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Luis Francisco
Esplá se ha ganado en los últimos años el título de maestro en
tauromaquia, otorgado unánimemente por toreros y aficionados.
Esplá nació el 19 de junio de 1958 y se presentó en público el 21
de julio de 1974 en la plaza de Benidorm. Tomó la alternativa en
Zaragoza, el 23 de mayo de 1976, con Paco Camino como padrino y El
Niño de la Capea como testigo. La reses fueron de El Cordobés.
Confirmó el 19 de mayo de 1977
con reses de Martín Berrocal y con Curro Romero como padrino y
Paco Alcalde por testigo. Desde entonces, Esplá se ha
caracterizado tanto por su facilidad banderilleando como por su
sabiduría y conocimientos en la lidia. El alicantino formó parte
durante varias temporadas del denominado cartel de los
banderilleros junto a Víctor Mendes y El Soro. En el plano
artístico, Esplá intenta recuperar las esencias del toreo en cada
gesto, desde sus vestidos de torear de sabor añejo a su colocación
en el ruedo o su capacidad para dar a todos los toros la lidia que
les corresponde, incluso alejado de los cánones estéticos
actuales.
Durante las últimas
temporadas, Luis Francisco Esplá se ha convertido en un referente,
lidiando poco más de una veintena de festejos por temporada, en
muchos casos de hierros de los denominados "toristas". Su último
gran éxito lo tuvo en la Feria de Otoño de Madrid de 1999, en la
que cortó dos orejas a un impresionante toro de Victorino Martín
tras una lección de torería.
"Mi toreo lo veo dentro de un tipo de jazz
como el de Miles Davis"
MIGUEL ÁNGEL CUADRADO
EL PAÍS 07-06-2003
"El toro difícil requiere hacer un
esfuerzo intelectual, pensarlo. No te permite licencias"
Hoy cierra la feria el que es probablemente el torero
favorito de Madrid. Pero Luis Francisco Esplá (Alicante, 1957)
es más que un torero: intelectual, artista, hombre sensible,
estudió tres años de Bellas Artes y sigue pintando, como se ha
visto en el libro Con su permiso, don Joaquín
(Asociación El Toro de Madrid), una reunión de textos del
maestro Vidal en la que Esplá ha diseñado la portada y la
contraportada. Aquí habla de sus diferentes pasiones: el toro,
la literatura, la música, la pintura. Y declara: "A mí lo que
me gusta, la verdad, es el toro difícil".
Pregunta. La biografía de Belmonte (Juan
Belmonte. Matador de toros), de Chaves Nogales, ¿es una
referencia de vida o un tratado de ética y estética del toreo?
Respuesta. Son muchas cosas, se toca la figura del
torero en todos sus aspectos y circunstancias. El entorno
primario del torero. Y es a la vez una obra literaria
magnífica, con todas sus resonancias, que trasluce el
personaje del torero tal como es, su profunda personalidad. El
torero siempre es un personaje, por mediocre que sea, que no
todos saben desarrollar, y que en el caso de Belmonte está
realizado de manera singular.
P. Quedar convertido en literatura, y de esa manera
ser eterno. Usted ha dicho que gracias a Joaquín Vidal será
recordado por lo que ha hecho...
R. No sólo yo seré recordado. Toda una época será
recordada y estará en la historia gracias al magisterio de don
Joaquín.
P. La palabra es el resumen de todos los sentidos, y
por ella quiere ser recordado. Usted ha dicho que los medios
audiovisuales anulan las sensaciones.
R. El medio audiovisual mata la esencia de aquello
que refleja, en el sentido de que lo congela. La palabra
devuelve aquellas esencias dormidas y deja vagar la
imaginación y recrearse en lo que se percibe, reconstruirlo.
No te ciñe como la imagen a lo que te enseña.
P. Estéticamente, ¿qué relación ve entre el cine
mudo y el toreo?
R. El cuerpo es el que consigue que se cambie el
medio de expresión, comunicarse. Hay dos seres opuestos en el
toreo, uno racional y otro irracional. En ese cruce en el que
nadie se explica lo que sucede, pero ocurre, surge el milagro,
la expresión. Es la relación que se puede encontrar con el
cine mudo y el toreo.
P. ¿El ruedo es un lienzo desnudo sobre el que
pintar en vivo un cuadro fugaz y verdadero?
R. El toro es el material sobre el que se crea. El
ruedo es el marco donde se da todo ese fenómeno. La escena es
lo que se produce dentro de la plaza.
P. Fernando Villalón y el toro indómito. ¿Qué
diferencias tiene con la actual aquella tauromaquia del siglo
XIX?
R. Ha cambiado totalmente. Aquella tauromaquia está
sujeta a los albores del toreo. En la actualidad el toreo está
lleno de argumentos. No es sólo el rito, la liturgia. Ahora se
producen unos acontecimientos que le dan un acentuado
significado de arte, que en estos momentos se da como nunca.
Cuando sucede, claro, que es pocas tardes. El contexto ahora
está engrandecido.
P. El grito, de Edvard Munch, ¿es el pavor,
la desesperación?
R. En el arte se pueden hacer múltiples lecturas,
según el estilo de cada obra. Para hacerlo es necesaria la
experiencia, el conocimiento. Hay que tener bagaje. Hay que
tener historia para saber apreciar y disfrutar en toda su
dimensión esa obra. Pasa lo mismo en el toro. Se debe conocer
para comprender. Y eso requiere un esfuerzo intelectual.
P. ¿Qué color tiene el miedo?
R. El miedo tiene sordidez. Y es una mezcla de
colores. En esa mezcla se resumen todos los colores. Su
esencia sería espiritual, y en ese caso de color blanco. Pero
en la práctica el miedo es gris oscuro.
P. ¿Cómo se planteó el diseño de la portada del
libro Con su permiso, don Joaquín?
R. Es la historia de una nostalgia y de una
ausencia. Refleja esa ausencia que no es la nada, pues ese
hueco de la figura tiene el fondo de su universo, de su mundo,
el aire onírico de esas nubes que flotan, es lo que era y
donde nos vemos. El universo del hombre que nos dio vida. Y en
la contraportada están todos los personajes que nos hemos
quedado solos por su ausencia. El paisaje de fondo desolado de
luces de la portada también es la soledad que, como la muerte,
es de donde venimos y adonde volvemos. Solos otra vez.
P. ¿Le gusta el flamenco? ¿Y si le digo que de
música de fondo a su estar en el ruedo pondría un cante por
martinetes o por granadinas y tarantas?
R. Si usted lo ve así... Y sí, me gusta el flamenco.
Pero soy selectivo. Como en la ópera, que también me gusta.
Pero eligiendo mucho. Tal vez me va más ese tono mediterráneo,
aparentemente intrascendente, pero que es una manera profunda
de entender la vida. Yo me veo más bien dentro de un jazz como
el de Miles Davis.
P. Goya para su tarde de hace unos diez años en San
Isidro con los toros de Cuadri. Y Velázquez para la Feria de
Otoño con toros de Victorino, en la que cortó dos orejas
después de torear de frente al natural en los medios...
R. Goya roza el tenebrismo. Es un cronista veraz y
fidedigno de su época. Yo estoy lejos de ese mundo. Me gusta
el toreo más vivaz y aromatizado. Como refleja el aire
Velázquez y su técnica perfecta está más cerca de mi
concepción, ese fluir del color y el movimiento. Me encuentro
más cerca de la luz de Velázquez.
P. "Yo me tomo el toreo como un acto creativo, a
partir de considerar al toro como un material sublime", ha
declarado usted en el libro Por los adentros, de los
hermanos Boix.
R. El toro complicado requiere hacer un esfuerzo
intelectual, pensarlo, ese toro que no te permite licencias. A
mí lo que me gusta, la verdad, es el toro difícil.
P. Antonio Machado para los días luminosos y César
Vallejo para las tardes de sentir dramático.
R. Prefiero a Machado de siempre. Y su imagen de
humildad que da la experiencia, y "esa segunda inocencia que
da no creer en nada".
La corrida de hoy. Toros de
Victorino Martín para Luis Francisco Esplá, El Cid y Fernando
Robleño. A las siete de la tarde.
ENTREVISTA: LUIS FRANCISCO ESPLÁ TORERO
'Me alío con el toro como Sorolla con la luz'
MANUEL PERIS
El País 14-10-2001
El pasado domingo Luis Francisco Esplá (Alicante, 1958)
salía a hombros por la puerta grande de la plaza de las
Ventas. Han pasado 25 años de su alternativa, de manos de Paco
Camino, y veinte de su éxito en Madrid con la corrida de los
victorinos.
P. De los pases del domingo, Joaquín Vidal escribió
que eran 'de una belleza inmarcesible'.
R. Eso es parte de la literatura que rodea al toreo,
el hombre tiene la capacidad de poetizar.
P. El público decía que tiene usted lo que les falta
a los demás: torería.
R. Hay un corte generacional en la lidia. Antes la
liturgia obligaba a una reflexión y me parece que en estos
tiempos no se le da tanta importancia.
P. ¿La torería es más magia o liturgia?
R. Es difícil saber dónde está la frontera, hasta
dónde alcanza la voluntad del toro y la del torero. Cuando la
magia se materializa al espectador le llega sin saber donde
está el perfil, es una implicación de todo, de las dos
voluntades, la del toro y la del torero que quiere dominar a
la bestia, entonces, ambas se funden en una sola presencia y
es cuando se está produciendo el toreo.
P. También hubo un aficionado que, mientras usted
buscaba un pase de pecho, le gritó 'es usted cojonudo' y usted
tuvo la ocurrencia de darle las gracias.
R. Me giré, fue un gesto que responde a parte de esa
literatura que a veces se da en el tendido. Cada espectador
puede percibir el toreo según su estilo cognoscitivo y
emocionarse con distintas historias en la misma corrida.
P. Hay quien asegura que torea con el Cossío en la
mano ¿pesa mucho?
R. Es una exageración, e incluso una estupidez, la
lidia requiere flexibilidad de ideas. Yo crecí oyendo a los
toreos antiguos y he sido fiel a la tradición.
P. Usted es torero de colocar a los toros,
¿qué implica la geometría en la lidia?
R. He hablado siempre de la implicación del círculo,
de las distancias, porque los toros son sujetos geométricos,
están sujetos a una física apabullante. Está la velocidad del
toro y tú tienes que sujetar a esa evidencia en movimiento. El
toreo perfecto se acerca al círculo: cuando más se acerca, más
cerca se está de la perfección. Lo que pasa es que es difícil
de lograr.
P. Cuando se habla de toreos con ángel se cita a
Rafael de Paula y cuando se habla de toreo de conceptos a Luis
Francisco Esplá. ¿Eso lo asume?
R. Como el tener la nariz larga.
P. También dicen que es muy didáctico y que viéndole
torear se sabe si el toro es bueno o malo.
R. Una de mis preocupaciones es hacer inteligible al
espectador el material que tengo.
P. Eso es sinceridad.
R. Es que el toro es un material sublime porque está
vivo y yo no tengo más compromiso que exaltarlo y matarlo. Si
fuese piedra no tendría sentido. Por eso creo que, en el
toreo, el proceso creativo se tiene que invertir. La idea y la
inspiración deben quedar relegadas para que el espectador
conozca al toro. Si no logro hacerle entender al público como
es el animal le estoy haciendo un flaco favor a un material
tan hermoso como es un toro vivo al que habrá que matar.
P. ¿Por eso dejó la pintura?
R. No. Yo sigo viviendo la pintura, al plástico que
llevo dentro y por ejemplo esa retórica de los cojones y todo
eso, pues no me gusta. También hay pintores que nos van
haciendo ver el porqué de su obra. Ante una luz tan endiablada
como la de aquí, Sorolla se alía con ella. Yo hago la misma
propuesta, aliarme con el toro. En ocasiones se me insinúa y
yo obedezco porque se trata de trocar dos voluntades. La
naturaleza tiene una tendencia al caos sea el toro, o un río
que se desvía de su cauce y quiere volver a él. En el toreo
esa tendencia del animal la cambias en voluntad de
colaboración para que acabe por ceñirse a tu cintura y si
apareciese como una imposición no sería mi toreo.
P. ¿Triunfar en otoño, proporciona un placer
especial, una especie de venganza secreta?
P. Siempre en los triunfos hay una especie de
revancha. Es así como se saldan las cuentas en este negocio.
P. ¿El toreo es una metáfora de la vida?
R. Sí. En cualquier deporte, el riesgo no es el fin
en sí mismo, ni siquiera en el alpinismo o el automovilismo.
Pero aquí hay que tocarle el culo a la parca, aquí el riesgo
es el fin que nutre la fiesta y la esencia misma del
espectáculo. Hay un coqueteo con la muerte y eso en el fondo
es sintetizar la vida del ser humano, porque al final lo que
hacemos viviendo cada día es evitar el desenlace fatal.
P. ¿Cómo encara la guerra un torero?
R. Me da náuseas. Toda violencia generada por el ser
humano contra el ser humano me parece horrible, por eso odio
los robos con violencia y soy un enamorado de los carteristas
y los timadores, ¡qué se lleven lo que puedan!
P.¿Y lo de Gescartera?
R. Les está bien empleado.
Toreo de antes y de ahora
JOSÉ SUÁREZ INCLÁN
EL PAÍS 08-10-2006
Puerto de San Lorenzo / Esplá, Tejela, Perera
Toros de Puerto de San Lorenzo, La Ventana del
Puerto: flojos, nobles; 1º manseó, 2º, 5º -aplaudido en el
arrastre- y 6º bravos, 4º sustituido por sobrero de José
Luís Pereda. Luis Francisco Esplá: pinchazo y estocada
casi entera (silencio); pinchazo, media larga y descabello
(silencio). Matías Tejela: media caída y trasera (ovación
y saludos); estocada (ovación y saludos). Miguel Ángel
Perera: estocada atravesada y cuatro descabellos
(silencio); estocada atravesadilla (oreja). Plaza de Las
Ventas, 7 de octubre. Tercera de feria. Casi lleno.
No hay feria de otoño sin Esplá. Su
presencia legitima su existencia
Algunas nubes en el cielo de Madrid uniformaban los
tendidos -ayer y casi llenos- y limaban diferencias. En el
paseíllo Luis Francisco Esplá andaba decidido. La mirada alta,
al frente, el paso ligero en el precioso vestido grana al que
hacía honores el soberbio capote de paseo. Aplaudía un
aficionado dando la tarde por buena. Madrid en Sevilla.
No hay feria de otoño sin Esplá. Su presencia en Las Ventas
legitima su existencia. Toros de Victorino en los que ha
desplegado la sabiduría antigua de la lidia, series
inolvidables de naturales en el centro, son ya memoria viva de
esta feria. Y ahora, asomando por la estación el medio siglo,
de nuevo en el ruedo. Estuvo cómodo y torero en su lote el
maestro alicantino. Al primero, con mucha cabeza, y que se iba
suelto, lo fijó en el tercio. Atento como siempre, como un
chaval, no descuidaba a un animal que no estaba para nadie, se
dolió en varas y dobló las manos.
Daba gusto verle ir sosegado a las banderillas: cuarteó en
lo alto en el primero; luego, en las rayas, buscó su
querencia, se dejó ver y clavó -sabio y sobrio- por dentro los
dos pares. Junto al reloj, en tablas, jugando las piernas, lo
recibió de lujo. Lo mejoraba por segundos, en series valiosas,
muy torero, con una estampa añeja de alegre ligereza. Dos
derechazos, uno de pecho, y sin más adornos, cuadró con
trinchera, cambió de mano y acabó de pinchazo y estocada.
En su segundo, un sobrero de Pereda, siguió haciéndolo todo
(qué placer ser de su cuadrilla). Animó desde el centro con
navarras, una airosa media y lo llevó andando por chicuelinas
al jamelgo. Tras dos rehiletes espeluznantes por dentro,
hablando al público, como Reverte, se destocó en la ovación.
Volvió la montera a su sitio y allí se fue, de las tablas al
tercio, paseándole la tela, animándose solo, con torería y
solera; pero el bicho, justito, no le dejó cuajar. Medios
pases, cambios, buenos andares... Pinchazo, media, verduguillo
y a otra cosa.
El primero de Tejela, negro salpicado, muy veleto, con
puñales, salió abanto y lo quitó Esplá -esos detalles- de un
caballo perdido. Tapó el piquero la salida y dobló. Se coló en
la chicuelina y, a la segunda, lo dejó Matías en el penco con
garboso recorte. Hábil con la pañosa, lo templaba a su ritmo,
enroscándole, bien humillados los dos sables, tonto tras la
muleta. Aunque dobló dos veces se aplaudía al torero, que
instrumentó dos naturales largos y una trincherilla. Volvió al
derechazo y, tras coreada serie, le dejó media trasera y se
fue a echar a tablas. Mientras saludaba desde el tercio, un
entusiasta, cubata en mano, aprovechó para dar rodillazos al
respetable.
Saltarín entró el quinto a la vara. Chicuelinas, medias y
lo corrió a una mano para dejarlo, rematando a la cordobesa.
Cuando torea el maestro alicantino toda la lidia suele ir
bien. Se puso espesa la tarde y la intentó romper brindando.
En el platillo, abrió el compás, lo embarcó humillado, y
vinieron las palmas. Con más técnica que gracia, sin cruzarse
del todo, sacándole un poco afuera, gustaba sin entusiasmar.
Mató a ley.
Perera fue el triunfador de la tarde. El tercero, que
perdió manos y se estrelló en tablas, blandeaba de cuartos y
se encogió en el caballo. No hubo respuesta de la presidencia
y -curioso- alguien debió verlo bueno, porque enseguida Luis
Francisco lo sacó de la vara con cuidado, levantando la tela,
que no se cayera. Y, en efecto, aguantó en banderillas. Aunque
no estaba alegre para los estatuarios de recibo, los
derechazos en los medios -dos muy templados-, que recogían en
corto al torete sin nervio, no prendieron la emoción. Unas
filas delante, padre e hijo de Puebla del Prior, con las manos
calientes de aplausos y la mirada húmeda, acusaban la
carencia.
El sexto, más ligero y equilibrado de trapío, se llevó dos
verónicas despaciosas. La tarde se moría, nada era bueno ni
malo, y el extremeño cargaba con la piedra. Así que también
brindó, qué menos. Así es Badajoz. Y en mitad del anillo lo
recibió con dos cambiados, intercaló dos de pecho, y rompió la
plaza. Luego el toro bebía franela, y sus paisanos pudieron
llorar. En seguida flojeó y empezó a enganchar, a colarse, a
quedarse en la mitad, pero Miguel Ángel, ahogándole a ratos
entre los pitones, aún sacó pases largos y lentos, se adornó
con manoletinas ante el toro sin viaje, y se hizo con los
deseos del respetable, que pidió silencio cuando se dispuso a
matar y sacó los pañuelos cuando lo fulminó de una estocada
atravesada, mientras brillaban las luces de su vestido,
encendidas por los focos de la plaza. Paseó triunfal la oreja
por la plaza.
El otoño le devolvía el trofeo que una cogida le escatimó
hace un año en este ruedo y en estas fechas.
La corrida del siglo. 1 de junio de 1982
Plaza de Las Ventas. Vigésima corrida de
la Feria de San Isidro. Toros de Victorino
Martín, de impresionante trapío, casta y nobleza
excepcionales; al cuarto se le dio la vuelta al ruedo.
Ruiz Miguel: Estocada corta y descabello (oreja, dos
vueltas al ruedo y aclamaciones de "¡torero!"). Dos pinchazos y
estocada caída (oreja y clamorosa vuelta al ruedo).
Luis Francisco Esplá: Dos pinchazos y estocada corta (aplausos
y saludos). Media estocada recibiendo (dos orejas).
Jose Luis Palomar: Estocada tendida perdiendo la muleta
(oreja, dos vueltas al ruedo y aclamaciones de "¡torero!").
Estocada atravesada que asoma y descabello (oreja). El ganadero,
el mayoral y los tres espadas dieron la vuelta al ruedo a la
muerte del quinto toro y al acabar la corrida salieron a hombros
por la puerta grande.
El gran espectáculo
JOAQUÍN VIDAL
EL PAÍS 2 junio 1982
Los toros, con trapío y casta; los toreros, con oficio y valientes. Así
es la fiesta, así fue siempre y por eso era, como lo fue ayer,
ese espectáculo grandioso y único que arrebata multitudes.
A los lamentos de los empresarios cuando la gente no pasa
por taquillas, conviene responder que lloran su propia
estulticia, porque son ellos quienes echaron al público de las
plazas con ese subproducto fraudulento y hortera que
inventaron para que unas figuritas de mentira exhibieran su
mediocridad con las borregas.
Al público le vuelve a meter en las plazas la corrida
verdadera, la de ayer; la que tiene emoción en todos los
tercios; aquella en cuya lidia lances y suertes se multiplican
y cuanto sucede en la arena suspende el ánimo, pues hay
fiereza en el toro y el torero la somete con valor, técnica y
galanura.
La corrida que vimos no llegó a ser la mejor de las
posibles; otras habrá con toros más bravos y faenas más
completas. Fue, en cambio, un modelo de autenticidad, y
gracias a ella la emoción se enseñoreó del espectáculo. El
público, que abarrotó el coso, vibraba con un entusiasmo
pleno, y se satisfacía del reencuentro con la fiesta de
siempre, la que viene reclamando durante años con pasión y fe
de iluminado.
Salieron los victorinos irrepochables de trapío,
impresionantes de cornamenta, y bajo su capa cárdena lucían
esa personalidad que los distingue de sus congéneres.
Tenían la estampa de la agresividad encerrada en una lámina
armoniosa, esbelta, pletórica de poder. Y además derramaron la
más pura casta, nobleza, y algunos también bravura
excepcional. Cada una de sus embestidas suponía un ¡ay! de
angustia, aunque las dieran con boyantía, pues el toro de
casta transmite en todos sus movimientos esa sensación de
peligro. A excepción del tercero, que acusó mansedumbre, todos
los demás fueron buenos. Sobre todo el primero, un toro de
bandera, codicioso, bravo en varas y nobilísimo en la muleta;
mucho más bravo y merecedor de premio que el cuarto, al que
dieron la vuelta al ruedo.
Ruiz Miguel, en una de sus habituales tardes de pundonor y
entrega, aureolada por el continuo homenaje popular a su
torería y a cuanto significa, muleteó a ese primer toro,
reposado, dominador e incluso con destellos de inspiración,
que alcanzaron momentos de gran belleza cuando en el platillo
ligó una impecable serie de redondos cerrados con el de pecho
de pitón a rabo.
Al cuarto, que tenía genio y se revolvía en un palmo de
terreno, lo sometió por la izquierda con tanto poderío que
puso los tendidos en pie mientras en la plaza atronaban los
gritos de "¡torero, torero!".
"¡Torero!" fue clamor durante toda la tarde. La afición se
volcó con los lidiadores, lo mismo los de oro que los de
plata, pues hasta los subalternos, pasados los primeros sustos
que producían las fuertes embestidas y la leyenda de la
divisa, tuvieron también una actuación importante. Destacó
Martín Recio el. cual dio todo un curso magistral de valor y
técnica en la brega al tercero.
Ese victorino fue manejable y Palomar lo recibió con unas
verónicas embraguetado, cargando la suerte y ganando terreno;
lo banderilleó con facilidad, y le hizo una faena de muleta
valerosa, ajustada y de honda reciedumbre, que coronó con un
soberbio volapié. En el sexto, aún más noble, el bravo diestro
de Soria se gustó en un trasteo variadísimo en el que hubo
ayudados por alto como prólogo y como culminación; naturales
cargando la suerte, y de frente juntas las zapatillas;
ayudados a dos manos, cambios, afarolados, molinetes y pases
de pecho echándose todo el toro por delante.
Por su parte, Esplá, que lidió y muleteó con habilidad y
entrega al segundo, armó un alboroto en el tercio de
banderillas del quinto tras el cual hubo de dar la vuelta al
ruedo. Le había hecho un quite por faroles, al que replicó
Palomar con otro por tijerillas y delantales. Ambos gozaban de
las mieles que estos victorinos de leyenda llevaban
dentro. Llegó el toro al último tercio con una embestida de
terciopelo, y lo aprovechó para cuajar una de las mejores
faenas que haya hecho en su vida. Los pases en redondo,
principalmente, salían ligados con el primor del encaje y,
finalmente, se adornó, arrojó los trastos a la arena y anudó
la pañoleta a uno de las tremendas y asticinas astas.
Victorino Martín, que fue aclamado en distintos pasajes del
festejo, ofreció en Las Ventas un corridón de toros. El
público estaba como enloquecido y con frecuencia coreaba
frases para proclamar los valores esenciales de la fiesta
verdadera, la qué exige con pasión y fe de iluminado, pues
ella es la que ha jalonado la rica historia de este
espectáculo centenario. Al final, después de dos horas y media
de gran espectáculo vivido con emoción creciente, los tres
matadores y el ganadero, entre aclamaciones de una multitud
enfervorizada, salían a hombros por la puerta grande. Y el
público, pegando pases por la calle Alcalá arriba.
Una corrida de toros
ANGEL LUIS DE LA CALLE
Mereció la pena. La plaza se cobró los réditos de las siestas, los
bostezos, los escándalos y la estupidez. Han sido sacrificios
sabiamente invertidos, por lo que se vió ayer. Veinte mil
espectadores en el coso, millones frente al televisor,
asistieron nada más y nada menos que a una corrida de toros.
Hasta Palomar, que es de la seria Soria, parecía nacido
ayer en el mismísimo Triana. "¡Así, así queremos los toros en
Madrid!", gritaba el graderío. Hasta los exigentes aficionados
de los altos del siete, los puristas del ocho, vibraban con el
suceso. Había toros y toreros; había emoción y sol. Había
muchos aficionados y pocos turistas japoneses. Los aplausos no
eran gratis.
Ruiz Miguel ha mandado conservar la cabeza de su primer
toro, el que dió oportunidad a la concurrencia para abroncar
con reciedumbre a la autoridad, materializada ayer en el
comisario de policía Portolés. También tiene derecho el
personal (y muy pocas ocasiones, para qué nos vamos a
engañar), a sacarle la lengua al que manda.
Todos ganaron ayer
Si los aficionados ganaron, los oficiantes triunfaron.
Victorino, que estrenó corbata, no se dió a conocer hasta el
segundo toro, medio perdido en los bajos del tres. Luego ya no
pudo escapar al entusiasmo. Sus vecinos le homenajearon con
una merendola servida sobre el granito de los asientos y
empujada con un candeal de metro y medio. Cinco millones,
peseta más, peseta menos, dicen que se ha llevado el ganadero:
ganados se los tiene.
Ni siquiera le preocupaba a la asistencia la confirmación
de que Romero, don Francisco, no será autorizado a torear
mañana. Sí hubiera habido aburrimiento, ya habría quinielas
sobre su sustituto. Nadie se ocupó en tal menester. Alguno de
los triunfadores de ayer, se comentaba. Los tres se lo
merecerían.
Informaciones, que puso en su día una pica en el
flandes taurino con aquellos soberbios suplementos no podía
reestrenarse con mejor pie. Herrero Mingorance, que va a
ocuparse allí de los toros, buscaba algún santo para ponerle
vela de gratitud. Ramón Sánchez Ocaña y Mario Trinidad iban
por primera vez en esta feria a los toros y acertaron.
El único que se vió privado del dulce placer del
espectáculo fue ese señor de la contrabarrera del uno (toda la
plaza le conoce ya), que se toma los güisquies de tres en tres
y anima siempre a los vecinos. Algún desaborío del callejón,
probablemente de los que nunca pagan, se sintió molesto por el
entusiasmo del aficionado y le envió a los guardias. A punto
estuvo el insensato de recibir las iras del circo, con todo
mérito.
Lo dicho, en corto y por derecho: una corrida de toros.
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