereno,
avanzaba inexorable hacia el platillo sometiendo cada descompuesto arreón con su muleta
poderosa, ganando terreno al toro. Y acabó embarcándolo por redondos, luego por
naturales, templados, ligados y ceñidos. Si hubo derrotes, los libró sin inmutarse; si
peligro, lo despreció.
Al sexto lo esperó a porta gayola y tras la emocionante larga cambiada
le cuajó una serie de verónicas en un palmito de albero que volvieron a convertir la
plaza en un manicomio: música, ovaciones, pañuelos al viento, gritos del ¡torero! Las
repitió en el quite, y en éstas que entró Joselito al suyo y -¡un momento, que la
están peinando!- cuajó unas gaoneras perfectas.
El toro bronco, valiente Rivera Ordóñez hasta la temeridad, dominador
otra vez, construyó una faena de menos a más, escalofriante en el menudeo de las
tarascadas, poderosa cuando consiguió encelar a la mala bestia y ligarla pases como quien
lava. Llega a matar bien Rivera Ordóñez y no sólo lo sacan por la puerta del Príncipe
sino que lo llevan a la catedral bajo palio. Pero mató mal. La vida es así.
La vida admite todos los colores. La vida admite incluso a Julio
Aparicio, demudado, vacilante, incapaz de acercarse a sus toros si no era para quitarles
las moscas, ni de matarlos, salvo en la modalidad paso-banderillas, que es suerte
tabernaria de refriega y navajeo.
La puerta del Príncipe estaba allí para todos; mas sólo uno la
abrió, naturalmente entre aplausos, vítores y felicitaciones efusivas. Lo que se
comunica para general conocimiento.
Juan Morcillo
El País.17 de mayo 2003
Toreo artístico y pinturero
Tradicional tarde en Talavera de la Reina, en la que el público se
divirtió y pidió orejas de diferente calibre o valor. La corrida ayudó
con sus templadas y nada problemáticas embestidas. Se guardó un minuto
de silencio en el aniversario de Joselito El Gallo.
Finito de Córdoba, en su primer toro, estuvo a la altura del manso y
soso burel de casta menguante. Embestir sabía poco el dócil y pesaroso
torillo y el torero se empleó lo mínimo. Lances convencionales de saludo
y dos series deslavazadas de derechazos tan limpios por fuera y al hilo
del cómodo pitón.
En su segundo, Finito, sin embargo, se desperezó. Loados sean los
dioses. Y poco a poco metió en la franela a un noble toro que quería
templanza y cualidades. Terminó por darle tales cosas el ya veterano
artista, algo que se agradece, en tandas de redondos rematados atrás y
por debajo de la pala del pitón. Una sola serie muy breve al natural
entre medias y un espadazo que apuntó arriba.
Javier Conde, en su primero, en fin, digamos que impuso su personalidad
al manso huidizo que buscó la querencia de tablas demasiado pronto. En
dicho lugar le buscó el torero malagueño, y dio la vuelta al redondel.
Había saludado con verónicas de buen dibujo y su algo de creatividad. La
peregrina por viajera faena de muleta de imposible ligazón estuvo
ambientada con muletazos de plasticidad apreciables.
En el quinto, Javier Conde construyó una faena de muleta con
denominación de origen. Un breve tanteo, una serie de derechazos por
fuera del tercio, y que el noble bruto busca otra vez las tablas. Pero allí
llegó Conde y resolvió una obra de arte barroco, pinturero y original,
en donde temple, toreo, baile flamenco y donaire se dieron la mano. Y el público
se puso tan contento.
Nobleza
Leandro Marcos estuvo aseado en su primero, en donde apuntó sus buenas
maneras. El toro había tomado el socorrido único puyazo sin ningún
celo, que había tragado sin dificultades una muy solitaria buena verónica,
y después acudió con nobleza, y acompañó sin agobios en los muletazos
de tanteo y en una primera serie de redondos de templada factura. Acertó
Leandro Marcos una estocada al primer envite y cayó la oreja.
El sexto no le procuró al torero de Valladolid el éxito y la salida a
hombros, por el mal manejo de la espada. Pues a buen seguro, el generoso público
de Talavera se la hubiera pedido. La faena de muleta fue incluso mejor que
la de su primero. Un trasteo que fue a menos, igual que las pastueñas
embestidas del toro. No se le pudo negar limpieza en la composición y sus
gotas de buen gusto.
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