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Cuando
Antoñete se atrajo al toro y lo llevo, embebido,
humillado, seguramente embrujado, en dos ayudados
por bajo de asombro, y luego se lo echó por
delante con el de pecho, aquello sí me toreo de
categoría, aquél si era llevar la técnica y el
arte de torear a la cumbre, aquélla sí fue
locura en la plaza.
El
público se habla puesto en pie; de clamor la
ovación, Antoñete miraba retador, transfigurado,
a los tendidos, con el toro delante, sometido por
el dominio de su toreo, cuadrado para la estocada.
Una estocada que no llegó y a nadie le importó
demasiado, pues el triunfo, de verdadero alboroto,
se había producido.
Madrid,
donde gusta el toreo auténtico, está con Antoñete,
uno de sus más consumados artífices. La afición
madrileña lleva toda la temporada suspirando por
quien ya es su ídolo, y cada vez que ve un toro
bueno exclama: "¡Ay, mi madre, si le sale éste
a Antoñete!". Y al fin le salió, el
domingo. El quinto de la tarde era el toro de Antoñete,
y Antoñete tenía el compromiso de torearlo como
su público había soñado, es decir, como los ángeles.
Sin
embargo, no acababa de crear ese toreo. Se echó
la muleta a la izquierda y no conseguía
acoplarse; pase a pase, todos terminaban en
violentos enganchones. Cambió a la derecha y la
primera serie le salió con altibajos, para
mejorar después. La tercera, principalmente, fue
muy buena, había torería, suavidad, empaque en
cada redondo, pero también un punto de
superficialidad. En cualquier caso, el toro de
Antoñete, muy noble, extraordinariamente pastueño,
estaba pidiendo a gritos la hondura con que el
propio Antoñete sabe ejecutar las suertes.
Y
fue entonces cuando llegaron los ayudados a dos
manos, con el de pecho, verdadera maravilla, y el
triunfo se hizo arrebatador. Muchas veces lo hemos
dicho: es una falsedad categórica, propalada por
taurinos al abrigo de la mediocridad, aquello de
que al público lo que le gustan son las faenas de
cien pases; es una falsedad demostrable y
demostrada, porque, cuando el toreo surge en
pureza, entusiasma de tal forma que no necesita
hacerse repetitivo. Es más, quizá ni sería
posible, pues si las suertes se instrumentan con
hondura, los toros apenas las resisten. Con dos
ayudados y un pase de pecho, Antoñete hizo el
domingo antología del arte de torear.
A
su otro enemigo le instrumentó unas dobladas
monumentales. El veterano maestro es, no cabe
duda, el que mejor ejecuta el ayudado por bajo,
ese pase de castigo, clásico y bellísimo,
recurso técnico habitual no hace tantos años,
que con la hegemonía de los pegapases había
empezado a caer en desuso, como tantas y tantas
otras suertes. A partir de las dobladas, Antoñete
no se centró con su toro. Hubo buenos redondos y
naturales, pero predominaban los enganchones de la
franela. Estaba claro que, para entonces, aún no
le había llegado el soplo de la genialidad.
Otros
toreros de arte había en la plaza, pero a éstos
la inspiración les llegó en lejanas y poco
perfumadas brisas. A Manolo Vázquez, para tres
sevillanísimos lances a la verónica, juntas las
zapatillas; un par de chicuelinas, asomos de torería
en su primer toro, que punteaba los engaños y,
por tanto, era de incómoda condición. En el
otro, que no punteaba nada, pero tenía casta, le
entraron ascos y ganas de escurrir el bulto. A
Curro Romero, las brisas de la inspiración sólo
le alcanzaron para tres verónicas de su marca.
Tenía su tarde negada, una de tantas. A su
primero no lo quiso ni ver —mantazo va, mantazo
viene—, y al otro, que ya era flojo de natural,
lo dejó inválido al castigarlo inoportunamente
por bajo. Fue una decepción, pero sin mayores
consecuencias, pues Manolo Vázquez y Curro Romero
tienen amplio crédito para futuras actuaciones.
La
desconfianza, la irresponsabilidad y equívocos
intereses se habían aliado para propalar el rumor
de que Manolo Vázquez y Curro Romero tenían
miedo al público de Madrid y no torearían el
domingo. Jamás hubo base para esta especie, que
no llegó a prender — pese a la insistencia del
bulo—, y la plaza se llenó hasta la bandera. El
público recibió a los toreros con una ovación
cerrada y les obligó a saludar montera en mano.
La afición intuía que el toreo grande se iba
a producir. Pero quizá ni llegó a soñar que
alcanzaría a tanto como en aquellos antológicos
ayudados de Antoñete.
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