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Víctor Arrogante
 

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TauromaquiA

 


 
Rafael de Paula

 

 
 

Así dicen que torea

Joaquín Vidal

Manuel Ramírez

Rafael Albaicín

 

Curro y Rafael
 

 
 
 

Homenaje en Madrid, abril 2006
Joselito y Morante de la Puebla

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Así dicen que torea

 

Joaquín Vidal
El País 28,  Noviembre 1981

Rafael de Paula describe la geometría del toreo

El toro de ilusión pasa por aquí y por allí. Paza, mejor, y vuelve, y se va a la cadera, y de la cadera derecha a la izquierda, y la palma de la mano lo guía, y tú piensas que si fuera así, caramba, dónde estaría el señor Soto -en los carteles, Rafael de Paula-; nunca más abajo de la gloria. Sólo falta que el público ruja y estalle en palmas de son, aunque seguramente en la nube del artista ese público existe también y está rugiendo y ha estallado en palmas de son. Cuando despierta son las tantas. Se nos han hecho las tantas hablando de toros. La pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe) había sido: dicen de usted que codillea. Y respondió: « ¿Qué, que yo codilleo? Tiene gracia. ¿Que codilleo? Es gracioso eso. Codilleo, codilleo, ¿y qué es codillear? Pero vamos a ver: ¿qué es torear? Si yo codilleara, me cogerían los toros. Al toro, mire, se le presenta la muleta así y se le llama aquí y se le lleva allá. Yo podría llevarlo lejos, porque sé mandar, tengo recursos y además brazo y estatura para dejarlo en la otra parte de la plaza, ¿me entiende? Pero eso no es torear. Al toro hay que llevarlo detrás de la cadera. El toreo no es en línea recta, sino en circunferencia. Circunferencia es el ruedo y circunferencia es el recorrido del toro tal como yo lo entiendo. Y bueno, a lo mejor doblo el brazo para hacerlo, ¿qué quiere que le diga? Lo encuentro tan irrelevante que apenas merece comentario».

Apenas merece comentario, pero estuvo un cuarto de hora explicándolo, en la teoría y en la práctica, con su geometría, que le obligó a rebullir por medio sofá. Y ya que estábamos, le pregunté por qué coge la muleta como si fuera una garrota. Y también encajó la acusación: «No siempre, ¿eh?, no siempre cojo el estoquillador de la muleta como si fuera... ¿una garrota dice?, tiene gracia. Recuerdo que en la crónica que me hizo de una corrida en Sevilla lo decía, y tenía usted razón, pues ese día, en efecto, agarré el engaño como si fuera un palo. Pero pocas veces más lo he hecho. Lo que pasa es que yo presento la muleta de frente, la sujeto con los dedos de la mano para abajo y, al doblar éstos, puede parecer que la agarro de mala manera. No; la muleta, plana, de frente, para el cite». Y cita.

Luego, cuando embarca, observas con asombro que esa mano vuelve la palma para arriba, como si imaginara que trae en ella al toro, y luego lo despide detrás de la cadera. ¡Detrás de la cadera siempre, en pura interpretación cireunferencial de la suerte! Pero de lo que se trataba con la entrevista era de entender el toreo de Rafael de Paula, el por qué de un arte cicatero que, cuando aparece, se muestra sublime, y a esas alturas ya lo tenías comprendido -o, al menos, lo esencial- y apenas hacía falta continuar la entrevista, pues el objetivo estaba cumplido. Pero, nada más que por enredar, le habías expuesto delicadamente otra cuestión: da la sensación, torero, que a veces no se acopla con los toros porque, empeñado en crear arte, olvida la técnica, o acaso no está muy puesto en ella.

'Sin técnica no se puede torear'

Y aquí Rafael de Paula -Rafael Soto en el mundo- niega de plano: «Sin técnica no se puede torear. La técnica, como el valor (¡ay, señor, qué mención tan inquietante en el artista gitano) son indispensables para hacer el toreo. Tienes que conocer el toro, el manejo de los engaños y las suertes. Y luego has de tener el valor suficiente para ejecutarlas. A partir de aquí vendrá la inspiración. Otra cosa es que yo quiera crear siempre arte. Es algo impalpable, muy difícil de explicar. Te sientes ajeno a todo, instrumentas los pases con musicalidad y poesía, pones el alma por encima de la inteligencia».«En realidad es que yo coloco el arte por encima de la técnica, en efecto, lo cual no quiere decir que me olvide de ésta. Le pondré un ejemplo: el pintor tiene una técnica, que plasma mediante la utilización de pinceles. Pero, de repente, le viene un soplo de inspiración, rechaza los pinceles, moja el dedo pulgar en el color, garabatea en el lienzo; el que lo está mirando dirá que se ha vuelto loco, pero cuando acabe le habrá resultado una creación artística. Lo mismo sucede en el toreo, que sobre técnica debe tener embrujo y poesía, pues sin ellas sería una cosa más».

Hay una acotación marginal del propio artista, que es la siguiente: «Lo cual no quiere decir que carezcan de mérito los gladiadores del toreo; pero me entiende, ¿verdad?». ¿Qué es el miedo, Paula? «Es una preocupación grande que te embarga. Tengo miedo antes del paseíllo y creo que a todos los toreros nos pasa lo mismo. Es miedo físico, pero es sobre todo miedo a lo desconocido, donde se mezclan todas las imprevisiones que van aparejadas al toro, al público y al propio estado de ánimo, porque no siempre sale uno igual al ruedo. En las vísperas de corrida frecuentemente lo paso mal, me encuentro desasosegado y apenas puedo dormir. Pero tengo comprobado que cuando duermo bien y las horas antes del festejo me noto relajado, me suelen salir las cosas bien delante del toro».

'¿Supersticioso?: No diría yo que no; lo normal'

¿Es usted supersticioso? «No diría yo que no; lo normal. Por ejemplo, cuando veo a un jorobado, es una cosa que me satisface. Digo: "¡Hombre, un jorobado, qué alegría!". Y si veo a uno con mal de ojo, me pongo malo. Un sombrero encima de la cama, tampoco lo soporto». ¿Y eso por qué, hombre? «Es una cosa fea, ¡puaf!, un sombrero encima de la cama. Los sombreros deben estar en la cabeza o en la percha».El caso es que a Rafael de Paula, tan arrellanado en el sofá, como si nada ocurriera, la procesión le va por dentro. Apenas quiere hablar de ello, pero la realidad es que tiene una rodilla seriamente lesionada y posiblemente se tendrá que operar. Uno de sus íntimos amigos nos decía que es auténticamente un inválido; de ahí que parezca que no puede con los toros: «Su temporada», añadía, «ha sido un auténtico martirio. El día que toreó mano a mano con Antoñete en Madrid salió medio drogado, a fuerza de calmantes. Su inferioridad física, que no ha trascendido al público, es muy preocupante, y la operación será inevitable».

«Algo de eso hay», nos dice el torero cuando le preguntamos, pero no quiere seguir por ahí. Prefiere hablar de toros y de toreo. De cómo ha evolucionado desde que tomó la alternativa en 1968, por ejemplo. Sí, es consciente de que la lánguida carrera profesional que seguía dio un giro radical únicamente por un quite: el que hizo en Las Ventas la tarde de su confirmación de alternativa. «Y lo curioso es», explica, «que entonces yo no toreaba bien con el capote, tenía muchos defectos; debió de ser por esa carga de embrujo que surgió de repente, lo que hablábamos antes de que el arte está por encima de la técnica. Y además ocurrió en Madrid, la plaza que da y quita, lo cual fue mi suerte».

'La buena tarde está por venir'

¿Su peor tarde? Y contesta: «Demasiadas». ¿La mejor? «Quizá en Vista Alegre, pero la buena está por venir». ¿Las broncas? «Una cosa amarga». Pero ya estará acostumbrado -y confesamos que nuestro comentario no deja de ser mordaz- «Pues no estoy acostumbrado», responde con gesto muy severo. «Yo salgo todas las tardes a hacer el toreo, y cuando no lo consigo, sufro una enorme decepción y un gran disgusto, que en algunos casos me han durado muchos días. Además, cuando eres veterano se te acrecienta el sentido de la responsabilidad, siempre intentas perfeccionarte, quisieras estar bien cada tarde. Esto no es un juego y no puede tomarse a la ligera». Broncas, «demasiadas». Pero las redime el arte. Rafael de Paula es ese torero geómetra y creador, que con sólo dos lances hechos de embrujo y poesía puede llevar toda una plaza hasta la locura. Y hay pocos así, naturalmente.


ABC Sevilla  | Sábado, 20 de mayo de 2.000

 Cante y canto es el toreo...

Manuel RAMÍREZ

Ya lo dejó dicho José Bergamín —cante y canto es el toreo/ es cante en Rafael de Paula/ y canto en Curro Romero—. Y antier por la tarde, entre palmas por bulerías y llantos de bronce, entre la cima de uno y la sima del otro, entre el triunfo de Curro y el adiós de Rafael, entre las mismas muñecas toreras que mecen las embestidas y duermen los pulsos, hubo el abismo del orto y el ocaso, alfa y omega, el infinito de la gloria y el cero de un infierno que ya, Dios mio, no podrá decir más aquello que en Jerez suena a compás porque Jerez es el compás, de... «hoy torea Rafael, y tó el barrio de Santiago está rezando por él», porque Rafael lloró después de torear y Romero quizás se llorara por los adentros tanto cuando veía a Rafael templando su verónica como cuando Paula se tiraba de la coleta rompiendo el misterio de un toreo de bronce puro que hace —no quiero escribir hacía...— carteles en cada lance o en cada muletazo.

Porque hay entre este cante, el de Rafael, y este canto, el de Curro, el garabato genial que hacen de cada uno de sus toreos cante y canto, canto y cante bajo el denominador común de lo impensable, lo increíble, lo inmarchitable y lo imperecedero.

Tenía que ser en Jerez, como en Jerez fue cuando el 12 de setiembre de 1964 —no hagan la cuenta de cuántos años han pasado, yo se la hago: casi treinta y seis...— Antonio Díaz Cañabate escribía —y fíjense si no parece que el viejo maestro también hubiese estado antier en Jerez— lo que sigue:

«Estamos en la plaza de toros de Jerez. Son las siete de la tarde. ¡Qué hermosura de calor y de color! ¡Qué buena almagama la del color y el calor de la Baja Andalucía! Tenemos sed. ¡Qué bien vendría una copita de vino! Curro Romero está en el ruedo. Clarines del último tercio. Curro Romero no coge la espada ni la muleta, sino una botella y un catavino. ¿Cómo va a torear con un catavino y una botella? ¡Ah! es que el catavino tiene la forma de una muleta y la espada es la botella. Tenemos sed. Estamos sedientos por ver el arte del toreo que duerme hace tiempo en las soleras de muy poquitos toreros. Curro Romero nos lo va a servir. ¿Fino?¿Oloroso? ¡Vaya por el oloroso! Empieza a torear, cada pase un sorbo. El vino de Jerez, como todo lo exquisito, es preciso saborearlo lentamente. Lentamente torea Curro Romero. Al cuarto o quinto pase, ya estamos peneques, ya baila y brilla en nuestros ojos la embriaguez que se deriva de lo bello. Los pases se suceden con espacio y despacio. El toro es noble, acude dócil, pero es necesario tirar de él, templarle. El toro tiene su temple. El torero tiene el suyo. Se unen los dos. Arte puro. Ni una sola vez una postura forzada o violenta. Ni por asomo aparece el mal gusto. Los pases se suceden variados. Cada remate es distinto. A cual más graciosos y garbosos. A cual más torero. El vino oloroso de Curro Romero ya se nos ha subido a la cabeza. La plaza de toros de Jerez está borracha de euforia. ¡Qué a punto grita el ole!».

«Tenía que ser el Jerez —seguía escribiendo Cañabate— donde el toreo de Curro Romero se convirtiera en vino oloroso. Toda la plaza borracha de entusiasmo, y Curro Romero, tranquilo, sirviendo las copas de los pases. Curro Romero se perfila, arranca recto y clava media espada en la yema. Rueda el toro sin puntilla. El toro y el torero también estaban borrachos. Las dos orejas y el rabo. Bueno ¿y qué? ¿Qué es eso? ¿Qué es eso al lado de los brincos del corazón emocionado por el arte puro, por el arte de torear olorosamente? Cada pase un efluvio. La faena de Curro Romero ha sido una de las más completas que he visto en estos últimos tiempos. No estoy equivocado. El arte de torear es lo que vengo proclamando sin desmayo contra el viento y la marea de pasajeras ofuscaciones, que encierran su mérito, pero que no pueden compararse con la auténtica, pura y eterna belleza de lo que es el arte de torear».

No es la primera vez que Romero, como han leído, haya formado un alboroto en Jerez. Ni, en el plan que está, será éste el último. Siempre que haya un toro por salir a una plaza, y esté Curro Romero en ella, podremos seguir soñando el toreo. Por eso, antier por la tardenoche, cuando hervía Jerez y Sevilla dentro de su plaza, volvieron a sonar, ay, los teletipos de las amapolas para que por Camas se supiera —ahora los teletipos son los móviles, pero las amapolas siguen teniendo el color de las muletas...— que Curro había cortado un rabo en Jerez, lo que son las cosas, cuando hizo ayer, 19 de mayo, treinta y cuatro años que este mismo torero cortaba ocho orejas en la Maestranza a seis toros de Murube.

Por eso antier, y ayer, y hoy, y por mucho tiempo, seguirá el currismo todo metido en los recuerdos de siempre y se tarareará aquel «Huele a Romero» que Manuel Mancheño Peña, «Turronero», cantaba aquel «y, si algún día, te vas del toro, nos moriremos de pena, recordando aquella tarde, con aquel toro de Núñez en Jerez de la Frontera» que, cambiando Núñez por Juan Pedro, se actualiza hasta ayer mismo.

Y, mientras uno tocaba la gloria con su toreo, Curro, otro, Rafael, entraba en las candelas de las lágrimas. El canto sin el cante. He oído hablar a Romero de Paula como a Rafael de Curro. Y siempre fue difícil calibrar quién admira más a quién, porque uno, a su manera —este Rafael de bronce— dice, musitando el hablar, pensando tanto como saboreando lo que quiere decir, arrastrando cada palabra como barre su capote el albero en embestidas de caramelo, que, mejor que Curro, nadie; y otro, también a su forma —este Curro faraónico— dice, todavía con menos palabras y a veces tan sólo con un gesto, que Paula es... Paula.

Uno vio, hace ya tiempo, cómo Rafael, en un buen toro suyo, cuando su capote le había bordado el toreo de cintura y muñeca, sentimiento y quejío que le salen de su alma torera, irse despaciosamente hacia Romero, con los andares descompasados de su propio compás, a ofrecerle al faraón sus propias telas para que siguiera bordando, porque puedo asegurar -y que me desmienta el viento- que nadie disfruta tanto viendo mecer el capote a este camero como este gitano legítimo de percales de bronce.

Un día escribí que todavía había que aguardar a verlos juntos de nuevo en un cartel para soñar con él desde las vísperas. Si sale éste, escribí, y si, encima, rompe en toreo, se habrá llegado al cielo. Y, si no rompe ese toreo que se sueña más que se vive —aunque antier se vivió más que soñarse— tampoco es poco que se desee vivir sobre lo soñado.

Y tuvo que ser antier, y en Jerez, con su tierras y con su gente, donde Rafael fundiera su toreo de ley y el sí rotundo de su arte, con el no profundo y doloroso de no poder más. Ya escribió Felipe Benítez Reyes —paulista del alma— que «Rafael es torero que no parece entender el toreo como profesión, sino más bien como revelación. Y si no como revelación —que puede sonar a cosa de santos y visionarios— sí desde luego como expresión. Como expresión de una manera de concebir y sentir y entender el sometimiento y muerte de un toro bravo. Y concebirlo, sentirlo y entenderlo por ser quien es y por ser como es: torero elegido por el misterio, y víctima de él. Porque no da Paula la impresión de ser torero de virtudes adquiridas, sino de dones regalados y “su manera” ni se aprende ni se enseña: suya es y con él acabará».

Con él, antier, en su plaza y con su gente, parece que acabó —su trayectoria profesional, no su magia torera— toda una forma, y “su manera” de hacer el toreo. Nos quedarán en la retina los vídeos de otros tiempos, aquella tarde en la madrileña Vista Alegre, con Antonio Bienvenida y Romero —Curro vuelve el martes a esa misma plaza que ahora es distinta— y tantas donde Rafael siempre dejaba abierto el portillo de las ilusiones. Al tirar la coleta, como un brindis hacia el destino, para Jerez se le iba un pedazo grande de sus sentires toreros; a la fiesta de los toros, una figura para paladares exquisitos que jamás confunden la cantidad con la calidad y les sobraba una gota de perfume sin hacerle falta una garrafa de colonia; y para Romero, el canto según Bergamín, se le iba, con el adiós de Paula, el cante de Rafael. Esa música, ese canto, ese melodioso eco que escuchamos con los ojos y con los oídos vemos. Tuvo que ser en Jerez porque era imposible que hubiese podido ser en ninguna otra parte...


Rafael de Paula; dicen de tí

Hacía falta una biografía de Rafael de Paula. O no sé si hacía falta, pero el caso es que no la había. Lo que más se aproximaba era el capítulo que le dedicamos en Gitanos en el ruedo, pues, en nuestro otro libro taurino, del hilo conductor no tiraba Paula, sino el paulista. En cuanto al firmado por Antonio Parra, es en realidad una larga interviú con el torero, no una biografía al uso. Tampoco las meditaciones de Benítez Reyes enhebran una semblanza cronológica y vital. Finalmente, el ensayo de Bergamín sobre el que tanto se habla y que tan poca gente ha leído no es un libro sobre Rafael, sino dedicado a él –lo que es bien distinto- y en el que se reflexiona sobre su toreo en idéntica medida que sobre el de muchos otros, de Antonio Fuentes a Pepe Luis Vázquez.

Paula (“la más insólita, errática, singular y auténtica figura del toreo”) ha sido, a entender de Francisco Reyero, un icono antes literario que taurino. Mucha literatura, en efecto, se ha intentado hilar so color de su singularidad… Mas siempre sin éxito, por cuanto raramente su auténtica vida al margen de los ruedos ha trascendido. En rigor, esa imagen de triunfador en la debacle y de hombre siempre en el punto de mira de la fatalidad, tan cara a los revisteros, se forjó a cuento de no otra cosa que los acentos y claroscuros de su toreo, y ya le acompañaba cuando apenas había estrenado dos vestidos de torear.

En consonancia con la confesa no afición a los toros del autor, sus lectores no hallaremos en esta obra un perfil lidiador de Paula, no sabremos si ha sido un torero de línea natural o cambiada, no nos llegará el menor eco de las polémicas clásicas entre paulistas y antipaulistas ni se someterá a nuestro juicio un pronunciamiento sobre lo que su paso por los ruedos ha significado en el toreo… Mas, pese a su expresa decantación hacia la faceta “literaria” del personaje, ha sido imposible a Reyero –y lo decimos como un elogio- escribir otra cosa que un libro taurino. Imposible, por la sencilla razón de que la taurina es la única actividad pública por la que ha ganado Paula bien merecida notoriedad. En las hemerotecas, el noventa y nueve por ciento del papel remite al Paula de luces; y tampoco el trabajo de campo lleva a otros predios que no sean los taurinos.

Recuerdo una tarde en Madrid que presagió la del toro de Benavides. Iba Rafael de negro y azabache. En el centro del anillo, muleteó sobre la diestra y con la mano muy baja a un toro que humilló para seguir su engaño en tres carbonosos chispazos imperecederos. Antes, las verónicas del quite. Al rematar con la media, el toro le arrebató el engaño. Pero se le aplaudió igual. Y sigo viendo aquellos ayudados por alto en el festival venteño, aquel quite a la verónica en Sevilla, y el de Málaga, sus giraldillas en Aranjuez, los lances de Chinchón… Y es que aquellos ígneos parpadeos de las sedas de Rafael de Paula, inolvidables para cuantos los vimos, eran, son y serán como un sueño, y como un sueño largamente implorado.

Joaquín Albaicín
Generación XXI, 1-15 Sept 05

 
 

Víctor Arrogante

 

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 visitas   14/11/2006