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Joaquín
Vidal
El País 28,
Noviembre 1981
Rafael de Paula describe la
geometría del toreo
El toro de ilusión pasa por aquí y por allí. Paza,
mejor, y vuelve, y se va a la cadera, y de la cadera derecha a la
izquierda, y la palma de la mano lo guía, y tú piensas que si
fuera así, caramba, dónde estaría el señor Soto -en los carteles,
Rafael de Paula-; nunca más abajo de la gloria. Sólo falta que el
público ruja y estalle en palmas de son, aunque seguramente en la
nube del artista ese público existe también y está rugiendo y ha
estallado en palmas de son. Cuando despierta son las tantas. Se
nos han hecho las tantas hablando de toros.
La pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe)
había sido: dicen de usted que codillea. Y respondió: « ¿Qué, que
yo codilleo? Tiene gracia. ¿Que codilleo? Es gracioso eso.
Codilleo, codilleo, ¿y qué es codillear? Pero vamos a ver: ¿qué es
torear? Si yo codilleara, me cogerían los toros. Al toro, mire, se
le presenta la muleta así y se le llama aquí y se le lleva allá.
Yo podría llevarlo lejos, porque sé mandar, tengo recursos y
además brazo y estatura para dejarlo en la otra parte de la plaza,
¿me entiende? Pero eso no es torear. Al toro hay que llevarlo
detrás de la cadera. El toreo no es en línea recta, sino en
circunferencia. Circunferencia es el ruedo y circunferencia es el
recorrido del toro tal como yo lo entiendo. Y bueno, a lo mejor
doblo el brazo para hacerlo, ¿qué quiere que le diga? Lo encuentro
tan irrelevante que apenas merece comentario».
Apenas merece comentario, pero estuvo un cuarto de hora
explicándolo, en la teoría y en la práctica, con su geometría, que
le obligó a rebullir por medio sofá. Y ya que estábamos, le
pregunté por qué coge la muleta como si fuera una garrota. Y
también encajó la acusación: «No siempre, ¿eh?, no siempre cojo el
estoquillador de la muleta como si fuera... ¿una garrota dice?,
tiene gracia. Recuerdo que en la crónica que me hizo de una
corrida en Sevilla lo decía, y tenía usted razón, pues ese día, en
efecto, agarré el engaño como si fuera un palo. Pero pocas veces
más lo he hecho. Lo que pasa es que yo presento la muleta de
frente, la sujeto con los dedos de la mano para abajo y, al doblar
éstos, puede parecer que la agarro de mala manera. No; la muleta,
plana, de frente, para el cite». Y cita.
Luego, cuando embarca, observas con asombro que esa mano vuelve
la palma para arriba, como si imaginara que trae en ella al toro,
y luego lo despide detrás de la cadera. ¡Detrás de la cadera
siempre, en pura interpretación cireunferencial de la suerte! Pero
de lo que se trataba con la entrevista era de entender el toreo de
Rafael de Paula, el por qué de un arte cicatero que, cuando
aparece, se muestra sublime, y a esas alturas ya lo tenías
comprendido -o, al menos, lo esencial- y apenas hacía falta
continuar la entrevista, pues el objetivo estaba cumplido. Pero,
nada más que por enredar, le habías expuesto delicadamente otra
cuestión: da la sensación, torero, que a veces no se acopla con
los toros porque, empeñado en crear arte, olvida la técnica, o
acaso no está muy puesto en ella.
'Sin técnica no se puede torear'
Y aquí Rafael de Paula -Rafael Soto en el mundo- niega de
plano: «Sin técnica no se puede torear. La técnica, como el valor
(¡ay, señor, qué mención tan inquietante en el artista gitano) son
indispensables para hacer el toreo. Tienes que conocer el toro, el
manejo de los engaños y las suertes. Y luego has de tener el valor
suficiente para ejecutarlas. A partir de aquí vendrá la
inspiración. Otra cosa es que yo quiera crear siempre arte. Es
algo impalpable, muy difícil de explicar. Te sientes ajeno a todo,
instrumentas los pases con musicalidad y poesía, pones el alma por
encima de la inteligencia».«En realidad es que yo coloco el arte
por encima de la técnica, en efecto, lo cual no quiere decir que
me olvide de ésta. Le pondré un ejemplo: el pintor tiene una
técnica, que plasma mediante la utilización de pinceles. Pero, de
repente, le viene un soplo de inspiración, rechaza los pinceles,
moja el dedo pulgar en el color, garabatea en el lienzo; el que lo
está mirando dirá que se ha vuelto loco, pero cuando acabe le
habrá resultado una creación artística. Lo mismo sucede en el
toreo, que sobre técnica debe tener embrujo y poesía, pues sin
ellas sería una cosa más».
Hay una acotación marginal del propio artista, que es la
siguiente: «Lo cual no quiere decir que carezcan de mérito los
gladiadores del toreo; pero me entiende, ¿verdad?». ¿Qué es el
miedo, Paula? «Es una preocupación grande que te embarga. Tengo
miedo antes del paseíllo y creo que a todos los toreros nos pasa
lo mismo. Es miedo físico, pero es sobre todo miedo a lo
desconocido, donde se mezclan todas las imprevisiones que van
aparejadas al toro, al público y al propio estado de ánimo, porque
no siempre sale uno igual al ruedo. En las vísperas de corrida
frecuentemente lo paso mal, me encuentro desasosegado y apenas
puedo dormir. Pero tengo comprobado que cuando duermo bien y las
horas antes del festejo me noto relajado, me suelen salir las
cosas bien delante del toro».
'¿Supersticioso?: No diría yo que no; lo
normal'
¿Es usted supersticioso? «No diría yo que no; lo normal. Por
ejemplo, cuando veo a un jorobado, es una cosa que me satisface.
Digo: "¡Hombre, un jorobado, qué alegría!". Y si veo a uno con mal
de ojo, me pongo malo. Un sombrero encima de la cama, tampoco lo
soporto». ¿Y eso por qué, hombre? «Es una cosa fea, ¡puaf!, un
sombrero encima de la cama. Los sombreros deben estar en la cabeza
o en la percha».El caso es que a Rafael de Paula, tan arrellanado
en el sofá, como si nada ocurriera, la procesión le va por dentro.
Apenas quiere hablar de ello, pero la realidad es que tiene una
rodilla seriamente lesionada y posiblemente se tendrá que operar.
Uno de sus íntimos amigos nos decía que es auténticamente un
inválido; de ahí que parezca que no puede con los toros: «Su
temporada», añadía, «ha sido un auténtico martirio. El día que
toreó mano a mano con Antoñete en Madrid salió medio drogado, a
fuerza de calmantes. Su inferioridad física, que no ha trascendido
al público, es muy preocupante, y la operación será inevitable».
«Algo de eso hay», nos dice el torero cuando le preguntamos,
pero no quiere seguir por ahí. Prefiere hablar de toros y de
toreo. De cómo ha evolucionado desde que tomó la alternativa en
1968, por ejemplo. Sí, es consciente de que la lánguida carrera
profesional que seguía dio un giro radical únicamente por un
quite: el que hizo en Las Ventas la tarde de su confirmación de
alternativa. «Y lo curioso es», explica, «que entonces yo no
toreaba bien con el capote, tenía muchos defectos; debió de ser
por esa carga de embrujo que surgió de repente, lo que hablábamos
antes de que el arte está por encima de la técnica. Y además
ocurrió en Madrid, la plaza que da y quita, lo cual fue mi
suerte».
'La buena tarde está por venir'
¿Su peor tarde? Y contesta: «Demasiadas». ¿La mejor? «Quizá en
Vista Alegre, pero la buena está por venir». ¿Las broncas? «Una
cosa amarga». Pero ya estará acostumbrado -y confesamos que
nuestro comentario no deja de ser mordaz- «Pues no estoy
acostumbrado», responde con gesto muy severo. «Yo salgo todas las
tardes a hacer el toreo, y cuando no lo consigo, sufro una enorme
decepción y un gran disgusto, que en algunos casos me han durado
muchos días. Además, cuando eres veterano se te acrecienta el
sentido de la responsabilidad, siempre intentas perfeccionarte,
quisieras estar bien cada tarde. Esto no es un juego y no puede
tomarse a la ligera». Broncas, «demasiadas». Pero las redime el
arte. Rafael de Paula es ese torero geómetra y creador, que con
sólo dos lances hechos de embrujo y poesía puede llevar toda una
plaza hasta la locura. Y hay pocos así, naturalmente.
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ABC Sevilla | Sábado, 20 de mayo de
2.000 |
Cante
y canto es el toreo...
Manuel RAMÍREZ
Ya lo dejó dicho José
Bergamín —cante y canto es el toreo/ es cante en Rafael de
Paula/ y canto en Curro Romero—. Y antier por la tarde,
entre palmas por bulerías y llantos de bronce, entre la cima
de uno y la sima del otro, entre el triunfo de Curro y el
adiós de Rafael, entre las mismas muñecas toreras que mecen
las embestidas y duermen los pulsos, hubo el abismo del orto
y el ocaso, alfa y omega, el infinito de la gloria y el cero
de un infierno que ya, Dios mio, no podrá decir más aquello
que en Jerez suena a compás porque Jerez es el compás, de...
«hoy torea Rafael, y tó el barrio de Santiago está rezando
por él», porque Rafael lloró después de torear y Romero
quizás se llorara por los adentros tanto cuando veía a
Rafael templando su verónica como cuando Paula se tiraba de
la coleta rompiendo el misterio de un toreo de bronce puro
que hace —no quiero escribir hacía...— carteles en cada
lance o en cada muletazo.
Porque hay entre este
cante, el de Rafael, y este canto, el de Curro, el garabato
genial que hacen de cada uno de sus toreos cante y canto,
canto y cante bajo el denominador común de lo impensable, lo
increíble, lo inmarchitable y lo imperecedero.
Tenía que ser en
Jerez, como en Jerez fue cuando el 12 de setiembre de 1964
—no hagan la cuenta de cuántos años han pasado, yo se la
hago: casi treinta y seis...— Antonio Díaz Cañabate escribía
—y fíjense si no parece que el viejo maestro también hubiese
estado antier en Jerez— lo que sigue:
«Estamos en la plaza
de toros de Jerez. Son las siete de la tarde. ¡Qué hermosura
de calor y de color! ¡Qué buena almagama la del color y el
calor de la Baja Andalucía! Tenemos sed. ¡Qué bien vendría
una copita de vino! Curro Romero está en el ruedo. Clarines
del último tercio. Curro Romero no coge la espada ni la
muleta, sino una botella y un catavino. ¿Cómo va a torear
con un catavino y una botella? ¡Ah! es que el catavino tiene
la forma de una muleta y la espada es la botella. Tenemos
sed. Estamos sedientos por ver el arte del toreo que duerme
hace tiempo en las soleras de muy poquitos toreros. Curro
Romero nos lo va a servir. ¿Fino?¿Oloroso? ¡Vaya por el
oloroso! Empieza a torear, cada pase un sorbo. El vino de
Jerez, como todo lo exquisito, es preciso saborearlo
lentamente. Lentamente torea Curro Romero. Al cuarto o
quinto pase, ya estamos peneques, ya baila y brilla en
nuestros ojos la embriaguez que se deriva de lo bello. Los
pases se suceden con espacio y despacio. El toro es noble,
acude dócil, pero es necesario tirar de él, templarle. El
toro tiene su temple. El torero tiene el suyo. Se unen los
dos. Arte puro. Ni una sola vez una postura forzada o
violenta. Ni por asomo aparece el mal gusto. Los pases se
suceden variados. Cada remate es distinto. A cual más
graciosos y garbosos. A cual más torero. El vino oloroso de
Curro Romero ya se nos ha subido a la cabeza. La plaza de
toros de Jerez está borracha de euforia. ¡Qué a punto grita
el ole!».
«Tenía que ser el
Jerez —seguía escribiendo Cañabate— donde el toreo de Curro
Romero se convirtiera en vino oloroso. Toda la plaza
borracha de entusiasmo, y Curro Romero, tranquilo, sirviendo
las copas de los pases. Curro Romero se perfila, arranca
recto y clava media espada en la yema. Rueda el toro sin
puntilla. El toro y el torero también estaban borrachos. Las
dos orejas y el rabo. Bueno ¿y qué? ¿Qué es eso? ¿Qué es eso
al lado de los brincos del corazón emocionado por el arte
puro, por el arte de torear olorosamente? Cada pase un
efluvio. La faena de Curro Romero ha sido una de las más
completas que he visto en estos últimos tiempos. No estoy
equivocado. El arte de torear es lo que vengo proclamando
sin desmayo contra el viento y la marea de pasajeras
ofuscaciones, que encierran su mérito, pero que no pueden
compararse con la auténtica, pura y eterna belleza de lo que
es el arte de torear».
No es la primera vez
que Romero, como han leído, haya formado un alboroto en
Jerez. Ni, en el plan que está, será éste el último. Siempre
que haya un toro por salir a una plaza, y esté Curro Romero
en ella, podremos seguir soñando el toreo. Por eso, antier
por la tardenoche, cuando hervía Jerez y Sevilla dentro de
su plaza, volvieron a sonar, ay, los teletipos de las
amapolas para que por Camas se supiera —ahora los teletipos
son los móviles, pero las amapolas siguen teniendo el color
de las muletas...— que Curro había cortado un rabo en Jerez,
lo que son las cosas, cuando hizo ayer, 19 de mayo, treinta
y cuatro años que este mismo torero cortaba ocho orejas en
la Maestranza a seis toros de Murube.
Por eso antier, y
ayer, y hoy, y por mucho tiempo, seguirá el currismo todo
metido en los recuerdos de siempre y se tarareará aquel
«Huele a Romero» que Manuel Mancheño Peña, «Turronero»,
cantaba aquel «y, si algún día, te vas del toro, nos
moriremos de pena, recordando aquella tarde, con aquel toro
de Núñez en Jerez de la Frontera» que, cambiando Núñez por
Juan Pedro, se actualiza hasta ayer mismo.
Y, mientras uno tocaba
la gloria con su toreo, Curro, otro, Rafael, entraba en las
candelas de las lágrimas. El canto sin el cante. He oído
hablar a Romero de Paula como a Rafael de Curro. Y siempre
fue difícil calibrar quién admira más a quién, porque uno, a
su manera —este Rafael de bronce— dice, musitando el hablar,
pensando tanto como saboreando lo que quiere decir,
arrastrando cada palabra como barre su capote el albero en
embestidas de caramelo, que, mejor que Curro, nadie; y otro,
también a su forma —este Curro faraónico— dice, todavía con
menos palabras y a veces tan sólo con un gesto, que Paula
es... Paula.
Uno vio, hace ya
tiempo, cómo Rafael, en un buen toro suyo, cuando su capote
le había bordado el toreo de cintura y muñeca, sentimiento y
quejío que le salen de su alma torera, irse despaciosamente
hacia Romero, con los andares descompasados de su propio
compás, a ofrecerle al faraón sus propias telas para que
siguiera bordando, porque puedo asegurar -y que me desmienta
el viento- que nadie disfruta tanto viendo mecer el capote a
este camero como este gitano legítimo de percales de bronce.
Un día escribí que
todavía había que aguardar a verlos juntos de nuevo en un
cartel para soñar con él desde las vísperas. Si sale éste,
escribí, y si, encima, rompe en toreo, se habrá llegado al
cielo. Y, si no rompe ese toreo que se sueña más que se vive
—aunque antier se vivió más que soñarse— tampoco es poco que
se desee vivir sobre lo soñado.
Y tuvo que ser antier,
y en Jerez, con su tierras y con su gente, donde Rafael
fundiera su toreo de ley y el sí rotundo de su arte, con el
no profundo y doloroso de no poder más. Ya escribió Felipe
Benítez Reyes —paulista del alma— que «Rafael es torero que
no parece entender el toreo como profesión, sino más bien
como revelación. Y si no como revelación —que puede sonar a
cosa de santos y visionarios— sí desde luego como expresión.
Como expresión de una manera de concebir y sentir y entender
el sometimiento y muerte de un toro bravo. Y concebirlo,
sentirlo y entenderlo por ser quien es y por ser como es:
torero elegido por el misterio, y víctima de él. Porque no
da Paula la impresión de ser torero de virtudes adquiridas,
sino de dones regalados y “su manera” ni se aprende ni se
enseña: suya es y con él acabará».
Con él, antier, en su
plaza y con su gente, parece que acabó —su trayectoria
profesional, no su magia torera— toda una forma, y “su
manera” de hacer el toreo. Nos quedarán en la retina los
vídeos de otros tiempos, aquella tarde en la madrileña Vista
Alegre, con Antonio Bienvenida y Romero —Curro vuelve el
martes a esa misma plaza que ahora es distinta— y tantas
donde Rafael siempre dejaba abierto el portillo de las
ilusiones. Al tirar la coleta, como un brindis hacia el
destino, para Jerez se le iba un pedazo grande de sus
sentires toreros; a la fiesta de los toros, una figura para
paladares exquisitos que jamás confunden la cantidad con la
calidad y les sobraba una gota de perfume sin hacerle falta
una garrafa de colonia; y para Romero, el canto según
Bergamín, se le iba, con el adiós de Paula, el cante de
Rafael. Esa música, ese canto, ese melodioso eco que
escuchamos con los ojos y con los oídos vemos. Tuvo que ser
en Jerez porque era imposible que hubiese podido ser en
ninguna otra parte...
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Rafael
de Paula; dicen de tí
Hacía falta una biografía de Rafael de Paula. O no
sé si hacía falta, pero el caso es que no la había. Lo que más se
aproximaba era el capítulo que le dedicamos en Gitanos en el
ruedo, pues, en nuestro otro libro taurino, del hilo conductor
no tiraba Paula, sino el paulista. En cuanto al firmado por
Antonio Parra, es en realidad una larga interviú con el torero, no
una biografía al uso. Tampoco las meditaciones de Benítez Reyes
enhebran una semblanza cronológica y vital. Finalmente, el ensayo
de Bergamín sobre el que tanto se habla y que tan poca gente ha
leído no es un libro sobre Rafael, sino dedicado a él –lo que es
bien distinto- y en el que se reflexiona sobre su toreo en
idéntica medida que sobre el de muchos otros, de Antonio Fuentes a
Pepe Luis Vázquez.
Paula (“la más insólita, errática, singular y auténtica figura
del toreo”) ha sido, a entender de Francisco Reyero, un icono
antes literario que taurino. Mucha literatura, en efecto, se ha
intentado hilar so color de su singularidad… Mas siempre sin
éxito, por cuanto raramente su auténtica vida al margen de los
ruedos ha trascendido. En rigor, esa imagen de triunfador en la
debacle y de hombre siempre en el punto de mira de la fatalidad,
tan cara a los revisteros, se forjó a cuento de no otra cosa que
los acentos y claroscuros de su toreo, y ya le acompañaba cuando
apenas había estrenado dos vestidos de torear.
En consonancia con la confesa no afición a los toros del autor,
sus lectores no hallaremos en esta obra un perfil lidiador de
Paula, no sabremos si ha sido un torero de línea natural o
cambiada, no nos llegará el menor eco de las polémicas clásicas
entre paulistas y antipaulistas ni se someterá a nuestro juicio un
pronunciamiento sobre lo que su paso por los ruedos ha significado
en el toreo… Mas, pese a su expresa decantación hacia la faceta
“literaria” del personaje, ha sido imposible a Reyero –y lo
decimos como un elogio- escribir otra cosa que un libro taurino.
Imposible, por la sencilla razón de que la taurina es la única
actividad pública por la que ha ganado Paula bien merecida
notoriedad. En las hemerotecas, el noventa y nueve por ciento del
papel remite al Paula de luces; y tampoco el trabajo de campo
lleva a otros predios que no sean los taurinos.
Recuerdo una tarde en Madrid que presagió la del toro de
Benavides. Iba Rafael de negro y azabache. En el centro del
anillo, muleteó sobre la diestra y con la mano muy baja a un toro
que humilló para seguir su engaño en tres carbonosos chispazos
imperecederos. Antes, las verónicas del quite. Al rematar con la
media, el toro le arrebató el engaño. Pero se le aplaudió igual. Y
sigo viendo aquellos ayudados por alto en el festival venteño,
aquel quite a la verónica en Sevilla, y el de Málaga, sus
giraldillas en Aranjuez, los lances de Chinchón… Y es que aquellos
ígneos parpadeos de las sedas de Rafael de Paula, inolvidables
para cuantos los vimos, eran, son y serán como un sueño, y como un
sueño largamente implorado.
Joaquín Albaicín
Generación XXI, 1-15 Sept 05 |
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