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   Curro Romero

· lo que han dicho de Curro

 

· lo que dice Curro de sí

 

El "currismo" una forma de entender la vida


Curro Romero con Rafael de Paula Rivera Ordóñez y el Juan Carlos I
cuatro generaciones


sello de correos


  Lo que dice Curro de sí                                              

Toreando con el alma
(Capítulo del libro Curro Romero)

Yo en esas cosas me encuentro, en esos momentos, en esas tardes, con esos toros, y hasta creo que logro vencer el sentido del paso del tiempo. Hay tardes de esas que tengo la sensación de que no ha pasado el tiempo, vamos, que es todavía como cuando Carvajal me acababa de poner lo de Faraón, y cuando hablaba del teletipo de las amapolas del verso de Paco Herrera.

En esas tardes se me pasa el sentido del tiempo, y hasta de la gravedad. Me siento como volando.

Y hay otras veces que me aplasto ahí, que no tengo agilidad de golpe, que la cabeza no me funciona. Y otras veces en que lo veo todo muy claro enseguida.

Esos momentos en que estoy sacando lo que llevo dentro, el cuerpo llega a no pesarme. Incluso llego a tener una sensación muy rara y difícil de explicar: que no tengo cuerpo, que no estoy allí. Es como una levitación, como si se flotara. No hay pesadez ninguna en las piernas ni en el cuerpo, ni en los brazos, todo armonioso. Me emociono mucho, veo que los pelos se me ponen de punta, el oído se me va, escucho los olés y las palmas que van y vienen, como si unas veces estuvieran allí y otras veces no estuvieran, y estuviera la plaza completamente vacía, nada más que yo con el toro. Es una emoción que hace una transformación entera de ti.

Llegas a perder hasta la noción del paso del tiempo, que te parece que el lance que has dado es el mismo lance que vas a dar otra vez, y los muletazos, lo mismo, que siempre son el mismo muletazo. Un muletazo que, como estás a gusto, no se termina, aquello tiene todo una unidad, una armonía perfecta, sin tiempo, sin peso en el cuerpo, hasta sin espacio, sin sonidos, que los sonidos de la plaza se te van y se te vienen.

Y yo siento que soy el mismo de siempre, igual que de chaval, que soy el mismo, que mi cuerpo de ahora es el mismo de entonces, porque no siento el cuerpo, nada más que siento el alma, quizá en esos momentos esté toreando con el alma, por eso no siento ni el cuerpo, ni el peso de la muleta y de la espada, ni las voces y los olés, ni nada. Son las muñecas solas las que están toreando, son las piernas solas las que están allí. La cintura sola, flexible, sin gravedad, todo sedoso, todo como una inmensa caricia. El toreo es como acariciar. Torear es convertir algo violento en algo bello, saber que llevas dentro la verdad te da una seguridad enorme.

Esos días ni el capote te pesa ni la muleta te pesa, está todo aquello volandero, rodando. Es una maravilla. Y yo estoy palpando en las gentes que eso se está transmitiendo de alguna manera. No tal como yo lo siento, pero de alguna manera se está transmitiendo. Escucho el runrún, y siento los ojos de las gentes en la nuca, en la cabeza, que también está muy alerta, aunque esté todo volandero, se abre todo, el cuerpo se te desgarra como en un cante, todo es como si tuviera otro sentido.

Y en los olés se te van y se te vienen, hasta escucho algunos que me parece que son los mismos olés que yo oía cuando estaba guardando cochinos en el cortijo de Gambogaz, por las tardes, los días de viento, y los traía el aire de Sevilla desde la plaza de los toros.
Cuando yo, al oírlos, soñaba que quería ser torero.

 

         Lo que dicen de Curro        

Antonio Díaz Cañabate
ABC
Curro Romero, un torero de leyenda

Estamos en la plaza de toros de Jerez. Son las siete de la tarde. ¡Qué hermosura de color y de color! ¡Qué buena amalgama la del calor y el calor de la Baja Andalucía! Tenemos sed. ¡Qué bien vendría una copita de vino!. Curro Romero está en el ruedo. Clarines del último tercio. Curro Romero no coge la espada ni la muleta, sino una botella y un catavino. ¿Cómo va a torear con un catavino y una botella? ¡Ah!, es que el catavino tiene la forma de una muleta y la espada es la botella. Tenemos sed. Estamos sedientos por ver el arte del toreo que duerme hace tiempo en las soleras de muy poquitos toreros. Curro Romero nos lo va a servir. ¿Fino? ¿Oloroso? ¡Vaya por el oloroso! Empieza a torear; cada pase un sorbo. El vino de Jerez, como todo lo exquisito, es preciso saborearlo lentamente. lentamente torea Curro Romero. Al cuarto o quinto pase, ya estamos peneques, ya baila y brilla en nuestros ojos la embriaguez que se deriva de lo bello. Los pases se suceden con espacio y despacio. El toro es noble, acude dócil, pero es necesario tirar de él, templarle. El toro tiene su temple. El torero tiene el suyo. Se unen los dos. Arte puro. Ni una sola vez, una postura forzada o violenta. Ni por asomo aparece el mal gusto. Los pases se suceden variados. Su remate no es el de pecho. Cada remate es distinto. A cuál más graciosos y garbosos. A cual más torero. el vino oloroso de Curro Romero ya se nos ha subido a la cabeza. La plaza de toros de Jerez está borracha de euforia. ¡Qué a punto grita el ole! ¡Ole! ¡Qué buen son el de las palmas! ¡Vino del toreo oloroso! ¡Aromas de la solera del toreo! La solera del pase natural de Curro Romero que se va desparramando en el aire como el perfume que se expande al descorchar una botella de vino de Jerez. El toro y el torero a compás giran parsimoniosamente. La muleta parece que quiere abrazar al toro. El toro la esquiva no con brusquedad, sino blandamente. es inútil que me embale en acumular metáforas. El pase natural de Curro Romero hay que verlo.

Llevo varios años clamando en contra de la monotonía de las faenas de muleta. Faenas de muleta como el vino ordinario y espeso. El público las acepta porque, a falta de vino oloroso, bueno es el espeso. ¡Ah! Pero cuando un torero destapa la solera del toreo variado, en los ojos de la gente baila y brilla la embriaguez de lo bello. Tenía que ser en Jerez, Tenía que ser en Jerez donde el toreo de Curro Romero se convirtiera en vino oloroso. Toda la plaza borracha de entusiasmo, y Curro Romero tranquilo, sirviendo las copas de los pases. ¿No lo ha catado? Creíamos que no, pero nos equivocamos, Curro Romero se perfila, arranca recto y clava media espada en la yema. Rueda el toro sin puntilla. El toro y el torero también estaban borrachos. Las dos orejas y el rabo. Bueno, ¿y qué? ¿Qué es eso? ¿Qué es eso al lado de los brincos del corazón emocionado por el arte puro, por el arte de torear olorosamente? Cada pase un efluvio.

La faena de Curro Romero ha sido una de las más completas que he visto en estos últimos tiempos. No estoy equivocado. El arte de torear es lo que vengo proclamando sin desmayo contra el viento y la marea de pasajeras ofuscaciones, que encierran su mérito, pero que no pueden compararse con la auténtica, pura y eterna belleza de lo que es el arte de torear.

En el segundo, Curro Romero estuvo muy bien. El toro iba corto. Curro lo templó y se destempló con la espada al echarse fuera en un pinchazo y una estocada. Dio la vuelta al ruedo.

El "Litri" me dicen que salió a torear enfermo. Estuvo totalmente apagado. Apenas si intentó, y sde alivió al matar, al primero, de media, dos pinchazos, una estocada y cinco intentos de descabello, y al cuarto, de dos pinchazos y una estocada.

Carlos Corbacho dio la vuelta al ruedo en el tercero, al que toreó con denuedo y finura. El toro estaba muy aplomado. Murió de un pinchazo y media. En el sexto no logró beneficiarse de las buenas condiciones del toro y lo mató de un pinchazo y media.

La corrida del señor marqués de Domecq y Hermanos ha tenido raza con el caballo, sobre todo el primero, y boyante para los toreros. Al quinto se le dio la vuelta al ruedo.

Vendimia en Jerez. Pronto las soleras empezarán a colmarse. Dentro de unos años el vino será embotellado. Habrá un vino oloroso que se llamará de Curro Romero. Cosecha de 1964.
 
 

Tres pases ... y dos más
Vicente Zabala
Diario ABC
23 de Junio de 1973

No, no eran las cinco de la tarde. El reloj marcaba las ocho y cuarto. Las manecillas se habían detenido para ver torear. Y los gitanos del Albaicín rompieron a cantar por lo grande, y los de la Peña Platería lloraban como niños, y los jardines morunos se deshacían en fragancias, y los gorriones inmovilizaban el vuelo justo sobre la plaza de toros, y las gargantas enrojecían perdiendo la noción de los olés, y se sentían las sonatas, y Rafael llamaba a Chicuelo, invitándole a que se asomara a los palcos del cielo...

Hasta entonces, el cronista había presenciado la corrida con mentalidad de burócrata, contemplando indiferente lo de todos los días, mientras el público palmoteaba, merendaba y pedía muchas orejas que el buenazo del presidente, rodeado de madroñeras y mantillas, concedía sin regateos, generoso y folklórico. Todo se estaba desarrollando en medio de un clima apacible y distraído. Los "minicuatreños de Juan Pedro Domecq no se caían, repetían sus embestidas, seguían sus engaños con sus comodísimos pitones -¡hay que ver el arte de la madre naturaleza!-, incapaces de tirar un solo derrote.

Recuerdo lo acontecido con anterioridad a las ocho y cuarto de la tarde como algo muy lejano, perdido entre brumas, como si yo fuera el protagonista de una película en la que aparecen escenas de una vida pasada, ofrecidas por el director entre una cortina de humos. Allí veo a Luis Miguel Dominguín con un terno más discreto de lo habitual en él, ejecutando lances de capa como si viniera de la inspiración de un astronauta de Cabo Kennedy. Luego Dominguín pegaba derechazos y naturales saliendo siempre la muleta punteada y desflecada. Se volvía en desplantes de espaldas al toro y las señoras de la localidad de al lado decían que está más moreno que la última vez y que saben de muy buena tinta que se halla muy enamorado. Las señoras le llamaban familiarmente Miguel y estaban muy convencidas de que pronto rodará esa película que tiene comprometida desde 1945 con todos los directores cinematográficos de categoría mundial. Creo recordar que le dieron una oreja en su primero por un alevoso bajonazo y las dos del segundo, ruidosamente protestada la última. Los muletazos perfileros y con el pico de la muleta se marcharon como una pesadilla de la escena. Ahora vemos a Curro Romero dubitativo y abucheado. La bronca parece una tormenta entre montañas, como aquellas de la niñez, a la vera del pico de Avantos, allá en El Escorial. Y escampa, sale el sol para José Julio Granada, el torero de la tierra, sea cariñosamente aclamado por un toreo de capa apretado. A continuación, la faena valiente, dispuesto a todo, y la estocada al encuentro. Las dos orejas y el rabo.

Y saldría el quinto, otro "minicuatreño" de monísima cabeza... Y hacia él se fue Curro. Tres lances y la plaza entera boca abajo. Otros dos más y el remate inspirado, bellísimo, de una larga afarolada, saliendo garboso con el capote al hombro como lo hubiera hecho el mismísimo Lagartijo.

Yo he visto la faena de Curro de Madrid y aquella otra de los toros de Urquijo en la tarde lluviosa de hace no sé cuántos años en la Maestranza de Sevilla. Bueno, pues las dos son una mueca de lo que se llevó a cabo ayer en el coso de Los Cármenes.

Los buenos aficionados suelen decir que Curro es un torero de espejo, que parece imposible que un día pudiera salir un toro con el temple del diestro de Camas. Pero Juan Pedro Domecq, en los campos jerezanos, dio con ese animal soñado, y le tocó a Curro. Desde los ayudados por alto, despatarrado, barriendo los lomos de su enemigo, hasta el larguísimo repertorio de floridos adornos, todo fue una bellísima obra de arte.

Dejo exprofeso aparte los pases naturales. Curro toreó con la mano izquierda con una limpieza y un ajuste insuperable. Pases medidos, largos y templados, tomando el burel en el primer tiempo del lance delante de su cuerpo y despidiéndolo en la distancia justa y atrás, para engarzar el siguiente. Muy pocas veces he visto una plaza más taurinamente enardecida. El clamor era el que debe haber en los graderíos cuando se torea de verdad. Nada tenía que ver con las palmas mecánicas ni con los olés tontorrones y desangelados de cualquier corrida de feria. Repito que era diferente. El gentío vibraba de emoción. Era el milagro del arte de torear el que estaba devolviendo el sentido del gusto, del buen gusto, al público.

Cuando Curro Romero se perfilaba para matar, la afición granadina ya le había otorgado las dos orejas y el rabo simbólicamente. Estaban dispuestos a dárselas como fuera. Por eso no les importó la inconcebible y feísima puñalada que coronó tan estupenda faena. El presidente no debió otorgar trofeos. Primero, porque con un bajonazo se queda descalificado en buena lógica taurómaca, y segundo, porque lo de Curro no podía tener el mismo premio que una faena normal. Pero Romero se vió con las dos orejas y el rabo en las manos. El público gesticulaba, saltaba en los tendidos. Allí nadie se entendía. Todos parecían querer torera de salón imitando lo que acababan de ver. El de Camas, después de recorrer el redondel, sacó a sus compañeros. Los tres iniciaron otra vuelta a la redonda. Nadie hacía caso de los diestros. Cuando salió el sexto, las conversaciones seguían en torno a lo mismo. A estas horas no se habla de otra cosa en Granada. El suceso taurino es muy importante. Ha salido el famoso toro del espejo. Curro lo ha toreado como en los años fantásticos de su niñez frente al armario allá en su pueblo sevillano de Camas.

Juan Pedro Domecq se ha "tapado" por la nobleza de ese toro, por la incasable acometividad de todos, excepción hecha del sexto, que deslució a José Luis Granada, y se ha cubierto de gloria por haber sido el mago capaz de crear y criar el toro del espejo. Por tí, Juan Pedro, los relojes granadinos están parados hoy a las ocho y cuarto de la tarde.

 
 
Sería sueño o desvario
Juan de Dios Pareja-Obregón
El Sombrajo, 11/12/97
Diario ABC

CONOZCO a Curro Romero desde que era un modesto aficionado taurino, desde que iba de espontáneo a los tentaderos, después recuerdo que lo vi torear en la placita de toros de la Pañoleta...¡Qué pena de relicario taurino donde dieron sus primeros capotazos tantas figuras de este arte! ¡Ay, la piqueta! Pero cuando nos hicimos verdaderos amigos fue después de debutar en la Real Maestranza. El gran torero de Camas no toreaba esa corrida, la toreaba Mondeño...¡pero estaba escrito! Juan García fue cogido días antes en Ronda y lo sustituyó Curro...¡Tenía que ser así! Sus compañeros de cartel aquella tarde fueron Antonio Romero y el portugués José Trincheira y la fecha el 26 de mayo de 1957. Y lo mío fue de este modo: La novillada salió muy buena y, como decimos los taurinos, Curro Romero formó un verdadero "lío". Fue una de las presentaciones más afortunadas que se han visto en nuestra plaza, quizás la mejor de todas. Recuerdo que mientras toreaba el camero empezó a llover y no se movió nadie de sus asientos. La música no paró de tocar en su honor ni un momento. ¡Qué manera de torear! Dicen que el ganadero Carlos Núñez, emocionadamente gritó... ¡Ha resucitado Fuentes! Naturalmente se refería a la elegancia de Curro. Con el capote me recordó a un torero que era un verdadero estilista de esa suerte... ¡Al Yoni de Triana! Todo lo que hizo Romero fue perfecto, y en mi opinión, y aunque la gente no se lo crea, lo de aquella tarde no lo ha repetido nunca más... ¡Porque aquello fue irrepetible! Después ha toreado muy bien muchos toros, pero como ese día ninguno. Después de la novillada estaba citado con Chicuelo, gloria del taurinismo sevillano. El gran artista de La Alameda también había estado en la plaza y cuando lo saludé, todavía emocionado y con los nervios a flor de piel, le dije: -¡Maestro! ¿Usted ha visto torear alguna vez como ha toreado esta tarde ese muchacho de Camas?, ¡porque yo no he contemplado en mi vida interpretar el toreo de esa forma y sentirlo de esa manera!, porque creo que para torear bien hay que sentir lo que se hace, y se lo dice uno que, como sabe, es un partidario acérrimo de usted de Pepe Luis Vázquez... ¡Para qué hablar más!- ¡Niño!, me contestó Manuel, comprendo que vengas emocionado por lo que has visto esta tarde, a mí también me ha gustado muchísimo, porque lo bueno gusta siempre, pero... te voy a confesar una cosa que no te he dicho nunca: ¿Te ha gustado el toreo que ha ejecutado hoy el de Camas? ¿Verdad que te ha gustado? ¿Y del mismo modo te entusiasma cómo lo interpreto yo y Pepe Luis? ¿Acierto? Bueno, ¡pues Joselito "El Gallo" era mejor que todos nosotros juntos! Desde entonces comprendí que José habría sido un fenómeno del toreo, porque aquella opinión era digna de respetarse y de tenerla muy en cuenta, pues salía nada menos que de los labios de una máxima figura del toreo sevillano... ¡De Manuel Jiménez "Chicuelo"...! ¡casi na!. Pero para mí aquel día ha quedado grabado para siempre dentro de mi alma torera. Porque... -¡Sería sueño o desvarío/ que se llenó de romero/ hasta las aguas del río!.

 
 
superinspiración
Juan Posada
16/05/98
El País

García Lorca, a cien años de su nacimiento, asombra a sus seguidores con las afirmaciones que hizo respecto a su especial concepto de la superinspiración, exclusiva de unos pocos privilegiados, que él, al igual que otros, llamaba Duende. Muchos no saben, especialmente si acuden a las corridas de toros en las que actúa Curro Romero o su adlátere Rafael de Paula, que esa especie de angustia gozosa, a veces escasa, eso sí, experimentada en un instante de la lidia es el emblema del duende.

Sostiene el rapsoda que su esencia reside en «los sonidos negros», difusa definición a la que llegó el gran cantaor Rafael Torres recién escuchar del propio Falla su Nocturno del Generalife. Federico, enamorado de las verónicas de Juan Belmonte -¿las que soñaban los erales camborianos?- sabía que los influjos del duende afectan al artista y a los espectadores y provocan el ¡óle!, ¿descendiente del ¡Alá!», Alá árabe, y del «¡Dios!», Dios cristiano.

Si Lorca viviera seguro que estaría cautivado por Curro y, a veces, por Paula. Sufriría con ellos, con sus cosas... Porque el ¡olé!, más bien ¡óle! con deficiencia ortográfica, dedicado a Romero y al gitano, es llanto, jipío medroso y regusto doliente... Se cumple la afirmación del poeta «en los toros no se divierte nadie». Efectivamente, se goza sufriendo.

El autor de Bodas de sangre diferencia entre la musa de la muleta, el ángel con las banderillas y el duende que ayuda al capoteador «para dar en el clavo de la verdad artística». Por segunda vez realza el capote como instrumento supremo del arte torero, el que mejor y con más duende utilizaron y usan los considerados artistas mágicos.

Cierto que el arte-duende de Curro no es, afortunadamente, de recibo consumista, ni apto para los no creyentes. Por el contrario, breve e impreciso, se percibe desde que entra dentro del torero, «desde la planta de los pies», como dijo al poeta un viejo guitarrista. El que hace que la gente, hasta los más pasmaos, salten y griten el ¡Viva Dios! del ¡óle!, sin motivo racional que lo justifique... Lorca, Curro y el Duende son así.

Federico lo contrapone al ángel, «que regala como San Rafael» y a la musa «que dicta y en algunas ocasiones sopla». Circula por la masa de las venas hasta los más recónditos sagrarios de uno mismo «en las últimas habitaciones de la sangre». Surge de pronto, sin llamarlo, vencido a costa de miedo, lívido y genial.

A Curro, como a Belmonte, lo posee el duende, poco, cierto, igual que al de Triana. No es cosa de prodigar. Ambos rompieron las fórmulas técnicas; rechazaron el ángel y las musas y luchan con él, casi siempre irremediablemente derrotados. ¡Ay del día que vencieron!

Lorca, amante de lo suyo, admira la liturgia taurina, «donde, de la misma manera que en la misa, se adora y sacrifica a un dios». En la que se acumula el duende, «como si todo el duende del mundo clásico se agolpara en esta fiesta perfecta».

En estos momentos de escasez de duende en los ruedos, bueno es recordar al lírico andaluz que supo ver y sentir la influencia de los mengues en el capote de Juan y, de haber vivido, captado el embrujo de la seda del de Curro Romero.
 

 
El Personaje
Félix Bayón
El País, 20/04/98

Si Curro Romero fuera un empleado por cuenta ajena, el 1 de Diciembre de este a¤o le llegaría la fecha de la jubilación. Pero hace cinco a¤os ,cuando cumplió 60, superó la tentación de la retirada y no parece que entre sus planes sePulse para ampliar encuentre darse de alta en el Inserso.

Este Domingo de Ramos, algunos de sus seguidores han vuelto a bromear sobre el color de su pelo, que no sólo no tiene ni una cana sino que cada, a¤o es más oscuro y ha ido evolucionando desde el color caoba a un negro intenso. Misterio de la química.

Dando la espalda al calendario, Curro Romero ha decidido no ponerle fecha a su jubilación, sino una condición: dejará de torear el día en que se sienta incapaz de hacerle una faena a un toro que se la merezca. Nunca un torero se mantuvo en activo más allá de la cincuentena.

Críticos nada fanáticos dicen que él es el último gran torero, la única muestra del toreo clásico, ronde¤o, y el único también que, cuando el toro decide no poner nada de su parte, es incapaz de fingir una faena con las mañas que da el oficio. A esta sinceridad atribuyen sus fracasos, que no serían realmente suyos sino del animal. Si hay posibilidad de faena, la hace y es el escándalo. Si no, ni se molesta en camelar al público y el escándalo llega también: despacha rápido y sin disimulos o, incluso, se niega a matar al toro, cosa que le llevó más de una vez a dormir en comisaría. Un crítico muy templado afirma que el miedo nada tiene que ver con esta actitud de Curro Romero. El tipo de toreo que hace, un toreo sin enga¤os, es precisamente el que acarrea cornadas, de las que el ha sufrido muchas y muy graves.

Los más fanáticos alaban su estampa, eso que se llama torería Hay incluso quienes dicen que han pagado una sólo por verle hacer el paseillo y se han marchado antes de que saliera el primer toro: tenían miedo de arruinar un buen recuerdo ante la eventualidad de una faena desastrosa Curro Romero conserva el gesto severo, la mandíbula apretada de los toreros de antes. En el archivo de este periódico hay una foto de Rodríguez Aparicio que explica muy bien lo que quieren decir los aficionados cuando lanzan ditirambos sobre las maneras de Curro Romero. En esa foto se ven juntos, haciendo el paseíllo, a Curro Romero y a Jesulín de Ubrique. Curro Romero aparece adusto, listo para comenzar una trascendental ceremonia. Jesulín en cambio, marcha con desgana y tiene el labio inferior caído en su acostumbrada sonrisa vana. Más que dispuesto a enfrentarse a un toro parece que estuviera entrando en un MacDonalïs y acabara de dejar aparcado un ciclomotor. Sin duda los tiempos están cambiando.

Después de pasar muchas horas con él, Joaquín Vidal, que ha sido autor en este periódico de una de las raras entrevistas concedidas por Curro Romero, escribió que lo que más le llamó, la atención fue su lenguaje: no hablaba como los toreros de leyenda que parece que lo hacían para que sus palabras quedaran en las memorias de los colmaos.

Cuando el toreo de Curro Romero sea sólo un recuerdo, será difícil encontrar una frase que sirva para evocarlo. En eso, Curro Romero se distancia bastante de los toreros de leyenda, que han dejado frases más o menos felices, tautólogicas en bastantes casos y siempre muy redondas. Frases que , en ocasiones, se han atribuido a toreros diferentes a los que las pronunciaron. Ya saben, cosas como: "lo que no pué sé sé no pué sé, y además es imposible", "más cornás da el hambre", "más jamón que para eso soy un fenómeno"...

En las hagiografías de Curro Romero, incluso en las más recientes, como en sus páginas de Internet www.curro-romero.com, abundan las anécdotas, pero la mayor parte de ellas son de una gran sosería. En esto, las vidas de santos y las de toreros célebres coinciden: el mérito de la anécdota no está tanto en la anécdota en sí como en el valor que esta toma en cuanto que sirve para demostrar que el protagonista de la hagiografía, a pesar de su notabilidad se comporta como un ser normal.

Y parece ser que en efecto, Curro Romero es bastante normal. No hace frases rotundas ni sentenciosas porque habla como lo que es como un urbanita. Al contrario que la mayor parte de los toreros, no tiene una afición especial por el campo ni por los caballos y nunca tuvo la tentación de hacerse ganadero. Tampoco mantuvo nunca la crapulosa vida que de oficio ha acompañado a los toreros de postín. En lo único que es fiel al tópico es en su devoción por el flamenco, siempre de un modo discreto, si que esta afición lleve la estela libertina de una juerga. Los que lo han tratado lo describen como un ser tierno, con las dosis de ternura normales en una persona sin complejos. Curro Romero es de esos que acarician niños y se entristecen cuando ve a un animal enfermo. En esto puede que tengan razón sus hagiógrafos: es demasiado común para ser un mito.

 
 
Curro es un permanente renacer
Joaquín Vidal
El País


Curro Romero se reaviva de sus propias cenizas y aparece de súbito hecho un torero juvenil y rozagante, valeroso y artista que va y pide pelea. Ese Curro Romero exclusivo es incombustible; como el propio arte de torear.

Las verónicas con que recibió al cuarto toro fueron gloriabendita.

Las verónicas con que recibió al cuarto toro fueron un cúmulo de valor, de técnica, de arte. Y enloquecieron a la afición.  El toro se iba suelto, trotaba abanto abriéndose de las tablas y querían intervenir los peones, pero Curro Romero no les dejaba. Curro Romero había visto la condición del toro tan pronto apareció en el redondel.  Qué ciencia infusa, qué genio intuitivoposee Curro Romero para conocer la catadura de los toros en cuanto asoman el morro por el portón de chiqueros constituye un insondable misterio. El caso es que según plantaba el toro la pezuñaen el albero Curro hacia otro tanto con las zapatillas y ya estaba presente dispuesto a torear.

Al cabo de unos cuantos galopes alocados del toro por los medios Curro lo trajo al tercio, le desengañó de sus querencias, le fijó en el engaño, le enjaretó en un palmo de terreno lo menos diez verónicas inmensas y las abrochó con media verónica de cartel.   La Maestranza, ya se puede suponer, se convirtió en un manicomio. El gentío alborotado y en pie, unos se echaban las manos a la cabeza, se abrazaban otros y todos se rompían las manos de aplaudir mientras la banda soltaba al viento sus más jubilosos sones.  Estaba lanzado Curro e hizo dos quites a la verónica. Uno detrás de otro.

Todo el toro había de ser para él. Mecía el lance con una lentitud asombrosa y restallaban estruendosos los olés. Lo malo fue que no había toro. En el segundo quite se acabó el toro. Se acabó sin remisión al tomar la tercera verónica. Tal cual humillaba perdió el control, cayó de lado, se pegó la gran costalada y quedó en desairada posición, patas arriba, sorprendiendo al personal con la innecesaria exhibición de lo del día de la boda.  Aún habría más Curro, más toreo, más arte; pero sin toro. De todos modos aquel  toreo de capa quedó plasmado para la historia; su regusto, para engolosinar de por vida los más exigentes paladares; sus formas, como ejemplo de lo que es el arte de torear.  Entró Enrique Ponce a veroniquear el toro siguiente y no era lo mismo. Tiraba el lance sin reunir y rectificaba precipitadamente los terrenos.

Cuando los modernos pegapases torean a la verónica el público parece que está viendo un partido de tenis: han de volver la cara ora a babor, ora a estribor, para seguir de un lado a otro el ajetreado zapatilleo que se trae el artista.  Los principios del movimiento continuo animaban también las faenas de muleta. Ponce toreó fuera de cacho, componiendo con pinturería la figura al embarcar, quitándose precipitadamente de en medio al rematar. Luego no ligaba. Y una faena que no es ni reunida ni ligada se ajustará fielmente a los principios del movimiento continuo que sustentan el toreo moderno, pero tiene muy poco que ver con el verdadero arte de torear. 

El primer toro de Ponce carecía de trapío, presentaba una cornamenta escasa de sospechosos pitones, padecía perniciosa invalidez, sacó un temperamento borreguil, se desplomaba sin causa aparente que lo justificara. O sea, lo que su propio ganadero llama el toro artista. El segundo del lote, debía de ser menos artista pues, aunque noble, desarrolló cierta viveza. Dio lo mismo. A los dos les aplicó Ponce similar faena.   Las de Rivera Ordóñez no podían existir. Inválidos y totalmente descastados sus toros únicamente tuvo ocasión de intentar algún derechazo suelto. El tercero de la tarde, durante el muleteo se sentó donde le dio la gana para ver cómodamente la corrida y al sentir un pinchazo repitió la acción. El sexto huía para refocilarse en su mansedumbre al abrigo de las tablas y Rivera Ordóñez lo pasaportó de mala manera.

El único toro entero de la corrida salió en primer lugar, Curro Romero lo capoteó bien y en cambio con la muleta se limitó a trapacear. Como si estuviera acabado. Pero renació de sus cenizas en cuanto vio salir al cuarto y tras poner boca abajo la Maestranza con las verónicas tomó la pañosa y se emborrachó de torear. Aprovechando la nobleza del toro, y seguramente también su invalidez, le dio pases de todas las marcas, varios de ellos rescatados de las tauromaquias añejas. Todos los pegapases juntos son incapaces de dar al cabo de una temporada entera el riquísimo repertorio que Curro Romero desplegó en sólo tres minutos de faena. 

Por eso es el faraón. ¿Algo que objetar?

 
 
Curro Romero: «No sé lo que haré el Domingo de Resurrección»
ABC. Sábado, 7 de abril.
Vicente Zabala de la Serna

«No sé lo que haré el Domingo de Resurrección», declaraba Curro Romero a ABC en un tono nostálgico y añorante. Le preguntamos si acudirá a los tendidos de la Maestranza, y rápidamente contesta que no. «Otros años, desde febrero, ya estaba preparándome en el campo. Ahora estoy muy tranquilo, aunque es muy difícil olvidar tanto tiempo y tantos Domingos de Resurrección. Pero algún día tenía que llegar», concluye el Faraón sin perder la mirada verde y melancólica.

Ayer, en Madrid, la Escuela de Tauromaquia de la capital, y en su nombre su presidente, José María Álvarez del Manzano, rindió tributo al maestro de Camas durante el acto oficial de apertura del curso 2001. Juan Antonio Gómez-Angulo, secretario de Estado para el Deporte, ofreció el homenaje y justificó su presencia en una gran afición y «en una profunda admiración hacia Curro Romero». Gómez-Angulo disertó con brillantez sobre la figura de Romero, «un torero de leyenda, un mito vivo. Con sus luces y sus sombras —dijo—, es de una proyección inabarcable». Y continuó haciendo un repaso de la trayectoria del homenajeado, con especial detenimiento en las grandes fechas que Gómez-Angulo recordaba con nitidez por haber sido testigo directo. Habló también de la magia, del duende, del empaque de «un torero que todo lo ha hecho despacio», para concluir con una solicitud dirigida al alcalde: que Curro Romero reciba la Medalla de Oro de la ciudad de Madrid.

Álvarez del Manzano, por su parte, agradeció a Curro Romero los grandes momentos que ha creado e hizo una loa del trabajo realizado por la Escuela de Tauromaquia. A continuación, entregó «mano a mano» con Curro los diplomas que acreditan a los alumnos más destacados del pasado curso.

 

Curro, el mito vivo
El País 22 de marzo 1999

Joaquín Vidal

El jueves día 18 de marzo se conmemoraba el 40º aniversario de la alternativa de Curro Romero; Faraón de Camas en la liturgia taurina, Francisco Romero López en el Registro Civil. Tiene 65 años, cumplidos el pasado 1 de diciembre.  

Curro Romero celebró la efemérides toreando en Valencia, plaza donde había recibido el doctorado, y la magnificó desplegando una muestra selecta de su arte excelso, premiada con una or ja que le supo a gloria y será histórica. También le supieron a gl ria el arte y la oreja a la afición, pues tiene puestas en Curro Romero todas sus complacencias.

El afecto de la afición hacia Curro no es caprichoso. El toreo, y el arte interpretativo de este singular ejercicio, han dado muchas vueltas, hasta llegar a desnaturalizarse, y ahora quedan muy escasas referencias prácticas del fundamento del arte de torear. Una de ellas es Curro.

El Faraón de Camas, ídolo del Baratillo, capricho de la naturaleza, ha mantenido durante 40 años su fidelidad absoluta al arte puro del toreo, a despecho de modas, de fracasos e incluso riesgos que numerosas veces se tradujeron en cornadas.

No podría hacerse una semblanza de Curro Romero -ni de nadie en la fiesta- sin tener en cuenta lo que es el arte de torea  según lo concibieron y asentaron en cánones los padres de la tauromaquia. Las reglas del arte están encaminadas a dominar a  toro, con garantías de seguridad para el torero pero sin que le sirvan de ventaja, pues ha de dar al toro su sitio y su opción. Lo cual requiere plantear el cite "dejándose ver", "ofrecer el medio pecho" -es decir, el torero de frente-, presentar el engaño  cargar la suerte cuando el toro entra en jurisdicción, templar su embestida llevándolo humillado y rematar el lance donde proceda para ligar el siguiente sin solución de continuidad.

Se tarda más en decirlo que en hacerlo, por supuesto, pero el toro tarda también menos en alcanzar al torero y pegarle la cornada. El propio Curro es prueba del riesgo que se corre toreando según los cánones porque ha sido uno de los diestros de la última mitad de siglo que ha sufrido más graves percances.

Cuando el torero carga la suerte o liga el pase según las reglas de arte está incrementando el peligro consustancial a cualquier modo de torear, y no todos se atreven. Ése es el secreto de Curro.

Torero de pellizco -que dicen los sevillanos-, de duendes y de aromas, el secreto de su fama es precisamente la pureza de su toreo. Curro Romero es un torero incapaz de torear mal. Podrá inhibirse -lo que sucede con frecuencia- pero si arrostra la tarea no traicionará jamás su fidelidad al arte de torear.

Nunca lo hizo en sus 40 años de matador de toros. Nunca se avino a fingir excentricidades para encandilar a la galería. Nunca tuvo la menor intención de imitar a aquellos de sus compañeros que hacían tremendismo y ganaban fama con esos triunfos que les elevaban a la categoría de figuras.

Por la época de su alternativa ya andaban de vuelta Litri y el espectacular litrazo; vinieron después y tuvieron gran auge nuevos tremendistas como Chicuelo II -muerto en un accidente de aviación-, Chamaco y sobre todo El Cordobés, que
mandó durante una década.

Ninguno de estos ejemplos asumió Curro Romero, aunque lo tenía fácil, y es cierto que tampoco le hubiese merecido la pena, pues lo último que hubiesen querido ver los aficionados a los toros es un Curro Romero haciendo el saltimbanqui.

Los verdaderos rivales artísticos de Curro Romero eran otros que también tenían consolidada su fama en la escrupulosa interpretación del arte de torear: Antonio Bienvenida, Julio Aparicio, Rafael Ortega, Antonio Ordóñez y, pasados muchos años, Rafael de Paula. Pocos más cabrían en esta baraja sublime, que pasa por ser pusilánime y sin embargo es admirable y hasta heroica.

Las modas del toreo puede que fueran reflejo de las múltiples e inciertas tendencias sociales. Así, El Cordobés -llamado El Melenas- asimiló la imagen de los Beatles y su hegemonía habría sido imposible sin la llegada masiva de turistas en la década de los años sesenta.

Es curioso que Curro Romeo tomara la alternativa precisamente el año en que se aprobó el Plan de Estabilización. Nada tiene que ver una cosa con otra, pero es lo cierto que ese ajuste de la economía, seguido después por el Plan de Desarrollo y lo que se llamó "el boom turístico", configuraron un estilo de vida en el que la fiesta de los toros tenía poco encaje.

Abandonada a su suerte por los poderes públicos, sin el necesario control de autenticidad, arrinconada y casi expulsada de los cosos la afición rigurosa, relevado el público por aquellas masas de turistas que dejaban su buen dinero en taquilla pero que no entendían absolutamente nada, entró el fraude en la fiesta de la mano de la corrupción y marcó su evolución -quizá será más exacto decir su decadencia- un juego de intereses en cuya cúspide estaban un reducido grupo de empresarios y la fuerza de El Cordobés.

Los toreros de arte tenían poco que decir en el pingüe negocio. Sin embargo, Curro Romero, con algunos componentes de la baraja de toreros selectos, consiguieron con su fidelidad a la tauromaquia que el arte de torear no se fuera al traste.

La década de los años sesenta estuvo marcada por la modernidad. La lucha de clases, tomada por antigualla, pasó al olvido, y se sustituyó por un consumismo revolucionario con el que buena parte de la juventud se sentía harto realizada. Chubby Checke   inventó el twist, Elvis Preisley entronizó el rock, Los Bravos batieron marcas de ventas con el Black is black, para los meno  radicales El Dúo Dinámico cantaba bonitas baladas, y éstos eran signos de cambio hacia una sociedad más moderna y liberada. O eso creían.

La propia sociedad civil cifraba sus ideales no se sabía dónde y poseía una aleatoria escala de valores difícil de definir. La televisión empezaba a entrar masivamente en los hogares y era allí donde las familias recibían la doctrina y unificaban sus opiniones. El año 1969 hubo acontecimientos de enorme importancia y proyección: Neil Amstrong y los restantes astronauta  del Apolo XI pisaron por primera vez la Luna, Juan Carlos de Borbón fue designado Príncipe y heredero a título de Rey, s  reconoció a Marruecos sus derechos sobre Ifni, entre otros muchos sucesos trascendentes. Llegadas las Navidades, la televisión hizo una de esas encuestas de calle típica de las fechas, y a la pregunta de cuál había sido la noticia más importante del año la mayoría contestó: "La fractura de clavícula de El Cordobés".

Efectivamente, aquel año El Cordobés se había lesionado, y la televisión, que no disimulaba su cordobesismo y retransmitía las actuaciones del fenómeno cada vez que se anunciaban movimientos de protesta contra el régimen de Franco para silenciarlos, había dado al percance más relevancia que nada en el mundo.

Curro Romero, que tuvo actuaciones sensacionales durante la década de los sesenta, con salidas por la puerta grande en Madrid y Sevilla, sufrió cornadas muy graves, tres de ellas en la temporada de 1962. A finales de ese año se casó con Conch  Márquez Piquer, hija de la tonadillera doña Concha Piquer y del matador de toros retirado Antonio Márquez, y acudió numeroso público a verles salir de la madrileña iglesia de los Jerónimos, donde se celebró la ceremonia nupcial.

Sucede esto hoy, por supuesto con otro torero, y lo televisan en directo. Pero Curro Romero siempre fue muy celoso custodio de su vida privada, contrario a este tipo de popularidad. Torea y ya no se le vuelve a ver en mentidero ni local alguno, salvo que haya cante jondo.

Ya en la década de los años setenta se aseguraba que Curro Romero tenía decidido retirarse definitivamente. La especie se difundía cuando terminaban sus actuaciones con bronca -es decir, casi siempre- y se acallaba las tardes memorables. Desd  entonces acá ha venido siendo así y han pasado casi 30 años. Desde entonces acá Curro Romero se ha convertido en un torero para la leyenda que bate marcas: ninguno en toda la historia de la fiesta ha estado en activo tantos años: 40 de alternativ  más los seis que anduvo de novillero; ninguno ha toreado a esa edad madura de los 65 años. Y lo que te rondaré, pues parece ser propósito de Curro seguir dando guerra en el tercer milenio.

Curro Romero es el diestro que más veces ha salido a hombros por la sevillana puerta del Príncipe, y casi alcanza la misma marca con la puerta grande de Las Ventas. Lo que no impidió que otras tardes aciagas le echaran toros al corral; que algún presidente le hiciera comparecer en la comisaría de policía después de la corrida sin darle tiempo siquiera a quitarse el traje de luces; que hubiera de salir de la plaza escoltado por los antidisturbios para que no fuera pasto de las iras del público y de un aluvión de almohadillas.

Los antidisturbios forman parte consustancial del mito de Curro Romero, aunque algo debe de haber entre ellos. El periodista  Luis Nieto cuenta que una tarde, en el patio de caballos de la madrileña plaza de Las Ventas, vio cómo los antidisturbios se abalanzaban a donde estaba Curro Romero, ya a punto de liarse el capote, y le rodeaban. Se acercó para averiguar qué sucedía y se encontró con que todos ellos le estaban pidiendo un autógrafo.

 

40 años después
Joaquín Vidal
El País
19 de marzo 1999

Cuando Curro Romero tomó los trastos para lidiar el toro al que acabaría cortando la oreja, se cumplía el 40º aniversario de su alternativa. Que fue, tal día como ayer, precisamente en la plaza de Valencia, dentro de las corridas falleras (crónica de la corrida de ayer). Aquel 18 de marzo de 1959 Espartaco y Manuel Caballero, con quienes alternaba ayer, ni siquiera habían nacido. Y cuando abrazaron la  profesión taurina, Curro Romero ya era una gloria del toreo.

Una gloria especial, y exclusiva, pues en toda la historia de la fiesta no hubo nunca diestro que permaneciera de matador 40 años; ni nadie habría podido imaginar, en los cerca de tres siglos de existencia de la tauromaquia, que alguien fuera capaz de seguir en activo con 65 años, que es la edad recién cumplida de Curro Romero.

Gregorio Sánchez fue su padrino de alternativa; Jaime Ostos, el otro espada de la terna, y lidiaron toros del conde de la Corte. Se abría entonces para el toricantano un largo camino que estuvo marcado por las actuaciones sublimes, por los fracasos estruendosos y también por las cornadas, algunas de mucha gravedad. Y ahí sigue, aún, con las ilusiones del primer día, rejuvenecido y capaz de conmemorar con una oreja el aniversario de su alternativa.

 

 

 
Seis verónicas o más sin enmendarse
El Mundo
Javier Villán  
 

Curro Romero explicó por qué el toreo es otra más de las bellas artes

Una vez, con ánimo de cargarse las veleidades taurófilas de la redacción en que trabajaba, Eugenio Noel hizo una encuesta sobre los acontecimientos decisivos de este siglo. Y salió, entre ellos, «seis verónicas de Belmonte sin enmendarse».

Pues eso; ayer en La Maestranza Curro Romero engendró, parió y elevó a los cielos seis verónicas, seis o más, sin enmendarse. O enmendándose poco. Pero eso es lo de menos. Seis verónicas, seis o más, sin necesidad de enmienda. O de poca enmienda. Como aquéllas de Belmonte que hicieron crujir los fundamentos científicos y antitaurinos de Eugenio Noel.

Hubo algo más: hubo el tiempo en otras dimensiones; hubo el ritmo, la cadencia y el sentimiento profundo. Y un molinete airoso. Y, todavía, algo más insólito en estos días: hubo una trabazón de la faena, aunque no redonda, que no fue un goteo intermitente de pases aislados, sino un argumento: una arquitectura. De esa faena, en especial, tres redondos de majestad; las trincherillas como un golpe de ala, de ala de pájaro inmaterial; algunos medios naturales que parecían enteros por el empaque; un pase de pecho.

Voluntad y arte; drama y desasimiento, espiritualidad y materialidad, cuya síntesis es un estado de perfección y pureza.

Curro Romero prescindió de la técnica, que la tiene y que había exhibido en el primero. Mi teoría sobre la técnica de Romero es muy sencilla. Primero, con el capote, hace creer al toro que es toro de lidia. Luego, con la muleta, acaba por desengañarlo; machetazos leves, leves toques a los costados; como si en vez de preparar al toro para la faena, lo preparara para la muerte.

Naturalmente, el toro se prepara para la muerte, y de allí no hay quien lo mueva. Lo que Curro ha hecho en esos breves momentos de castigo chapucero es labor de filosofía didáctica: ha convencido al toro de que no ha nacido para embestir. El toro se lo cree y se para. Esto es lo que hizo ayer en el primero; en el segundo prescindió de esa sabiduría y derrochó el arte a torrentes; prescindió de esa técnica inhibidora e inundó la plaza con un sentido de la tauromaquia intemporal. Es difícil ponerles diques a la emoción y al arte. Sobre todo, cuando esa emoción y ese arte vienen, pausadamente, de la mano férrea y suave, terciopelo y hierro, de Romero.

El delirio, la comunión de los santos, la procesión en pos de la  eternidad. O sea, Curro Romero. Si llega a matar, le entregan La Maestranza entera. Pero yo creo que mata mal porque les tiene alergia a las orejas: las orejas son una grosería peluda impropia de artistas inmarcesibles como Romero. Por eso, creo yo, pinchó: para no manchar sus manos divinas con la vulgaridad de una oreja.

A Enrique Ponce lo persigue la desgracia. Tener que torear ayer después de lo que había hecho Romero acaba con cualquiera. Y mucho más con Ponce. Cuando lo sacan de las becerradas que él elige, se pega el batacazo. Y con los becerros se lo está empezando a pegar también. Yo no digo que el juampedro de ayer, el segundo, fuera un becerro, pero casi. Los juampedros eran melocotón en almíbar para el exquisito paladar del poncismo militante.

Y, salvo el gesto de genio de querer imponerse a las circunstancias en el quinto, Ponce se marchó de la plaza sin euforias. Salvo para el poncismo militante. Si le bajaba la muleta al juampedro, se le venía al suelo, y, si la subía, se iba por los cerros de Ubeda. ¿Dónde está la famosa técnica del number one?

Enaltecer otra vez el valor y la gallardía de Rivera Ordóñez empieza a ser estéril. Primero, porque los ha demostrado suficientemente; segundo, porque el valor a un torero, como a los militares, se le supone. Rivera Ordóñez tuvo ayer la negra suerte de que le tocaran los dos mansos rajaos; los dos toros absolutamente descastados de la descastada corrida. Ante eso el
valor de Rivera se estrelló.
 
 
A Curro Romero se le durmieron los brazos a la verónica para soñar el toreo
ABC
Vicente Zabala de la Serna


Curro Romero montó un alboroto de tal calibre con el capote que hasta los cimientos de la Maestranza temblaron. Qué manera de torear, qué belleza, qué empaque, qué cintura, qué lentitud, qué arte. Nacían las verónicas ya paradas de sentimiento, y mecían la embestida hasta hipnotizarla. Además, después, Romero dejó pinceladas y muletazos con el empaque y el aroma de su toreo camero y dio una clamorosa y emocionante vuelta al ruedo.

Iba la corrida cuesta abajo cuando a Curro se le durmieron los brazos, y se olvidó de todo. Mecía las embestidas a la verónica y las paraba en esculturas calladas. Torear tan despacio, torear así, a un toro de salida no es posible si no se tienen las muñecas partidas. ¿Cómo quieren que luego maten las mismas manos que acarician con tal suavidad el aire y crean monumentos y enamoran, caídas como ayer, cuando cae la tarde? Cuando se cerró la media, la plaza se había convertido en un manicomio, en un maravilloso manicomio. Los oles brotaban desde los tendidos hacia arriba, hacia el cielo, hacia Camas. Bendita locura de seguir toreando a su edad, porque momentos así no los congela ni los cincela nadie más que él, nadie más que Romero. Lo acaecido en la Maestranza raya lo inenarrable. Sería imposible que el cronista con su torpe pluma plasmara con toda la intensidad el éxtasis vivido.

A continuación, Curro, crecido, volvió a la cara del noble «juampedro» para esculpir nuevas y sin embargo eternas verónicas, extraordinarias por el pitón izquierdo. Y la gente, de nuevo, en pie, rompiéndose las manos y desgarrándose la garganta. Quería el Faraón el cambio con un solo puyazo, y el presidente lo consintió. En ese instante el torero volvió a hermanarse con el arte, pero el toro se derrumbó. Daba igual que el animal no valiera nada, valía para lo que valía, para que Romero dibujara verónicas en el aire. ¡Ay si Benlliure viviera!

Se le veía al veterano maestro con el nerviosismo de un debutante, de un chaval que empieza. Incluso, se aceleraba pidiendo los trastos y los cambios de tercio. Mas la celeridad desaparecía en la cara del toro, para dar paso a muletazos de ensueño, arabescos de fantasía plenos de inspiración. Derechazos y naturales siempre fueron medios pases, templados pases que exaltaban al gentío. Surgió, incluso, un molinete, ya en las postrimerías de aquella maravillosa historia que quedará en la retina y en las mentes de todos los que tuvimos la enorme suerte de presenciarla.

Dio el camero una vuelta al ruedo apoteósica, pletórico, soñando  todavía como había soñado el toreo. La vuelta vino, claro, después de que los aceros mataran al toro (curiosos, ver la ficha).  Hasta entonces, la historia de la corrida había dado muy poquito de sí, tan poco que apenas había nada que contar. Curro había estado decidido en la salutación del fuerte y violento primer «juampedro». Las cuatro o cinco verónicas que surgieron engarzadas contuvieron empaque y aroma, pero no cristalizaron ni rozaron la altura de la obra posterior y antes contada. El toro derribó con violencia dos veces al caballo, y el ídolo de Sevilla hasta para el quite estuvo ayer presto y dispuesto. Mas luego, la disposición se diluyó entre el potencial del bravucón astado y el viento. El torero optó por meterse por los cuellos desde un principio, tocarle las orejas y los costados, para después ponerse pinturero cuando el ejemplar de Domecq ya se había parado. Desde la distancia dejó media estocada que refrendó con un eficaz golpe de verduguillo.
 
 
 
Antonio Burgos
El Recuadro, 01/04/98
El Mundo de Andalucía

La jara ya está en flor por el camino. El coche de cuadrillas sube cuestas adivinando tardes de corridas. Atrás van los fundones de capotes, la muleta, la espada simulada que es lo único falso en este coche, donde el apoderado va explicando los carteles de mayo en San Isidro, y el maestro, sentado junto al chófer, reposa la mirada por los montes, los blancos caseríos de la sierra, y las vacas que aguardan esta tarde. Un silencio de campo nos espera en cuanto que se abren cancelines y caminos de albero hacia la casa. La casa llama siempre el ganadero a la finca, al cerrado, a la placita en donde por los días de tambores y de vísperas ciertas de la cera, las eralas nacidas de los vientres de las vacas sagradas de los libros embestirán un peto, mientras muestran en el lomo su sangre de bravura.

El cuarto del cortijo es esta tarde habitación de hotel para el maestro. Los machos se han cambiado en los caireles del pantalón campero que ahora ciñe el mozoespadas que los botos lustra, todo dispuesto siempre como un rito. El patio está en silencio cuando sale. Cantan pájaros y todo suena a campo. Encinares le llevan a la plaza, que es una tapia blanca de silencio, apenas roto por la flor bravía. Suena el campo esta tarde a primavera cuando las vacas al corral llegaron entre galopes de los mayorales, y los muchachos en la tapia esperan, la muleta guardada en un hatillo.

"Cuando quiera, maestro", dice el dueño, mientras ronda las yerbas el caballo del picador que ahora entra en la plaza. Todo es rito, silencio, la corrida más campera que nunca vio la jara. Tendidos de humedades, la libreta donde se apuntan hierros y embestidas, el burladero roto de cornadas de eralas que repiten la bravura. Nadie mira, no hay público ni banda, el paseíllo apenas es este gesto, del maestro mirando al de la puerta. Y se abre el portón por donde sale una erala, un número que canta el mayoral que ha abierto los cerrojos. El caballo la espera entre los cantos del silencio de pájaros de siglos. Voz de campo, el piquero cita y llama. Levanta la garrocha mientras pone el pecho del caballo recibiendo. Se oyen la embestida, las pisadas de la becerra sobre el pisoplaza. Vuelve y recuerda al peto su linaje. Un capote la cierra, otro la lleva nuevamente al caballo, ahora la ponen en donde una libreta apunta cifras que sólo el dueño de esta casa entiende.

Hasta el vuelo se oye del capote cuando el maestro va templando ahora la embestida, tan nueva, de la vaca. En la encina los pájaros contemplan un horizonte donde está apartada la corrida, tan seria, de Sevilla, la otra de Madrid, la novillada que mañana se embarca para El Puerto. Y el usted, y el maestro por delante, y ese rito perfecto que les sale de los fondones de la misma historia. Y con miradas, hombres que se entienden, ese peón que ahora echa el capote, y a una mano se trae a la bacerra hasta un tercio soñado de vegueros. Y la muleta, breve, bien armada, por bajo la recibe, da salida a esa sangre tan nueva que enrojece el lomo vareado de la erala. Y cumpliendo esa sangre, la becerra mete la cara en esa tela roja, como si nunca hubiera hecho otra cosa, y repite embestidas que barruntan tardes de dos orejas con sus hijos. Acaso en el tendido de humedades, alguien dice ese "bien" con que acompaña el sentimiento a un natural templado. "Ya está vista", comentan en la boca de un burladero viejo de olivares. "Muchacho baja", dicen al que espera. Y la muleta del hatillo imita lo que ha visto el muchacho a ese maestro, que ahora fuma un cigarro y bebe un trago. "Otro más y el de pecho" es la medida que el dueño de la casa dicta ahora. Y la puerta se abre nuevamente a libertad de campo y de jarales, y la erala, encelada en los engaños, se encampana en la gloria de su hierro, hasta que a gritos los vaqueros logran que retorne a los campos su bravura.

La jara que está en flor por el camino ceremonial se ha puesto en esta tarde en que tientan las vacas en el campo.

 
 

Antonio Burgos
El Recuadro
Diario El Mundo
18/03/99

Hemos pasado del Mercado Común a la Unión Europea, del dólar al euro, de la catástrofe de Ribadelago al Mitcht en Centroamérica, del Concilio Vaticano a la teología de la liberación, de Don Juan en Estoril a Don Juan Carlos I en La Zarzuela.

Hemos pasado del Fuero de los Españoles a la Constitución, del Sindicato Vertical a CC.OO. y UGT, de los tranvías al AVE, de Fidel Castro en Sierra Maestra a Juan Pablo II en La Habana , del Valle de los Caídos al Guggenheim, de la guerra de Ifni a la "kale borroka", de los pantanos a la sequía, de Bahamontes a Carlos Moyá, de Luis del Sol a Alfonso, del Plan de Estabilización a la política de convergencia, de los convenios colectivos a las 35 horas, de la emigración a Alemania a los africanos de las pateras del Estrecho.

Hemos pasado de la mecedora de Kennedy a la becaria de Clinton, de la China de Mao al Pekín de MacDonnald, de la Unión Soviética a Rusia, de las purgaciones al sida, de la Falange al felipismo, de las plazas y provincias africanas a los eurodiputados, del Tratado con los Estados Unidos a Maastricht, del "Azor" al "Fortuna", de la televisión en blanco y negro a Vía Digital, de las conferencias con demora a la tarjeta Movistar Activa, de Aceves Mejías a María la del Barrio, del Pequeño Ruiseñor a Rociíto, del 600 al BMW.

Hemos pasado de Educación y Descanso al Imserso, de Auxilio Social a las ONG, del hambre a la anorexia, de José Luis Pecker a Iñaki Gabilondo, del Dúo Dinámico a Los del Río, de los pisos de los Sindicatos a la casita adosada, del corral de vecinos a la parcela, de la Feria en el Prado a la Expo en La Cartuja, del Madrid del Conde de Mayalde al Madrid de Alvarez del Manzano, de la Barcelona de Porcioles a la Barcelona de Pujol, de los tebeos a las consolas de videojuegos, del hornillo de petróleo al microondas, de la carbonería a los paneles de energía solar, del último cuplé a Siempre Así, de Concha Piquer a Rocío Jurado, de Juanita Reina a Isabel Pantoja, de Di Stéfano al Piojo López, del Bisontes al Fortuna Light, del Día del Domund al Día de la Mujer Trabajadora, de los ejercicios espirituales al gimnasio a las ocho de la mañana, de Cela a Pérez Reverte, de Alfonso Paso a Els Joglars, de Doña Carmen a Ana Botella, de El Pardo a La Moncloa, del carro de la nieve al congelador, del disco de pizarra al compasdís, de las pesetas rubias a las tarjetas de crédito, de la sonrisa de Pepe Solís a la sonrisa de Javier Arenas.

Hemos pasado de la tienda de ultramarinos al hiper, del Festival de Benidorm a Los Cuarenta Principales, de Eurovisión a la CNN por satélite, de la cuadrilla de Rafael Franco a los hermanos costaleros, de José Luis y su guitarra a Paco de Lucía, de Caracol a Niña Pastori, de Pastora Imperio a Sara Baras, de Pepe Isbert a Santiago Segura, de José Luis Sáenz de Heredia a Alex de la Iglesia, de De Gaulle a Edmund Kolh, de Dalí a Miguel Barceló, de los cines de verano a los multicines, de la freiduría a la pizzería, del crimen de Jarabo a la boticaria de Olot, del Día de los Caídos al Día de Andalucía, del SEU a la movida, del Impuesto de Utilidades al IRFP, de la dictadura a la democracia.

Al cabo de cuarenta años, el único que aquí sigue siendo el mismo se llama Curro Romero.

Sentencia Judicial:
EL CURRISMO, UNA FORMA DE ENTENDER LA VIDA

"Ser Currista es un sentimiento altruista, una forma de entender la vida"

Un currista de pro y más si es de Camas (Sevilla), como el Faraón, es lógico que tenga "una ardorosa reacción defensiva" si se ataca a su ídolo. No importa que el fan de Curro Romero defienda al diestro en su puesto de trabajo, incluso insultando a voces a un cliente y casi llegando a las manos, lo que le costó el empleo. Así lo entiende un juez del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, quien cree que para el despedido, el Faraón de Camas es el "creador de una ilusión permanente, de una esperanza incondicional y una forma de entender la vida", por lo que es "lógico" que defendiera al diestro. Es más, en esa disputa, "no fue el ofensor, sino todo lo contrario".

La sentencia de la Sala de lo Social de Sevilla del TSJA, de la que ha sido ponente el magistrado Santiago Romero de Bustillo, confirma un fallo del Juzgado de lo Social número 9, que consideró injusto el despido de José Domingo Ruiz Florencio, un conductor de la empresa de saneamientos Arance Sevilla. El fallo relata que el 10 de marzo de 1998, el despedido se sintió ofendido por una frase que escuchó en una caja del establecimiento, donde pagaban dos clientes. Uno de los dos hizo un comentario "en tono jocoso" sobre las pocas corridas que ese año tenía Curro.Ruiz Florencio no se lo pensó: "Quien tenga cojones, que me diga eso en la cara". "Eso va por mí", replicó uno de los clientes. "Por quien lo haya dicho", contraatacó el currista, según la sentencia, "sin que conste ninguna pelea o altercado". La cosa no se quedó ahí. A los diez días, Ruiz Florencio recibió una carta de despido, en la que se relata que el conductor comenzó una riña con el cliente, "en la que se permitió calificarlo de cabrón, hijo de puta, cornudo...", y añade que ambos no llegaron a las manos porque lo evitó el vigilante jurado.

Arance entendió que esos hechos y el que Ruiz Florencio "hubiera sido apercibido con anterioridad, dado su carácter enormemente violento" eran justa causa de despido, según el artículo 54.2 del Estatuto de los Trabajadores. El currista recurrió y el centro de arbitraje le dio la razón, lo mismo que el Juzgado de los Social. La empresa apeló para que le confirmaran el despido. Pero no fue así. El fallo del TSJA insiste en que Ruiz Florencio es "un gran aficionado a los toros y conocido currista por los empleados y clientes de la empresa". El juez percibe que en la mofa sobre las pocas corridas de Curro se notaba que había "familiaridad y conocimiento" entre los contendientes, por lo que resta importancia al hecho de que la disputa taurina ocurriese en el centro de trabajo. En el fundamento de derecho segundo es donde el magistrado, también reconocido currista, según allegados suyos, hace una profesión de fe del Faraón de Camas. Dice que los clientes habituales eran, "sabedores de la afición del demandante y de su sentimiento currista, que es indudable y notoriamente altruista en favor del diestro, arraigado y profundo como el que más, creador de una ilusión permanente, de una esperanza incondicional y de una forma de entender la vida, por lo que exige el máximo respeto de quienes no -o sí- lo tienen".

Cuando se falta a ese respeto a Curro, "es previsible la reacción ardorosamente defensiva de quien lógica y naturalmente se considera ofendido, como le ocurrió al demandante (...) que, por ende, no fue ofensor, sino todo lo contrario". Por ello, el juez cree que el comportamiento del conductor currista "no puede incluirse en el artículo 54.2c del Estatuto de los Trabajadores, dado que además no se produjo pelea ni alteración alguno en el centro de trabajo de la demandada". Resultado: anula el despido y le impone las costas a Arance Sevilla.

El País 12 de Febrero 1999

Víctor Arrogante

 

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