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La bravura del toro de lidia
Conferencia dad en el Circulo de Bellas
Artes de Madrid en la primavera de 1960.
Publicada por la Revista de Occidente en
1961.
Esta
peña taurina "Los de José y Juan" tiene un
presidente muy aficionado a la fiesta de los
toros. Tan aficionado es, que ha venido a mi
casa varias veces para convencerme de que
debía dar aquí una conferencia. Me dijo que
está muy preocupado porque la afición a los
toros se está terminando con relación a la
afición que tiene hoy el público al fútbol.
Yo creo que tiene algo de
razón, y por esa afición que él tiene a la
fiesta de los toros me ha hecho venir aquí,
porque me dije: "Si este hombre lucha por
su afición, yo, que se lo debo todo en mi
vida a la fiesta de los toros, tengo casi el
deber de ir allí por si puedo decir algo que
beneficie a los que van a ser toreros mañana
y, sobre todo, a los aficionados y al
público, que son los que sostienen la
fiesta.
Y aquí me tienen ustedes,
no sé si lo conseguiré o no. Diré, en primer
lugar, que cuando fui por primera vez al
fútbol era ya matador de toros.
El fútbol no me había
interesado nunca, pero conocí a un gran
jugador, Luis Regueiro, que era muy
partidario mío, y ésta fue la razón de que
fuera algunas veces a verle jugar.
En las veces que he ido al
fútbol he podido darme cuenta de que cuando
el balón está en el suelo depende siempre de
cómo le da el jugador.
A la enorme afición que
hay hoy día al fútbol contribuye grandemente
el que los muchachos, desde niños, pueden
dedicarse a darle patadas a una pelota todo
el tiempo de que dispongan. Siempre que se
les antoje allí tienen la pelota que les
sirve de distracción, y el que reúna buenas
condiciones físicas puede encontrarse
convertido en un buen jugador, casi sin
haberse dado cuenta; por eso de todas partes
del mundo salen futbolistas, porque en todas
partes hay pelotas.
También es corriente que
chicos de doce y catorce años hablen de
fútbol con el mismo conocimiento del asunto
que los hombres mayores, cosa imposible en
los toros, y además en los periódicos se le
dedican al fútbol planas y más planas que le
sirven de propaganda, mientras en el toreo
la cosa es muy distinta.
El toro no es la pelota,
no se le tiene a mano siempre que se desea,
y tiene reacciones propias:
unas veces embiste de una manera, otras de
otra muy diferente; unas veces ataca, otras
se defiende. Y del toro hemos dependido
siempre todos los toreros. El toro nos
ha dado los éxitos, nos ha dado los
disgustos, nos ha dado las cornadas, y a
muchos les ha dado la muerte en plena
juventud.
El muchacho que quiere ser
torero tiene un gran problema. ¡ Hay que
ver lo difícil que es empezar a torear!
Lo sé por mí mismo.
Nací en un pueblo, Borox,
a tres kilómetros escasos de donde llevaba
más de cien años pastando la ganadería brava
que entonces era del duque de Veragua; pero
no pude ir nunca a donde estaban las vacas,
pues las tenían a muchos kilómetros de
distancia, cuando hacían los tentaderos, y
tuve que dedicarme a ir por los pueblos por
si un día en una capea podía darle un lance
a un toro.
Es muy difícil que salga
un gran torero de un sitio en que no haya
toros cerca, y desde luego, hasta ahora, no
ha salido ninguno de un país en que no
existan toros bravos.
Sobre el arte del toreo di
una conferencia en la que les dije a los
muchachos que quisieran ser toreros, cómo
debían empezar a torear para intentarlo;
pero creo que pocos de los que hayan
empezado han hecho caso de ello; puede que
tengan razón, aunque al hombre que ha sido
torero alguien le ha dicho, al empezar, cómo
debe hacerlo.
A mí me lo dijo un hombre
que quiso ser torero mucho antes que yo, y
que también era de Borox, Salvador
García. Cuando yo quería empezar ya
estaba él retirado. Un día le dije que
quería ser yo torero, me contestó que no lo
intentara porque era casi imposible, que los
toros no hacían nada más que dar cornadas y
que a él le habían dado muchas.
Me dejó muy triste, y me
fui con la preocupación que ustedes pueden
comprender, pero, a pesar de ello, cuando
tenía ocasión intentaba torear como se lo
había visto hacer a él cuando alguna vez
había toreado en Borox.
Había pasado mucho tiempo
de esta conversación cuando fui a Borox a
matar dos novillos, y, naturalmente, a poco
que les hiciera (yo no me acuerdo de lo que
fue) me dieron las orejas y me llevaron en
hombros por las calles.
Aquella noche me dijo
Salvador: "Cuando me dijiste que querías
ser torero, te contesté que no lo
intentaras; hoy, que te he visto torear,
estoy dispuesto a hacer todo lo que pueda
por que lo seas." Y así lo hizo en los
primeros pasos de mi profesión.
La primera cosa
fundamental que me dijo fue a los quince
días. Toreaba yo en un pueblo toledano, y en
el segundo novillo, cuando el público me
estaba aplaudiendo, oigo a mi espalda una
voz que me grita: "¡ Chalao... ¿Qué estás
haciendo?" Volví la cara y vi que era
Salvador, que estaba debajo de un carro.
Maté el toro y me llevaron
en hombros a la fonda, pero yo iba
preocupado. Salvador esperó que se fueran
todos, y entonces me dijo: "Hace pocos
días te dije que podías ser un gran torero,
pero hoy, al ver la manera como estabas
toreando, no he podido contenerme, no he
tenido más remedio que chillarte." Yo me
defendí: "Pues la gente me estaba
aplaudiendo, y además hace pocos días he
visto torear en Madrid a uno que tuvo un
gran éxito a base de torear con los pies
juntos." Me contesto: "Sí tu habrás
visto torear a uno que te han dicho que es
buen torero, pero no has visto ni a Gallito
ni a Belmonte, y yo, que los he visto, te
digo que a ninguno de los dos los vi nunca
juntar los pies delante de un toro."
Desde ese día así ha sido
el arte de torear para mí, cargando la
suerte.
A los pocos días fui a
otro pueblo, también fueron tres pajarracos,
con las veinticinco o veintiséis arrobas
cada uno, unas cabezas descomunales, y desde
luego sin picadores. Al primero le maté de
una estocada, pero a los otros dos les entré
a matar cuatro veces a cada uno, y no les
digo la bronca que se armó cuando terminé;
me fueron chillando hasta la fonda.
Me quedé solo en la
habitación, llegó Salvador y me dijo:
"Hoy has estado hecho una figura del toreo."
Yo le miré asombrado: "Pero Salvador, si
todavía me están chillando ahí fuera."
El me contestó: "No te preocupes, esos
dos toros últimos que has matado, no puede
con ellos más que una figura." Por esas
dos cosas que me dijo al empezar en mi
profesión, yo le estaré agradecido mientras
viva.
Ya entonces aprendí que
para el arte de torear es más importante el
toro que el público, y que cuando los
toros se entregan, a la larga acaba
entregándose el público también.
Esta ha sido mi concepción
del arte de torear. Para otros toreros ha
sido de otra manera, porque indudablemente,
al empezar, alguien les orienta hacia cómo
deben hacerlo, pero, casi siempre, con
relación al cuerpo que tienen para obtener
más fácilmente el éxito. Porque los
muchachos que empiezan no tienen quien les
diga cómo se hace el arte del toreo.
En todas las profesiones la juventud
encuentra profesores que les explican los
problemas que han de resolver para llegar a
la perfección, o por lo menos para ponerse
en el camino de ella. En el toreo no existe
nada de esto. Los muchachos tienen que
atenerse a lo que les ven hacer a otros, las
más de las veces falso o equivocado,
como me pasó a mí el día que Salvador García
me llamó "chalao". De ahí las cosas tan
raras que pasan algunas veces.
Hace algún tiempo me dicen
en mi casa que hay un señor que ha venido ya
varias veces, que va vestido de uniforme y
que insiste en hablar conmigo. Le recibo, me
saluda muy afectuoso, y cuál no sería mi
sorpresa cuando me dice que quiere ser
torero. Me le quedo mirando y le digo:
"Pero hombre, usted tiene ya una profesión y
una edad un poco excesiva para empezar otra
pero, en fin, si usted tiene esa afición le
puedo llevar un día al campo para ver cómo
torea; de todas formas dé usted aquí mismo
unos pases o unos lances para que yo me haga
una idea."
Se quedó un poco parado,
sin decidirse porque no tenía capote ni
muleta, y al decirle yo: "No es
necesario, hágalo usted con las palmas de
las manos me contestó: "Bueno, usted
perdone, don Domingo, como aquí estamos
entre colegas..., y se puso a torear con
la mano izquierda, de perfil, y desde el
cuerpo hacia atrás. Después me enseñó unas
fotografías toreando vestido de luces, que
debían datar de ocho o nueve años atrás.
Esto me hizo a mí también
torear de salón explicándole: "Fíjese
usted, al toro hay que engancharle antes de
que llegue al cuerpo, con la mano izquierda
o con la derecha, eso es indiferente, lo
importante es llevarle toreado, y para
conseguir eso hay que echar la pierna
contraria hacia adelante, y hacia adelante
quiere decir hacia el frente del toro -no
hacia atrás, como usted hace- para poder
llevar al toro toreado cuando pasa por
delante de uno.
Ya sé que es difícil, y
además con más de treinta años como usted
tiene lo mejor es que abandone la idea de
ser torero." "Don Domingo, yo toreaba
como se lo he visto hacer a otros, y porque
nadie me había explicado lo que me ha
explicado usted, pero voy a intentar
hacerlo." Los resultados que he visto en
un par de tentaderos no parecían muy
satisfactorios, y me figuro que este hombre,
con su profesión y la edad que tiene, habrá
desistido ya de su idea de ser torero.
Yo aprovecho esta ocasión
para decirles a los hombres que tengan cerca
algún muchacho que quiera ser torero que no
le aconsejen que, cuando coja la muleta,
salga con la obsesión de dar zurdazos o
derechazos manteniéndose rígido por miedo a
descomponer la figura, sino que intente
llevar al toro toreado lentamente, todo lo
lentamente que el toro se lo permita.
Y tu chaval que quieres
ser torero, si algún día lees esto, cuando
cojas la muleta y la espada, piensa que la
espada no es sólo para matar al toro.
Intenta, porque ya con intentarlo harás
algo, empezar a torear a cuatro o cinco
pasos de la barrera, y desde el primer pase
avanza un paso hacia el centro de la plaza a
cada pase que le vayas dando al toro, con
las dos manos, cada una en su sitio: la
izquierda mandando el centro de la muleta, y
la derecha con la espada mandando la
terminación de ella, pero no por arriba ni
por abajo, sino por el lance natural, y
procura que el toro no te enganche la muleta
ni al empezar ni al terminar el pase; verás
como a los siete u ocho pases por cada lado
estarás con el toro en el centro del ruedo,
y allí sentirás que tienes al toro a tu
disposición, y al público entusiasmado;
y si el toro te los aguanta, dale tres o
cuatro pases con la muleta sola en la mano
izquierda, y otros tres o cuatro con la
muleta y la espada en la derecha; y cuando
vayas a matar piensa que es la muleta la
que tienes que llevar al toro para que la
espada entre por el hoyo de las agujas.
Verás cómo el toro al que le hagas esto qué
pocas veces necesita la puntilla para que
las mulillas se lo lleven.
El que siga este camino
podrá tal vez alcanzar la perfección en el
arte de torear, porque cada torero ha hecho
lo que ha podido con arreglo a sus
facultades físicas, y ha podido tener más o
menos éxito, según su personalidad y la
clase de los toros que le han tocado en
suerte, pero el camino de la perfección
no es más que uno.
No
se te ocurra, muchacho, mirar al público mientras el
toro está pasando por delante de tu cuerpo, porque
esto es lo que hacían todos los días Charlot
y Llapisera, pero eso no es el arte de
torear. Cuando un hombre está compenetrado
con un toro en su sensibilidad, es imposible
que dé la sensación de que se está riendo de
él.
Señores, bien entendido
que no digo esto para molestar a nadie que
lo practique hoy, sino para que puedan dar
ustedes un consejo a los muchachos que
quieran ser toreros mañana.
Sobre todo al muchacho que
tenga un cuerpo apropiado para hacer el arte
del toreo, porque naturalmente si no tiene
la estatura adecuada y la longitud de los
brazos necesaria para ello, tendrá que hacer
lo que pueda, a base de hacerle burlas al
toro mientras el toro se lo permita.
Pero éste es otro
problema. Porque yo no quiero hablarles hoy
del arte de torear, sino de la bravura del
toro, porque de eso es de lo que hemos
dependido todos los toreros. Hace muchos
años que me di cuenta de ello.
Llevaba ya casi veinte
años toreando, cuando un día, en una de las
plazas más importantes de España, el público
se metió exageradamente conmigo en el primer
toro, pero en el segundo se entusiasmó y,
después de darme orejas, rabo y pata, me
llevaron en hombros por las calles.
Esa misma noche me dije:
"Ortega, tú eras el mismo en el primer toro
que en el segundo, luego la causa
fundamental de tu éxito está en la bravura
del toro, no solamente en lo que tú puedas
haber hecho."
Entonces tomé la decisión
de hacer todo lo posible para que se le
perdonase la vida al toro que saliera como
el segundo que me tocó a mi aquella tarde,
para que el hombre que quisiera ser torero
tuviera más facilidades que cuando empecé
yo, y el público se emocionase con más
frecuencia en las corridas de toros de hoy.
Si el torero tiene un
fracaso, el noventa por ciento de las veces
es debido al toro; si tiene un éxito, en la
parte fundamental también es al toro al que
se lo debe.
De todas formas, yo quiero
desde aquí darles las gracias de todo
corazón a los periodistas y a los críticos
que hablaron y escribieron a favor de
Domingo Ortega, porque es indiscutible que
los periodistas contribuyen eficazmente a la
fama del torero.
Yo sé que hay mucha gente
que se mete con los periodistas, y sé
también que algunos de ellos no son todo lo
ecuánimes que sería de desear en su misión
crítica para el bien del arte, pero yo,
personalmente, puedo decirles que he
encontrado entre ellos grandes amigos,
hombres dignísimos, que me han demostrado un
desinterés absoluto.
Como citarles a todos
sería una lista demasiado larga, les
nombraré a ustedes a tres críticos taurinos.
Uno es mexicano, se llama Luis Gutiérrez
González; este hombre, que ni siquiera me
conoce personalrnente, ha publicado hace
poco tiempo, cuando ya en el toreo nadie
puede esperar nada de mí, uno de los
artículos más importantes que sobre mí y el
arte de torear se han escrito.
Los otros dos son
españoles; nombraré primero a don
Gregorio Corrochano. Cuando me comunicó
su intención de escribir la "Tauromaquia
de Domingo Ortega", le dije: "No haga
usted eso, yo tengo ya muchos años, mi vida
torera está más que terminada, y a nadie le
puede interesar lo que se diga sobre mí."
El me contestó que creía
que podía ser importante para los muchachos
que quieren ser toreros que se les diga cómo
deben torear. Y durante una larga temporada
ha estado publicando en Blanco y Negro los
artículos que constituyen la
"Tauromaquia" y reproduciendo las
crónicas más interesantes que me dedicó en A
B C en los primeros años de mi profesión.
Dejo para el final a uno
de mis más queridos amigos: Antonio
Díaz-Cañabate.
Quiero volver a afirmar,
aunque ya lo he dicho otras veces, que las
cosas pasan siempre por algo, y en el ruedo
ese algo es el toro. Imaginemos por
un momento que cuando el torero espera que
asome el toro por la puerta del chiquero, al
abrirse ésta, apareciese otra clase de
animal, el espectáculo habría cambiado
totalmente, aunque el hombre siguiese siendo
el mismo. Por la misma razón, si en vez
de un toro bravo sale uno manso, el
resultado de la corrida varía totalmente.
Si no fuera por la
bravura del toro no existiría el arte del
toreo, ni siquiera el de dar pases.
Claro que los toros salen auténticamente
bravos en una proporción insignificante.
Ya sé que hay quien
sostiene, incluso en los periódicos, que el
toro de hoy es más bravo que el de ayer,
pero eso no es una realidad. El toro de
hoy es distinto, muchos por la edad con que
se lidian, y casi todos en su constitución
física, porque en eso sí ha conseguido el
ganadero un gran avance para el bien de la
fiesta.
Hoy el toro se lidia en
muchos sitios con un año menos que se
lidiaba antes, y no hablemos de la cabeza:
no se puede comparar la cabeza del toro
de antes con la cabeza y el tipo que tiene
el de hoy. Pues igual que el hombre ha
mejorado la constitución física del toro,
puede mejorar la bravura, porque cuando el
toro sale auténticamente bravo se le ve la
bravura igual que se ve si está bien
constituido.
Lo que pasa es que la
constitución física se le puede ver todos
los días en el campo, y la bravura no se ve
más que el día que el toro se lidia.
A raíz de terminarse
nuestra guerra, se autorizó que se le
cortasen los pitones a los toros que habían
de lidiar los caballistas o rejoneadores, y
de ahí, por una consecuencia degeneradora,
empezaron a cortárselos también a algunos
toros que tenían que matar algunos toreros.
Por eso no es de extrañar que, disminuido
el peligro por la mejor constitución física
del toro y, en algunos casos, por el corte
de pitones, haya quien crea que el toro es
más bravo ahora que antes.
Para que los que no están
al corriente se den cuenta del cambio que
han sufrido algunas cosas en el toreo, les
contaré un hecho que a mí me parece muy
significativo.
El año de mi alternativa,
en ocasión que paraba en el mismo hotel que
yo, se presentó en mi habitación el gran
rejoneador Antonio Cañero y, mientras
charlábamos, me enseñó varias cornadas que
le habían dado los toros.
Llamé a Dominguín
para que hiciese que toreásemos juntos algún
día. Efectivamente, al poco tiempo
toreábamos los dos en Bilbao y vino a
buscarme por la mañana para que fuésemos a
ver los toros que íbamos a matar por la
tarde.
Yo, pensando que él
llevaba ya muchos años toreando, le dije,
puesto que los rejoneadores no sorteaban,
que eligiese los dos toros que tenían menos
cara; pero se negó diciéndome: "No,
vosotros vais a estar a pie desde que el
toro salga, y yo voy a estar a caballo hasta
que esté medio muerto, lo natural es que yo
mate los dos toros que tienen más cabeza."
Fíjense ustedes si han variado los
tiempos.
Una de las causas
fundamentales de que cambiase el toro tanto
después de nuestra guerra es que durante
ella desaparecieron casi totalmente muchas
ganaderías.
Yo había comprado la mía
el año treinta y cinco, tenté y retenté las
vacas en Salamanca, y traje las
doscientas vacas que más me habían gustado a
una finca cerca de Madrid. Al acabar
la guerra no quedaba ni una, y me tuve que
conformar con las que había dejado en
Salamanca para matarlas.
Hubo otras veintitantas
ganaderías en el mismo caso, aunque a todas
les quedaban algunas vacas para poder
empezar a rehacerse y continuar, pero en un
plan muy reducido.
A consecuencia de esta
tala de la ganadería brava, y de la escasez
de machos que produce, empiezan a lidiarse
los toros mucho más jóvenes. También
contribuye a ello el que la necesidad de
ganar tierras para el cultivo hace quedar
muy reducidas las fincas destinadas a los
toros bravos
En
sus buenos tiempos el duque de Veragua tenía casi la mitad de la
provincia de Toledo en fincas dedicadas a
sus toros. Y no hablemos de Miura, los
hermanos Miura, de quienes tengo tan buenos
recuerdos, y de quienes maté casi todas las
corridas que lidiaron desde el año de mi
alternativa hasta la guerra; ellos me
regalaron el primer caballo perfectamente
preparado que yo tuve para practicar la
suerte de la garrocha.
También me regaló otro
caballo, otro gran amigo mío, don José Mora
Figueroa, en cuya casa pasé largas
temporadas haciendo tentaderos a acoso,
algunos días con ganado bravo y muchos con
ganado manso, y allí es donde me hice
garrochista, siendo la primera vez que un
torero castellano se hiciese garrochista.
Pero con eso no solamente
me divertí, sino que empecé a estudiar la
bravura del toro y vi que esa clase de
tentadero, que es muy divertida para
practicarla, es negativa para calibrar la
bravura.
Como prueba de ello les
diré que entre los libros de mi ganadería
hay uno en que figuran los resultados de los
tentaderos a acoso de Parladé a finales del
siglo pasado, y el resultado de esos mismos
toros en las corridas, lidiados,
naturalmente, con sus cinco años cumplidos,
camino de los seis, a principios de nuestro
siglo.
Si tomamos cincuenta de
esos toros, vemos que hay veinticinco con la
nota D. y M., que quiere decir desecho,
malo, en el tentadero; y veinticinco cuya
nota es B. y S., o sea bueno y superior.
Pero el resultado de la lidia es
completamente distinto:
de los veinticinco primeros, sólo uno fue
manso, mientras que de los otros
veinticinco, que según su nota debían ser
buenos y superiores, fueron mansos más del
cincuenta por ciento.
Luego la bravura no se le
ve de verdad al toro más que el día que se
lidia, porque al toro le pasa como al
hombre, y nadie sabe lo que dará de sí un
niño de diez años cuando llegue a los
veinticinco.
Ya dije en una junta
general de ganaderos que de los doscientos y
pico dueños de ganaderías bravas, eran muy
pocos los que podían vender sus toros a buen
precio si no les cortaban los pitones. El
ganadero vive entre la espada y la pared: si
no corta los pitones, no vende los toros: si
los corta, la autoridad le multa, y algunas
veces sin que sea él quien los ha cortado.
El problema tiene muy difícil solución.
El ganadero no tiene más
armas para imponerse que la bravura del
toro, y al ceder ésta porque el sistema de
selección que se emplea no es bueno, tuvo
que atemperarse a los tiempos modernos, pues
creo sinceramente que el toro de hoy es lo
que es, no porque el ganadero quiera que así
sea, sino que lo es a pesar del ganadero.
Hasta hoy no tiene resultado más que un lado
de la selección: la hembra; el macho, aunque
salga bravo, muere en las plazas de toros.
El público, en general, se
ha desentendido del toro y sólo ha visto si
el torero ha estado bien, mal o regular,
pero sin pararse a pensar que cuando ha
estado bien es porque el toro le dejó estar
bien, y cuando ha estado mal fue que el toro
no le dejó otro camino.
En mi larga vida
profesional jamás vi a un torero estar mal,
dentro de su forma de torear, con un toro
realmente bueno; habrá estado, eso sí, más o
menos lucido según sus recursos. En cambio
he visto a toreros estar bien con toros poco
buenos; ahora bien, con el toro malo nadie
estuvo brillante nunca.
Lo que ocurre es que hay
grandes errores en esto: hay toros que
parecen buenos y no lo son, y viceversa,
pero esto son matices complicados de la
fiesta, que es natural que no estén al
alcance de todo el mundo.
El ganadero, me refiero al
hombre que ha dedicado su vida a eso, ha
seleccionado la hembra de muchas formas, y
siempre ha dejado para criar toros a la vaca
que le ha parecido más brava. El mismo
sistema ha seguido con el macho, pero lo que
está bien para la hembra, que no puede
demostrar su bravura de otra manera, es
insuficiente para el macho, que tiene un
campo de acción donde demostrarla
cumplidamente: la corrida.
Solamente el día que se
lidia un toro, con su edad y peso
reglamentarios, puede el hombre ver su
auténtica realidad. ¡ Y qué pena, señores,
el día que sale uno de los contados toros de
bandera que se ven, dejarle morir sin que su
bravura haya beneficiado en nada a la
ganadería de lidia, tan necesitada de ella!
Desde los tiempos remotos
en que la ganadería realizaba su propia
selección natural, por ser el toro más bravo
o más valiente el que cubría a la vaca por
su poderío sobre los demás, se han ensayado
diversas formas de selección.
El ganadero ha tentado los
becerros unas veces en la plaza, otras en
campo abierto, ha retentado en la plaza, los
ha toreado, con lo que los inutiliza para la
lidia, y naturalmente escogiendo siempre
ejemplares de las mejores familias, pero
nunca ha podido tener la seguridad de
acertar, ni siquiera, en un cincuenta por
ciento. Esta inseguridad es lógica, porque
hay muy poca relación entre lo que tiene que
hacer un toro en la plaza con los datos que
nos puede dar un becerro de dos años en un
tentadero.
Si escogiésemos el
reproductor en la plaza, que es donde el
toro tiene que manifestar toda su realidad,
sería más fácil acertar en la bravura de los
hijos, puesto que tendríamos la seguridad de
lo que el padre había hecho, y no solamente
la sospecha de lo que podría hacer.
Ya sé que hay unas cuantas
ganaderías que dan un número relativo de
toros buenos, pero esto, en relación con el
número de ganaderías existentes, es un
porcentaje ridículo. Lo interesante de una
selección no es que de doscientas ganaderías
embista un diez por ciento, lo interesante
es que lo haga un ochenta por ciento.
Señores, ustedes no saben
el problema que supone para los ganaderos
cuando llega el momento de echar un toro a
las vacas. Las veces que nos preguntamos: ¿
Qué hago? ¿ Tiento y retiento doce o catorce
becerros escogidos, o elijo, sin más, uno
que tenga buen origen a ver si acierto?.
Porque con el sistema de
tienta y retienta puede pasar una cosa, y es
estropear la cabecera de la carnada, porque
todo lo que se le haga al toro en el campo
es perjudicial para su lidia.
El toro es un animal
inteligente, que aprende rápidamente y
recuerda siempre. Ustedes habrán observado,
porque es cosa notoria, que desde hace ya
muchos años los toreros prefieren los toros
de Salamanca a los andaluces.
La razón fundamental que
da origen a esta preferencia es que el toro
de Salamanca se lidia totalmente puro,
mientras que en Andalucía es costumbre, que
afortunadamente algunos ganaderos van ya
abandonando, tentar en campo abierto toda la
carnada, derribando los becerros y dándoles
un par de puyazos; esto perjudica su lidia,
porque es muy raro que el toro, cuando sale
a la plaza, no se acuerde de lo que le
hicieron.
Además, este tentadero,
que es muy bello como espectáculo y como
deporte, es totalmente insuficiente, porque
tiene muy poco que ver un becerro de dos
años, en campo abierto, con un toro de
cuatro cumplidos y en una plaza de toros.
Si queremos criar un toro
que a los cuatro años vaya un cierto número
de veces al caballo desde un punto
determinado de la plaza a otro, será más
fácil conseguirlo echando a las vacas un
semental al que le hayamos visto hacerlo,
que si echamos un becerro que nos figuramos
que lo puede hacer por los datos que le
hemos visto en un tentadero, aunque sea en
plaza cerrada, porque realmente tiene muy
poco que ver una cosa con la otra, por
muchas razones, pero daré solamente una: en
el tentadero casi nadie tiene miedo,
mientras que en una corrida de toros en la
plaza, casi todos lo tienen. También aquí
hablo por experiencia.
Al tentar una carnada de
becerras lo corriente es aprobar un veinte o
un veinticinco por ciento en las mejores
ganaderías, y aprobar no quiere decir que
sean completamente bravas. Este mismo
porcentaje es el que se consigue en las
camadas de machos. Si miramos hacia atrás
vemos que es el mismo que se obtenía en las
ganaderías hace setenta u ochenta años. ¿A
qué se debe este estancamiento cuando en
otras clases de ganado se ha avanzado tanto?
A mi modo de ver es debido
incontestablemente a la dudosa bravura del
reproductor.
Si el macho estuviese
seleccionado en el campo de su realidad, que
es la corrida, con todos los inconvenientes
que esto supone para él, podríamos elevar
este tanto por ciento a una cifra
considerable.
Sabemos positivamente que
si lidiásemos los toros con dos años, el
número de los buenos para la lidia sería muy
superior al que nos dan los toros con cuatro
años. Sin embargo tentamos becerros de dos
años, y hasta ahora nos hemos conformado con
ello.
Respecto al comportamiento
que va a tener un toro en la plaza, tampoco
se pueden tomar como norma los datos que
proporciona en el campo. Es indudable que el
toro de lidia tiene manifestaciones externas
de bravura, pero ninguna de ellas nos deja
ver la realidad de su casta tal como ésta
es; de aquí que nadie pueda afirmar que un
toro va a ser bravo antes de haber visto su
comportamiento en una plaza de toros
El
ganadero tiene algunos puntos de referencia,
a veces por cosas que nota él mismo en el
campo; otras, por informaciones de los
vaqueros que observan a los toros desde que
nacen; pero ninguna de esas referencias son,
ni siquiera, puntos de partida para predecir
la bravura, porque el toro bravo, durante
los cuatro años que dura su permanencia en
el campo, no da ninguna prueba exacta
respecto a la mayor o menor cantidad de
bravura que puede tener.
Lo único que hace
patente en el campo son sus querencias y
preferencias que está dispuesto a
defender en tanto y cuanto se le lleve la
contraria, pero esto no nos da idea clara
de su mundo interior, puesto que unas
veces las defiende por su poderío, otras por
debilidad o por antipatía hacia el ser que
se le acerca.
Es indudable que el toro
de lidia tiene sus simpatías o antipatías
por las cosas de su campo visual, y
precisamente por esa mezcla de sangre que
hay en él, la mayoría de las veces le pasa
lo que al personaje de Shakespeare, ser o no
ser es su problema. Por eso es tan difícil
que nos encontremos con un toro que es y
quiere ser bravo desde que sale a la plaza
hasta el final.
El toro de lidia falla
mucho por la vista, y por eso muchas veces
desorienta al aficionado e incluso al torero.
No se trata del toro que es tuerto, pues
esto está bien claro cuando lo es, sino
cuando el toro ve de lejos más que de cerca,
o viceversa, cuando ve por abajo más que por
arriba, cuando ve de un lado más que del
otro. Todos estos defectos le hacen embestir
de distinta manera, unas veces por el centro
del capote o de la muleta, otras por la
parte de fuera, otras hacia el torero, unas
veces con la cara por el suelo, otras con la
cabeza totalmente en el aire. Estos
defectos no tienen en realidad relación con
la bravura, pero si un toro los tiene es muy
difícil, casi imposible, ver si es realmente
bravo.
El primer signo de
bravura, tal vez el más claro, lo da el toro
en su galopar desde que se arranca la
primera vez hasta que muere. El toro bravo,
cuando se le llama la atención, debe acudir
galopando, el trote es signo de
mansedumbre, y al llegar al capote
que no se apoye en las patas de atrás, todo
su impulso debe ir hacia adelante.
Cuando vean ustedes un
toro que se arranca galopando y sigue
galopando hasta el final, pueden estar
ustedes casi seguros de que es un toro
bravo.
Hay quien afirma que "en
el cuadro de la zoología el toro aparece
como animal cobarde, animal mal dispuesto
para la lucha, su defensa es huir siempre y
cuando el medio se lo permita; acosado,
cercado, se apresta al combate con las
únicas armas de que dispone: las astas, y
recurriendo a un mecanismo muscular fijo: el
derrote". No podemos estar conformes con
esto. ¿ Cómo se puede afirmar que el toro
bravo es cobarde y que su defensa es huir
siempre que el medio se lo permita? Sin
hablar ya del toro, sino del becerro, cuando
en el campo se hacen los tentaderos a acoso,
que se los lleva a favor de su querencia,
huye el becerro manso, pero cuando sale uno
medianamente bravo, digo medianamente porque
tampoco se le ve si lo es totalmente, a los
cien metros del rodeo, y a veces antes, ha
hecho frente y se ha montado encima del
caballista que le va acosando, y. sin
embargo, tiene todo el campo libre para
huir. Esto, el becerro con dos años y a
favor de querencia, porque al toro de cuatro
años y en contra de su querencia no se le
hace correr ni veinte metros.
En cuanto al derrote, he
aquí el gran problema. Derrotan desde la
vaca lechera hasta los bueyes, pasando por
los toros totalmente mansos, pero el toro
bravo derrota poquísimo, casi me atrevo a
decir que nada, porque en el toro de
lidia el derrote es un signo de mansedumbre.
Fíjense ustedes cuando van a una corrida, si
sale un toro bravo, cómo apenas derrota. Lo
que hace el toro bravo es empujar con
ímpetu, lo cual es totalmente distinto a
derrotar. En mi larga vida de torero vi
pocos toros realmente bravos, casi podría
contarlos con los dedos de una mano, y a
esos toros jamás les vi derrotar, porque
el derrote es un instinto de defensa,
mientras que la bravura es todo lo
contrario: acometividad.
Es curioso que a ninguno de los elementos
que han intervenido durante siglo y medio en
el planeta de los toros se les haya ocurrido
ocuparse en serio de la bravura del toro.
Las tauromaquias de Pepe Hillo y Montes
tampoco hacen el análisis de la bravura,
bastante hicieron con dar en su tiempo el
esbozo de las reglas del arte de torear.
En la segunda década de
nuestro siglo se acercan al planeta de los
toros hombres de inteligencia y cultura
excepcionales, que le dedican, si no obras
fundamentales para el toreo, sí algún ensayo
donde podemos ver su criterio sobre el arte
de torear.
Por ejemplo, Ramón
Pérez de Ayala, partidario de
Belmonte, en su libro Política y
Toros, y José Bergamín,
partidario de Gallito, en El Arte
de Birlibirloque, hacen cada uno un
análisis de estos dos toreros, y es curioso
que estando los dos de acuerdo sobre las
condiciones que reúne cada uno de ellos, lo
que al uno le parecen virtudes al otro le
parecen defectos; luego en lo que no
están de acuerdo es en su concepción del
toreo, porque como ni siquiera hacen mención
del toro, el fondo y la razón del arte de
torear se les escapan.
Yo, que estoy un poco de
acuerdo en algunas cosas con cada uno de
ellos, no lo estoy totalmente con ninguno,
porque hay una diferencia fundamental en
cómo ven las cosas del arte un práctico y un
teórico. Y si ese arte es el del toreo, la
diferencia es gigantesca; porque en pintura,
por ejemplo, el artista crea el cuadro para
después, y cuando lo expone ese cuadro está
terminado tal como él lo ha pensado.
En la exposición el pintor
es un espectador más de su obra; puede
emocionarse con ella o ver los defectos que
tenga, como cualquier otra persona dotada de
sensibilidad para la pintura. En cambio, en
el arte de torear el problema es muy
distinto, el torero puede hacer con el toro
todo menos verse a sí mismo. Al pintor se
le admira, no cuando está haciendo el
cuadro, sino cuando lo ha terminado; en
cambio, el torero nos emociona y nos
sobrecoge, no cuando ha terminado la faena,
sino cuando la está realizando ante el toro.
Después no nos queda más realidad que
aquello que la imaginación del espectador ha
podido retener. Por eso en materia de toros
son tan difíciles las discusiones, porque al
discutir sobre una faena, ésta pertenece ya
al pasado. En cambio, en pintura el cuadro
está ahí, para contemplarlo y discutirlo,
día a día, lo mismo el teórico que el que lo
pinté.
Esta es la razón de que en
otras artes los teóricos puedan a veces dar
ideas positivas a los muchachos que se
dedican a ellas; en cambio, en toreo nada
hay hecho por los teóricos que haya
contribuido al mejoramiento del arte. Yo
ya he explicado a ustedes que, cuando di los
primeros pasos en el toreo, fue un
profesional quien me dijo cómo había que
andar con los toros. En los teóricos no he
podido aprender nada positivo, porque de
este tener que entendérselas con el toro a
solas no sabe más que el torero.
Por eso no ha sido posible
el progreso en el arte de torear, porque los
pocos toreros que realmente han sabido lo
que es el toreo no se lo han dicho a nadie:
unos, porque no han querido; otros, porque
no han sabido explicarlo.
Comoquiera que sea, la
realidad es que no hay un tratado de
tauromaquia donde los muchachos puedan
aprender lo más elemental : por ejemplo,
cómo tienen que coger las herramientas de
torear para entendérselas con los toros. La
mayoría coge el capote como cogen las
lavanderas las sábanas para sacudirlas; por
eso los toros, el noventa por ciento de las
veces, los empujan hacia la barrera. El
capote, para poder torear bien, hay que
cogerlo sobre la palma de la mano: con los
nudillos se podrá boxear con el toro; ahora,
torear bien, de ninguna manera.
Y con la muleta pasa
aproximadamente lo mismo. Para torear, lo
que se dice torear, no se puede presentar la
muleta al toro en el mismo plano de la recta
con el cuerpo del torero, dándole a elegir
al toro entre el cuerpo y la muleta. No,
para poder hacer bien el arte de torear con
la muleta, ésta tiene que avanzar delante
del cuerpo del torero, casi tapándole, y
cuando el toro venga, bien por su impulso o
bien por el enganche, desviarle avanzando la
pierna contraria por delante de él al mismo
tiempo que se le templa. Lo que no sea esto
es dejar pasar al toro, o cambiarle, pero
ninguna de las dos cosas es torear.
Señores, bien entendido
que digo todo esto por si un día pueden
darle un consejo a un muchacho que quiera
ser torero; pero el mejor consejo que pueden
darle es que se dedique a otra profesión.
Hasta antes de nuestra
guerra, de los hombres que quisieron ser
toreros ¡a cuántos mataron los toros!, ¡a
cuántos les dieron cornadas que los dejaron
imposibilitados! Pues si al toro de lidia
hacen que salga con su edad y su peso
reglamentario, y con los pitones limpios,
hoy, gracias a los hombres de ciencia y a
los cirujanos, será más difícil que mueran
los muchachos, pero las cornadas grandes
se las darán, eso es indiscutible.
Y tienen ustedes que
pensar que el hombre y la mujer van a los
toros por el peligro que el toro tiene.
Nadie desea, naturalmente, que le den una
cornada al torero, pero en el fondo van con
emoción porque saben que se la pueden dar.
Si llegase un día que este peligro y, por
lo tanto, esta emoción desapareciesen
totalmente, todos ustedes se desentenderían
de la fiesta de toros.
Pero, volviendo a la
bravura del toro, es indudable que el
ganadero, el torero, los aficionados, todo
el mundo desea que los toros salgan más
bravos, pero por ley de birlibirloque, o lo
que es lo mismo, dejando las cosas al vaivén
de un sistema tradicional sin eficacia.
La purificación de una
raza no puede estar a merced del capricho o
del instinto de un señor, por fino que lo
tenga. La selección de todo animal reclama
un sistema que haga posible el control de
todas sus manifestaciones en relación con el
fin para el que ha sido criado.
El toro bravo se cría
para ser lidiado, con cuatro años, en una
plaza de toros, y solamente en ella y con
esa edad manifiesta su realidad. Es, por
lo tanto, en la plaza donde debemos marcarle
la meta que debe alcanzar para ser
considerado como bravo, y solamente el que
la alcance debe, después de serle perdonada
la vida, ser empleado como reproductor.
Hay que tener en cuenta
que hoy el público, en general, está
desentendido del elemento toro, y no sabemos
si al imponerse el sistema de selección en
la plaza, podría interesarse por la causa
fundamental de las corridas de toros, esto
es: el toro y su bravura.
Para saber si el toro
llega a esta meta ideal de la bravura, que
el semental debe alcanzar, es necesario
controlar sus embestidas al caballo, los
sitios, la distancia y la forma en que lo
hace, es decir, todo movimiento, bueno o
malo, que el toro tenga. Esta es la razón de
los dos círculos concéntricos que figuran ya
en los ruedos y de los que voy a hablarles a
ustedes ahora.
Yo había observado al
hacer los tentaderos en las diferentes
ganaderías, que ninguno de los muchachos que
iban recomendados tenía idea de donde debía
dejar colocada a la vaca para darle los
puyazos, y muchos de los toreros tampoco lo
sabían. Como en estas condiciones es muy
difícil saber si una vaca es brava o no, se
me ocurrió marcar en el suelo de la plaza
dos rayas en vez de una para que ellos
viesen claramente donde tenían que colocar a
la vaca. Cuando vi que daba buen resultado,
empecé a pensar que esto mismo debía hacerse
en las plazas de toros, porque de los
hombres que nos hemos vestido de torero
pocos han sido los que han sabido poner al
toro en su sitio, con pocos lances, a la
hora de picar.
Cuando se implantó la raya
que existía antes sola en el ruedo, fue para
impedir que el picador saliese al centro del
ruedo para picar, porque cuando no existía
el peto el picador buscaba su defensa
alejándose lo más posible de la barrera, que
era donde más fácilmente podían matarle el
caballo.
Con la aparición del
peto la utilidad de esa raya única
desaparece, porque el picador, defendido por
el peto, lo que no quiere es alejarse de la
barrera, donde se apoya, ofreciendo de esta
forma mayor resistencia al toro.
Pero esa no es la
suerte de picar, y menos cuando un hombre es
buen caballista. (De los que yo he visto,
ninguno que haya sido buen caballista ha
querido estar pegado a la barrera para picar
el toro.)
Por lo tanto, era
importante para el noventa por ciento de los
picadores marcarles el sitio donde tienen
que ir con el caballo en la plaza, y así
mismo marcarle a la mayoría de los peones, e
incluso a muchos matadores, donde tienen que
dejar el toro colocado para que entre al
caballo. Pero esa, con ser importante, no es
la razón fundamental, la causa fundamental
es poder ver la bravura del toro. Porque
metiendo el toro con el capote debajo del
caballo no se le ve arrancarse; en cambio,
dejándole a una distancia mínima de dos
metros sc ve claramente si el toro se
arranca y cómo lo hace.
Ahora, en mi opinión, en
el ruedo de Madrid las rayas están trazadas
excesivamente lejos de la barrera, he medido
la distancia yo mismo, y en algunos sitios
llega a ser de diez metros; en cambio, en la
de Jerez de la Frontera, que es la mejor que
yo he visto hasta ahora, están a seis. Para
mí la perfección, después de mucho estudiar
el asunto, sería marcar la primera raya a
cinco metros y medio de la barrera en todas
las plazas de España, tenga el ruedo el
diámetro que tenga.
Pero en el trazado de las
rayas yo no he intervenido directamente.
Ahora bien, no
olvidemos que lo importante, lo fundamental
de esta teoría, y para lo que ha sido
pensada, es para poder perdonarle la vida al
toro que lo merezca y dedicándole a
semental, mejorar el porcentaje general de
bravura del toro de lidia español.
Teniendo un poco de
costumbre es muy fácil distinguir al toro
bravo del que no lo es. Cuando
se duda es porque el toro no es bravo.
La bravura es instinto
de ataque y no instinto de defensa. El
toro bravo, como ya he dicho antes, cuando
se llama su atención debe acudir galopando,
y al llegar al capote no apoyarse en las
patas de atrás, sino que todo su impulso
debe ir hacia adelante. El toro que
embiste apoyado en las patas traseras es que
embiste con reservas.
En la suerte de varas no
es suficiente que se arranque varias veces
de lejos y con alegría, sino que debe
derribar, y si no puede con el caballo,
debe apoyarse totalmente sobre las patas
delanteras y la cabeza, levantando al aire
las patas de atrás y empinando el rabo.
El público se equivoca muchas veces
porque cree que el toro está empujando con
los riñones, cuando lo que realmente hace es
afianzarse en las patas traseras y hacer
fuerza desde este apoyo, mirando con un
ojo al caballo y con el otro lo que pasa en
el ruedo.
En la suerte de varas
está el problema de la bravura del toro.
Si no fuese por esta razón, Portugal, donde
no se matan los toros en la plaza, tendría
los más bravos del mundo porque pueden
emplearlos como sementales después de ver el
resultado de su lidia. Pero como tampoco
los pican, se quedan sin saber cuál es el
auténticamente bravo; lo único que
pueden ver es cuál es más cómodo para el
torero, pero eso no es la auténtica bravura.
Es en la suerte de
picar cuando el toro la demuestra, lo
que pasa es que después de esa suerte el
noventa por ciento de los toros empieza a
defenderse con menos peligro porque les
queda menos fuerza. Pero cuando sale el
toro bravo sigue embistiendo con la misma
intención, que es la de atacar, no la de
defenderse.
Es muy difícil ver un
toro bravo porque salen muy de tarde en
tarde; por eso el público en la fiesta
se aburre más tardes que se divierte y se
emociona. El torero hace lo que puede para
tener éxito, pero eso no depende totalmente
de él, sino de la bravura que tiene el toro.
Como el toro es un animal
inteligente, si se le torea hoy no se le
puede torear mañana, y hay algunos que
durante la lidia se dan perfectamente cuenta
del hombre que tienen delante y perciben si
los trata bien o mal para su sensibilidad;
por eso hay toros que embisten de una manera
en manos de un torero y de otra muy distinta
en manos de otro, porque se dan cuenta del
que no sabe tratarlos bien.
Esta teoría de perdonarle
la vida al toro bravo para emplearle como
reproductor no se ha puesto todavía en
práctica en las plazas más importantes de
España. ¿Por qué no se intenta, puesto que
está aprobada por la autoridad?
En el Sindicato de
Ganadería hay, desde hace varios años, una
nota de la Dirección General de Seguridad en
respuesta al escrito presentado por mí a los
ganaderos pidiendo el indulto del toro
bravo, que, entre otras cosas, dice así:
"También se podrá conceder al ganadero como
premio el indulto de la res cuando por su
extraordinario trapío, nobleza y bravura
demostrados durante la lidia la hicieron
acreedora, a juicio de la presidencia, a
volver a la dehesa para ser utilizada como
semental. Para la concesión de esta gracia
habría de dar necesariamente su
consentimiento el diestro que hubiese de
matarla." Sobre este último párrafo no puedo
estar de acuerdo. El torero no debe disponer
de un derecho de veto, que puede, tal vez
caprichosamente, inutilizar los esfuerzos de
los ganaderos para mejorar la raza.
La responsabilidad de
la bravura del toro recae sobre los
ganaderos, es decir, sobre el subgrupo
de Ganaderos de Toros de Lidia, del
Sindicato de Ganadería. Este Subgrupo debe
nombrar el tribunal, que puede estar formado
por cuatro ganaderos competentes, y cuando
tres de ellos estén de acuerdo en que el
toro que se está lidiando reúne condiciones
suficientes de nobleza y bravura para el
mejoramiento de la raza, pedirán al
presidente que ordene la señal que, por
medio de clarines, indique que le ha sido
concedida la vida al toro. Cuando el torero
considere que su labor con la muleta está
terminada simulará la suerte de matar con la
mano o con una banderilla; y si a juicio del
público y de la Presidencia la faena lo ha
merecido, se le entregarán una o dos orejas
simbólicas.
En Jerez de la Frontera
hace ya seis años que esto se pone en
práctica en una corrida, con gran éxito
entre los aficionados y el público en
general que acude a ella con gran interés.
Esta corrida de Jerez se lleva a cabo como
corrida de concurso entre seis toros de seis
ganaderías diferentes.
He asistido invitado a
ella tres años, los otros me ha sido
imposible ir, y ninguno de los tres se le ha
podido perdonar la vida a ningún toro,
prueba de lo difícil que es que salga un
toro verdaderamente bravo. En los tres años
restantes se les ha perdonado la vida a dos.
Ahora bien, mi idea no fue
nunca la corrida concurso, porque no se
trata de la competencia entre ganaderos,
sino de la colaboración de todos para el
mejoramiento de la raza. Se trata de que
el ganadero saque el semental no de un
concurso con otros ganaderos, sino de un
concurso entre sus propios toros, en una
corrida de seis toros de su misma ganadería.
Tengo la seguridad de que
sería interesantísimo para los aficionados,
y que el público acudiría a estas corridas,
que tendrían un nuevo aliciente, con la
misma ilusión que acude a las de Jerez.
Para terminar, señores
aficionados y escritores taurinos: hagan lo
posible por que esta teoría de
perdonarle la vida al toro bravo para
dedicarle a semental se lleve a la práctica,
porque no me cansaré de repetir que el
eje fundamental de la fiesta es el toro, y
que todos los toreros que hayamos tenido
éxito toreando, y los que lo vayan a tener
mañana, cada uno con su forma de torear
personal, hemos dependido para conseguir
este éxito de la bravura del toro.
El torero, por bueno que
sea, tiene una vida muy breve en el toreo,
mientras que la ganadería permanece. De la
ganadería, de su bravura, depende de que la
fiesta de toros siga adelante.
A mediados de la temporada
de 1960 se hizo la prueba en Madrid, en dos
corridas de toros, de poner en práctica la
teoría de perdonarle la vida al toro bravo,
y la realidad es que de esos doce toros,
pertenecientes todos a prestigiosas
ganaderías españolas, no sólo no se le pudo
perdonar la vida a ninguno, sino que el buen
aficionado debe recordar perfectamente el
resultado que dieron como bravura. Pues lo
que pasó aquel día es lo corriente en la
fiesta de toros. Cuando el toro se lidia
con su edad y peso reglamentarios, más del
ochenta por ciento de ellos tienen más
mansedumbre e instinto de defensa que
bravura e instinto de ataque.
Por esa realidad, viejos
aficionados y críticos, os vuelvo a pedir
que hagáis lo posible para que cuando salga
un toro bravo no muera en la plaza, para que
las generaciones venideras que vayan a ver
la fiesta de toros puedan emocionarse con
más frecuencia que hoy.
Y para terminar también te
lo pido a ti, figura del toreo de hoy,
porque si eres realmente un matador de toros
debes saber, igual que yo, que el éxito que
vas a tener mañana no sólo depende de ti,
sino de la cantidad y calidad de bravura que
el toro tenga.
Hoy, después de haber
visto el principio de la temporada taurina
de 1960, vuelvo a dirigirme desde aquí a los
ganaderos de reses bravas que siguen
haciendo los tentaderos de los machos con el
caballo y la garrocha para darles dos o tres
puyazos, después de haberles dado una o dos
caídas, que hagan todo lo posible por
suspender esta diversión con los animales
que van a lidiarse con cerca de trescientos
kilos y los cuatro años cumplidos,
porque es una realidad que las tres primeras
novilladas que he visto lidiar este año, y
no me cabe duda de que estaban corridas en
el campo, han dado tres grandes cornadas a
tres muchachos que querían ser matadores de
toros. Uno de esos tres muchachos ha sido,
precisamente, el torero que más me estaba
gustando a mí ese día en su forma de torear
de los que he visto hace mucho tiempo; y
desgraciadamente es posible que esa cornada
le haya quitado del camino para ser un gran
torero. Yo le deseo que Dios le haga
olvidarse de ella cada día que tenga que
ponerse delante de un toro.
Por lo tanto, ganadero que
sigues tocando a los machos en el campo,
perdóname que te diga esto, pero no pienses
que es un capricho mío porque un día he
visto torear bien en el ruedo cuando yo
estaba arriba en el tendido, sino que es mi
experiencia de cuando he estado abajo
vestido de luces
En la suerte de varas está el problema
de la bravura del toro. Si no fuese por esta razón,
Portugal, donde no se matan los toros en la plaza, tendría
los más bravos del mundo porque pueden emplearlos como
sementales después de ver el resultado de su lidia. Pero
como tampoco los pican, se quedan sin saber cuál es el
auténticamente bravo; lo único que pueden ver es cuál es
más cómodo para el torero, pero eso no es la auténtica
bravura.
Es en la suerte de picar cuando el toro
la demuestra, lo que pasa es que después de esa suerte
el noventa por ciento de los toros empieza a defenderse con
menos peligro porque les queda menos fuerza. Pero cuando
sale el toro bravo sigue embistiendo con la misma intención,
que es la de atacar, no la de defenderse.
Es muy difícil ver un toro bravo porque
salen muy de tarde en tarde; por eso el público en la
fiesta se aburre más tardes que se divierte y se emociona.
El torero hace lo que puede para tener éxito, pero eso no
depende totalmente de él, sino de la bravura que tiene el
toro.
Como el toro es un animal inteligente, si
se le torea hoy no se le puede torear mañana, y hay
algunos que durante la lidia se dan perfectamente cuenta del
hombre que tienen delante y perciben si los trata bien o mal
para su sensibilidad; por eso hay toros que embisten de
una manera en manos de un torero y de otra muy distinta en
manos de otro, porque se dan cuenta del que no sabe
tratarlos bien.
Esta teoría de perdonarle la vida al toro
bravo para emplearle como reproductor no se ha puesto
todavía en práctica en las plazas más importantes de España.
¿Por qué no se intenta, puesto que está aprobada por la
autoridad?
En el Sindicato de Ganadería hay, desde
hace varios años, una nota de la Dirección General de
Seguridad en respuesta al escrito presentado por mí a los
ganaderos pidiendo el indulto del toro bravo, que, entre
otras cosas, dice así: "También se podrá conceder al
ganadero como premio el indulto de la res cuando por su
extraordinario trapío, nobleza y bravura demostrados durante
la lidia la hicieron acreedora, a juicio de la presidencia,
a volver a la dehesa para ser utilizada como semental. Para
la concesión de esta gracia habría de dar necesariamente su
consentimiento el diestro que hubiese de matarla." Sobre
este último párrafo no puedo estar de acuerdo. El torero no
debe disponer de un derecho de veto, que puede, tal vez
caprichosamente, inutilizar los esfuerzos de los ganaderos
para mejorar la raza.
La responsabilidad de la bravura del
toro recae sobre los ganaderos, es decir, sobre el
subgrupo de Ganaderos de Toros de Lidia, del Sindicato de
Ganadería. Este Subgrupo debe nombrar el tribunal, que puede
estar formado por cuatro ganaderos competentes, y cuando
tres de ellos estén de acuerdo en que el toro que se está
lidiando reúne condiciones suficientes de nobleza y bravura
para el mejoramiento de la raza, pedirán al presidente que
ordene la señal que, por medio de clarines, indique que le
ha sido concedida la vida al toro. Cuando el torero
considere que su labor con la muleta está terminada simulará
la suerte de matar con la mano o con una banderilla; y si a
juicio del público y de la Presidencia la faena lo ha
merecido, se le entregarán una o dos orejas simbólicas.
En Jerez de la Frontera hace ya seis años
que esto se pone en práctica en una corrida, con gran éxito
entre los aficionados y el público en general que acude a
ella con gran interés. Esta corrida de Jerez se lleva a cabo
como corrida de concurso entre seis toros de seis ganaderías
diferentes.
He asistido invitado a ella tres años, los
otros me ha sido imposible ir, y ninguno de los tres se le
ha podido perdonar la vida a ningún toro, prueba de lo
difícil que es que salga un toro verdaderamente bravo. En
los tres años restantes se les ha perdonado la vida a dos.
Ahora bien, mi idea no fue nunca la
corrida concurso, porque no se trata de la competencia entre
ganaderos, sino de la colaboración de todos para el
mejoramiento de la raza. Se trata de que el ganadero
saque el semental no de un concurso con otros ganaderos,
sino de un concurso entre sus propios toros, en una corrida
de seis toros de su misma ganadería.
Tengo la seguridad de que sería
interesantísimo para los aficionados, y que el público
acudiría a estas corridas, que tendrían un nuevo aliciente,
con la misma ilusión que acude a las de Jerez.
Para terminar, señores aficionados y
escritores taurinos: hagan lo posible por que esta teoría de
perdonarle la vida al toro bravo para dedicarle a semental
se lleve a la práctica, porque no me cansaré de repetir
que el eje fundamental de la fiesta es el toro, y que todos
los toreros que hayamos tenido éxito toreando, y los que lo
vayan a tener mañana, cada uno con su forma de torear
personal, hemos dependido para conseguir este éxito de la
bravura del toro.
El torero, por bueno que sea, tiene una
vida muy breve en el toreo, mientras que la ganadería
permanece. De la ganadería, de su bravura, depende de que la
fiesta de toros siga adelante.
A mediados de la temporada de 1960 se hizo
la prueba en Madrid, en dos corridas de toros, de poner en
práctica la teoría de perdonarle la vida al toro bravo, y la
realidad es que de esos doce toros, pertenecientes todos a
prestigiosas ganaderías españolas, no sólo no se le pudo
perdonar la vida a ninguno, sino que el buen aficionado debe
recordar perfectamente el resultado que dieron como bravura.
Pues lo que pasó aquel día es lo corriente en la fiesta de
toros. Cuando el toro se lidia con su edad y peso
reglamentarios, más del ochenta por ciento de ellos tienen
más mansedumbre e instinto de defensa que bravura e instinto
de ataque.
Por esa realidad, viejos aficionados y
críticos, os vuelvo a pedir que hagáis lo posible para que
cuando salga un toro bravo no muera en la plaza, para que
las generaciones venideras que vayan a ver la fiesta de
toros puedan emocionarse con más frecuencia que hoy.
Y para terminar también te lo pido a ti,
figura del toreo de hoy, porque si eres realmente un matador
de toros debes saber, igual que yo, que el éxito que vas a
tener mañana no sólo depende de ti, sino de la cantidad y
calidad de bravura que el toro tenga.
Hoy, después de haber visto el principio
de la temporada taurina de 1960, vuelvo a dirigirme desde
aquí a los ganaderos de reses bravas que siguen haciendo los
tentaderos de los machos con el caballo y la garrocha para
darles dos o tres puyazos, después de haberles dado una o
dos caídas, que hagan todo lo posible por suspender esta
diversión con los animales que van a lidiarse con cerca de
trescientos kilos y los cuatro años cumplidos, porque es
una realidad que las tres primeras novilladas que he visto
lidiar este año, y no me cabe duda de que estaban corridas
en el campo, han dado tres grandes cornadas a tres muchachos
que querían ser matadores de toros. Uno de esos tres
muchachos ha sido, precisamente, el torero que más me estaba
gustando a mí ese día en su forma de torear de los que he
visto hace mucho tiempo; y desgraciadamente es posible que
esa cornada le haya quitado del camino para ser un gran
torero. Yo le deseo que Dios le haga olvidarse de ella cada
día que tenga que ponerse delante de un toro.
Por lo tanto, ganadero que sigues tocando
a los machos en el campo, perdóname que te diga esto, pero
no pienses que es un capricho mío porque un día he visto
torear bien en el ruedo cuando yo estaba arriba en el
tendido, sino que es mi experiencia de cuando he estado
abajo vestido de luces.
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