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Víctor Arrogante
 

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TauromaquiA

 

Antonio Bienvenida

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Con Don .José María de Cossio

 

  La quinta esencia del torero

Joaquín Vidal
El Pais 7 de octubre de 2000

Tal día como hoy, a primeras horas de la tarde, moría en el hospital madrileño de La Paz el maestro Antonio Bienvenida, artífice de la quintaesencia del toreo, como consecuencia de una fractura de cervicales que dos días antes le había ocasionado la vaquilla Conocida en la ganadería de Amelia Pérez Tabernero. La res, a la que ya se había dado puerta y galopó al campo, inexplicablemente volvió grupas, entró en la placita de tientas y cogió desprevenido a Bienvenida, al que derrotó por la espalda y le dio una voltereta tremenda. Las lesiones que se produjo al caer fueron irreversibles. El hermano del diestro, Ángel Luis, que le acompañaba en el tentadero, lo trasladó a Madrid y dispuso la asistencia sanitaria, que no tuvo resultado.La noticia de la muerte produjo una enorme conmoción en todos los ámbitos sociales e institucionales pero sobre todo entre las clases populares, para quienes Antonio Bienvenida era uno de los grandes personajes de la época. Al día siguiente, antes del entierro, ante una emocionada multitud que abarrotaba la plaza de Las Ventas, se dio una vuelta al ruedo al féretro.

Antonio Bienvenida, hijo del mítico Papa Negro, era el tercero de una gloriosa dinastía. Pero la historia dice sobre todo que fue la quintaesencia del arte de torear.

Ya lo comentaba la afición coetánea: "El día que se retire vendrá la decadencia de la fiesta". Y este augurio, cuya certeza ha demostrado el tiempo, se fundamentaba en las características de Antonio Bienvenida que no tenían parangón: vocación total, respeto litúrgico por la profesión, entereza asombrosa para superar los infortunios que le acarreó, conocimiento enciclopédico de las suertes de la tauromaquia, una técnica acendrada para ejecutarlas, una insuperable pureza interpretativa.

Se ha comentado que Antonio Bienvenida era el torero de las sonrisas, y para desmerecer su arte lo han venido propalando algunos taurinos. A "dos trincherazos y tres sonrisas" pretendieron reducir los merecimientos de sus memorables actuaciones. Y es una falacia probablemente fruto de la ignorancia que sobre la fiesta tienen la mayoría de los modernos taurinos y sus pupilos. Bienvenida sonreía al torear, cierto, lo cual mostraba fácil lo que estaba realizando con el peligro que entraña ejecutar la versión más pura de cuantas suertes conforman la tauromaquia.

Fue torero de tardes memorables y de fracasos sonados. A Antonio Bienvenida, ni en Madrid -que era su plaza- se le perdonaba movimiento mal hecho. Las más encendidas broncas se le han dedicado a este torero. Ahora bien, nunca por torear mal, porque no sabía torear mal. Sus malas tardes contenían secuencias de inefable torería. Se doblaba con el toro ganándole terreno mediante unos muletazos que ponían al público en pie, remataba en los medios, y allí, ya dominado el toro, montaba la espada y entraba a matar. Naturalmente trocando los olés en furibundas protestas.

Las tardes en que salía decidido a triunfar alcanzaba lo sublime. El toreo al natural nadie lo ha interpretado con mayor autenticidad. En la corrida del Montepío del año 1955, una de las históricas de su intensa carrera, lidió seis toros con asombrosa perfección y les hizo seis faenas de muleta distintas. Todo tipo de suertes iba desgranando según las condiciones de cada res. Hasta en un derribo (entonces los toros no se caían, tomaban las tres varas, solían derribar) sorprendió el quite que le hizo al picador caído al descubierto, envolviendo la cara del toro con el capote para que no lo viera. La tarde iba apoteósica y en el cuarto toro alcanzó la cumbre: ligó tres tandas de naturales en un exiguo espacio de redondel que enloquecieron a la afición y dejaron la muestra indeleble de lo que es torear.

La faena que años después hizo en San Sebastián de los Reyes a un toro de Cembrano ha quedado como la mejor de su vida y es cierto. Sin embargo la afición salía de la plaza comentando también el trasteo de pitón a pitón, pura filigrana, con que ahormó el peligroso cabeceo del toro lidiado en primer lugar.

El arte de Bienvenida no se limitaba al estilismo sino que era un lidiador nato, con vastos conocimientos acerca de las características de los toros y un amplio repertorio para dominarlos.

La corrida-concurso de Jerez del año 1965 constituye un revelador referente. La toreaba Bienvenida mano a mano con Antonio Ordóñez y el quinto toro, de nombre Cubanosito, pertenecía a la ganadería de este torero. Bienvenida no permitió a Ordóñez que entrara a quites. Asumió la lidia, ordenó al picador que se colocara en un determinado lugar y desarrolló un recital de toreo de capa poniendo en suerte al toro, que se arrancaba presto al caballo, desplegando un fastuoso surtido de lances ante el asombro de la afición jerezana que disfrutaba con aquel espectáculo. Llegado el turno de muleta, Bienvenida toreó por la derecha y por la izquierda sin ayuda de estoque convirtiendo cada pase en un alarde destinado a exhibir la nobleza del toro, que fue indultado. Todos pasaron a la historia por aquello merecidamente; aunque a un servidor le pareció que el toro no era tan bravo como demostró Bienvenida jugando con sus querencias.

Pasajes dramáticos marcaron la trayectoria profesional y humana de este torero de leyenda. La cornada de Barcelona, el año 1942, al dar el pase cambiado, que quizá no se le curó del todo en la vida; la del cuello en Madrid el año 1956; otras muchas a lo largo de su trayectoria. Hay otras facetas insoslayables en su biografía como la denuncia del afeitado, que puso en evidencia a las muchas figuras que se aprovechaban entonces de aquella corrruptela. El recuerdo de Antonio Bienvenida, vivo para quienes conocimos su toreo, requiere más perfiles pues mantuvo la esencia del arte de torear en muy diversas épocas de la tauromaquia. Por ejemplo, ya en tiempo de Manolete, que había cambiado el parar, templar y mandar por el ventajista toreo de perfil; las etapas de Aparicio y Litri, de Ordóñez y Manolo Vázquez -dos de los pocos diestros de escuela-, del Chamaco con su pase del fusil, del arrojado Chicuelo II, de tantos como iban y venían tomando la cabecera de los escalafones e imponiendo modas. Antonio Bienvenida constituía la reserva, a veces única, del toreo verdadero. Hasta en aquella década desgraciada de los años 60 en la que la fiesta se llenó de corrupción, del arte de torear hicieron mofa, lo convirtieron en esperpento y dieron el mando del toreo a un zafio caricato llamado El Cordobés.

Retirado El Cordobés aún quedaba Antonio Bienvenida, manteniendo vivos los cánones de la tauromaquia eterna. Se retiró en octubre de 1974 y unos meses después la vaca Conocida causaba la tragedia. "El día que falte vendrá la decadencia de la fiesta..." Y el augurio acertó. No hay más que mirar este yermo campizal de la moderna tauromaquia. El arte de torear, su riqueza y su quintaesencia son pura entelequia.


Cuatro décadas en lo ruedos

Antonio Mejías Jiménez Antonio Bienvenida, tercero de los hijos de Manuel Mejías Rapela, Bienvenida, también llamado el Papa Negro, nació en Caracas (Venezuela) el 25 de junio de 1922. Debutó con picadores en Cádiz el 26 de junio de 1938 alternando con Pepe Luis Vázquez, y en Madrid en agosto de 1939. A primeros de abril de 1942 se anuncia su alternativa, mano a mano con su hermano Pepe y toros de Miura. Pero como la autoridad rechaza dos toros y se niegan a torear la corrida si no es completa, son ingresados en prisión. El festejo se celebra el día 9 del mismo mes.

A finales de julio de aquel año torea una corrida con otros cinco diestros y 12 toros en Barcelona. El último, llamado Buenacara, de la ganadería de Ignacio Sánchez, le pega una cornada terrible en el vientre al dar su famoso pase cambiado, de la que está a punto de morir y tarda meses en curar.

Inaugura Bienvenida la Feria de San Isidro el año 1947 y sufre una grave cornada. Aquel año torea su primera corrida como único espada, en Madrid, y alcanza tal triunfo que le llevan a hombros hasta su casa, en la calle de Príncipe de Vergara (entonces, General Mola).

El 12 de octubre de 1952 torea la corrida del Montepío de Toreros, en Las Ventas, con Juan Silveti y Manolo Carmona, que es un gran éxito y una fecha histórica en la fiesta. Bienvenida había anunciado que las astas de esta corrida estarían íntegras -como así fue- y denunció el fraude del afeitado. Ante el escándalo que produjeron estas manifestaciones, la autoridad tomó medidas contra el fraude, varias figuras se retiraron y otras vetaron a Bienvenida.

En 1955 torea en Madrid su segunda corrida de seis toros que es memorable. Aún lidiaría otras cuatro en su carrera. El año 1956, en Madrid, sufre una gravísima cornada en el cuello. El año 1960 se anuncia con 12 toros, seis por la tarde y seis por la noche, y además de que no pasa de mediocre, en la corrida de la noche sufre calambres y ha de retirarse dejando tres toros al sobresaliente.

Bienvenida se retira por primera vez el 16 de octubre de 1966 lidiando seis toros. Reaparecido en la Feria de San Isidro de 1971, permanecerá en activo hasta final de la temporada 1974.

 

 
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Recuerdos de un tentadero en El Berrocal

La vaca ‘borojeña’ que indultó Domingo ortega

Vicente Navalón

Domingo Ortega me había invitado varias veces a tentar en su ganadería. La última vez en la finca de Segovia con Antonio Bienvenida y Juan José como compañeros de faena. El maestro (antes sólo llamábamos así a los verdaderos maestros y ahora he visto darle este tratamiento a Andrés Hernando y otros tarugos por el estilo) estaba ya un poco mosqueado conmigo porque las dos invitaciones anteriores le di plantón. La primera por el compromiso de dar una conferencia imprevista y la otra porque a mi madre la tuvo que operar el Dr. Hidalgo. No deja de tener su gracia que don Manolo fuera el cirujano de Franco y dejara como nueva a la señora de un republicano. 

El caso es que a la tercera pudimos disfrutar viendo a un hombre con setenta años con las vacas con la misma parsimonia que pisaba las alfombras del Casino de Madrid, donde solía convidarme a comer. Nos daba vergüenza salir a torear después de verlo dominar el paso de los años con aquella pasmosa seguridad y todavía recuerdo las cosas que me decía Antonio Bienvenida (con toda su historia a la espalda), admirado por la forma de colocarse en cada pase aquel anciano del pelo blanco que dejaba a los erales en suerte con un capotazo y luego la miraba, dándole las ‘bendiciones’, y se volvía de espaldas andando muy despacio hasta la boca del burladero seguro que el animal no iba a moverse de su sitio. 

Cuando ya estaba muy torpe de piernas, tuvo la suerte de encontrar el cariño de José Antonio Hernández Tabernilla, que lo llevaba a los pocos sitios donde se le antojaba ir. Una dulce mañana de otoño se presentaron en El Berrocal acompañados de Marisa, la espléndida señora del ganadero madrileño a la que hace unos días volví a encontrar en una cena de Ciudad Rodrigo conservando su encanto y su palmito. El caso es que El Viti se estaba retrasando más de lo prudencial y Domingo Ortega dijo que empezáramos a tentar, que ya habíamos respetado la prudencia de esperar a una figura. 

Tuve suerte que las vacas salieran buenas y sólo dos se llevaron la nota del desecho bueno. Cuando acabamos, Ortega me dijo que la que más le había gustado era la coloradita que toreó Ángel Teruel (en el año de su gloriosa reaparición) precisamente una que había desechado por falta de codicia en el caballo. Domingo razonó que en cambio había tenido un temple y un son en la muleta muy difícil de igualar. Que una vaca con esa calidad no se podía desechar. La dejé para criar y le cambié el nombre, llamándola ‘Borojeña’ en honor al pueblo toledano del gran torero. El tiempo demostró que tenía razón. Echó un macho y cuando le tentamos la primera hembra salió pronta y noble hasta empalagar a Curro Vázquez, que disfrutó derrochando torería. Cuando el becerro del primer parto se hizo un novillote hermoso, lo escogí para torearlo en un festival de mucho compromiso y fue tan noblote que le corté el rabo sin que me diera un mal rato. Antoñete y Roberto Domínguez dijeron que había hecho trampa en el sorteo. Y tenían razón. Las pocas veces que nos vimos después, Domingo me preguntaba por la vaca y ensalzaba su temple en nuestras tertulias. Yo lo felicitaba por haber acertado en lo que yo no había sabido ver. Parece mentira que siendo un hombre de campo y teniendo en sus manos la ganadería más pura de Parladé, Domingo nunca logró triunfar como ganadero de postín. Una vez más se cumplió el dicho de que quien toca la guitarra no sabe hacerla, como le había pasado a Lagartijo, a Belmonte y a todas las grandes figuras que no lograron ser buenos ganaderos. 

Otra mañana de sol, cuando salía a ver el ganado, me llegó la noticia de la muerte de Domingo, el primer torero vestido de luces que había visto en la feria de Salamanca cuando mi padre me convidó a la feria por haber aprobado el cuarto de bachiller. Llevaba un traje grana y oro y como había oído decir que los toros sólo embestían a lo colorado, le pregunté por qué no cogía al torero si llevaba la taleguilla roja. «Es que el toro embiste a lo que se mueve, por eso los toreros que se están quietos mandan mucho más». Fue la primera lección. Mi padre era un gran aficionado porque se murió sin haber leído a Zabala, ni al Palabrero, ni al Fenicio. Esa tarde también descubrí a Pepe Luis Vázquez, que era el torero de mi padre. Pero la muerte de Domingo me dejó entristecido todo el día, porque siendo un hombre tan reservado y tan poco amigo de ‘hablar con extraños’, sólo permitió la entrada a sus tentaderos a dos críticos: a su entrañable Cañabate y a mí. Pese a todo lo que presumía Zabala, ni Antonio Bienvenida ni Domingo Ortega lo dejaban meter baza cuando hablaban de toros. Antonio era más intransigente. Más de una vez le dijo delante de mí: «Cállate Vicentón que de ésto no sabes una palabra». 

 

 Pero la historia de aquel tentadero tuvo un final conmovedor porque el mismo día que se murió el maestro, cuando pasaba por el cercado de El Regato de la Mora, vi una vaca muerta debajo de una encina y al acercarme comprobé que era aquella colorada que se llamó luego ‘Borojeña’ cuando Domingo Ortega le perdonó la vida. Y el destino quiso que muriera el mismo día que aquel torero inolvidable

 

 

Víctor Arrogante

 

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 visitas   14/11/2006